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¿Deben seguir Puigdemont y Junqueras al frente de sus partidos?

El secretario general de ERC, Oriol Junqueras.

Probablemente la única conclusión clara que podemos extraer del resultado de las elecciones al Parlament de Catalunya del pasado domingo es que la suma de los resultados de los partidos secesionistas, por primera vez en 44 años, no da