ECOS INDEPENDENTISTAS / La abstención como ajuste de cuentas entre independentistas

Vista de urnas y papeletas electorales para la convocatoria del 23 de julio.

Todos estos años se nos ha dicho que para conseguir la independencia de Cataluña había que hacer cosas: argumentar (poco), manifestarse (mucho) y sobre todo votar, votar mucho y bien. Votar partidos independentistas y votar en consultas por la independencia. Ahora, algunos independentistas han llegado a la paradójica conclusión que dejando de votar partidos independentistas estaremos más cerca de la independencia. 

Como se trata de un sofisma, hace falta un profesor de filosofía que nos lo explique. Aquí está Bernat Dedéu con artículos en El Nacional como éste, Política sin votantes, del 21 de mayo: «Durante muchos años, el voto ha sido la metáfora más eficiente del soberanismo (…) Yo que favorecí y promoví todo esto (…) creo que la fuerza del voto ha perdido cualquier capacidad de transformación posible. Ahora que los políticos hacen campañas sin votantes (fijaos también en los spots electorales del procesismo; la gente no aparece ni por casualidad), es hora de devolverles la jugada con la abstención. Dejar de votar a los políticos que han incumplido todos los mandatos populares desde el 1-O no es sólo un acto de justicia retributiva perfectamente equitativo. También es una forma de hacerles ver a los partidos que la lucha independentista puede continuar a pesar de su alevosía (…) La abstención pone entre paréntesis cualquier tipo de chantaje y resulta un acto plenamente cívico que contrasta con la antipolítica militante de los partidos.»

Escaños como trincheras

También está Vicent Partal, que en Vilaweb considera que «la posibilidad de usar la abstención como herramienta de protesta» es «un debate positivo que hay que mantener» —Abstención o desbordamiento democrático—. Es un artículo publicado el 28 de junio, cuando aún no se había pronunciado definitivamente la Assemblea Nacional Catalana, que dudaba entre la «abstención activa» —¿cómo puede ser activa una abstención?— y el «voto nulo político» —¿cómo puede ser político un voto nulo?— mediante el ingenioso procedimiento de introducir en el sobre una papeleta de las que sirvieron para el referéndum del 1 de octubre —¿tantas sobraron? ¿aún las conservan?—. 

Ya había quedado clara la postura del Consell de la República, que el día antes pedía un desbordamiento democrático para bloquear las Cortes Españolas —¿puede ser democrático un bloqueo?—. Y dejaba claro que los independentistas han de ir a votar: «Por la misma razón que ningún partido unionista pediría nunca la abstención a sus electores como una manera de combatir el independentismo, el Consell hace un llamamiento a la participación masiva del independentismo en estas elecciones españolas.» Sin embargo, Partal todavía esperaba un mensaje diferente: «Parece —llegan noticias en esta línea— que la Assemblea de Representants puede pronunciarse a favor de la abstención.»

No ha sido así. Sólo faltaría que las llamadas «instituciones del exilio» —aunque muy pocos de sus integrantes están en el exilio, lo que contradice la idea— emitieran mensajes distintos. Para el común de los mortales, la Assemblea de Representants, que vendría a ser el poder legislativo del Consell de la República, y el Consell del Consell de la República (sic), que vendría a ser el poder ejecutivo, no son sino cámaras de resonancia de quien lo preside todo, es decir Carles Puigdemont. El «presidente legítimo» no sólo pide ir a votar, sino que concretamente pide el voto para JxCat, renunciando al papel más digamos institucional que parecía querer asumir cuando dejó de presidir dicho partido hace poco más de un año. En este video del domingo 16, titulado, con un exceso de épica, Estaremos en todas las trincheras donde haga falta defender Cataluña, afirma que «en cada elección en que nos quieren enterrar, salimos reforzados», y asimila el país al partido: «Llevamos siglos teniendo que resistir todo tipo de intentos de aniquilación de nuestro país, y a Junts nos pasa lo mismo.»

A bloquear el Congreso

Ninguna novedad, se presentan las mismas candidaturas independentistas de siempre: ERC, JxCat y CUP, con argumentos más o menos idénticos y candidatos que repiten. Cuando ya llevamos casi seis años desde la declaración de independencia, no sorprende que aquí y allá surjan muestras de descontento, y de rechazo a los partidos que siguen sosteniendo que todo lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo la mar de bien, aunque cada uno a su manera, claro. Un ejemplo entre muchos, este tweet que anuncia el descubrimiento del Mediterráneo: «El conocimiento de nuestros políticos de la imposibilidad de cambiar el estado en las Cortes españolas, debido a que somos una minoría nacional, nos lleva a la conclusión de que lo único que quieren es el dinero que recaudan para estar allí. Nada más.» Pues claro, como todos; pero aparte sueldos y dietas, hay mucho más: el traspaso de competencias y la negociación de presupuestos. ¿Que eso no nos acerca a la independencia y es pura normalidad democrática desde los tiempos de Suárez? Pues claro, pero les cuesta vivir con ello.

Partal, en el artículo antes citado, argumenta: «La abstención, como se demostró en las elecciones municipales» —¿al facilitar indirectamente la elección de más concejales no independentistas?—, «es una excelente herramienta para hacer presión sobre los partidos políticos y también es una manera muy buena de marcar la desconexión de la vida política española» —una desconexión meramente sentimental porque sea como sea seguirá habiendo la misma candidad de diputados y senadores—. Y se lanza a un nuevo cuento de la lechera en cuanto a «la posibilidad de colapsar el estado español democráticamente»: «Puede ocurrir que los diputados independentistas catalanes (…) tengan la posibilidad real de bloquear la legislatura. Porque hay que recordar que para ser presidente del gobierno español, en primera instancia el candidato debe obtener mayoría absoluta y, en la segunda, debe obtener más votos positivos que negativos. Y si no hay ningún candidato que lo consiga y pasan dos meses, entonces se convocan nuevas elecciones automáticamente.» De esta manera el independentismo, «si la aritmética fuera la adecuada, se encontraría en condiciones de introducir una gran inestabilidad en Madrid y de volver a situar el conflicto catalán en el centro de la política española y europea». Pero para eso hay que votar, y más que otras veces, ya que «es evidente que cuantos más diputados tengan Junts y la CUP» —ERC ya todo el mundo lo ve en otra mayoría de la investidura sanchista— «más posibilidades habrá de bloquear el Congreso español. Y de ahí el nerviosismo de estos dos grupos ante la abstención y de ahí el intento de frenarla.»

En espera del retorno a la confrontación

¿Cuál es pues la postura independentistamente correcta? No se sabe, porque el independentismo ha surgido en la confusión  y sigue dando vueltas en ella. Partal reconoce que no lo sabe —«mientras me aclaro, si es que me aclaro, intento dar argumentos para que entre todos pensemos»—, pero reconoce que «el ejercicio de la abstención ha reconfortado a muchísima gente que ha visto y ve en ella un agujero real desde donde empujar hacia el retorno a la confrontación». Y, como desde hace una década, «lo fundamental es que los partidarios del diálogo van a la baja y los partidarios de la confrontación —dentro de los partidos o contra los partidos— se recuperan y avanzan».

Como han surgido iniciativas para todos los gustos, Vilaweb se vio obligado a aclarar conceptos sobre los efectos que tienen en las elecciones el voto en blanco, el voto nulo y la abstención: El nulo «no beneficia ni perjudica a nadie»; el voto en blanco, es decir introducir en la urna un sobre vacío, al ser un voto válido y habiendo de superar las candidaturas el tope del 3% para acceder al reparto de escaños, «encarace la obtención de representantes», y la abstención da mucho juego a los analistas pero no sirve para nada. Las especulaciones se basan en suposiciones sobre qué habrían votado los que no fueron a votar. 

Quienes hacen campaña para no votar a ningún partido independentista está claro que lo que tienen en mente es forzar un recambio de dirigentes y una reorientación de sus planteamientos. Son pocos y espontáneos, pero su actitud es también una confesión de impotencia que afecta al conjunto del independentismo. Si pudiera haber una política independentista diferente de la que existe, la de esperar y ver, ya se sabría.

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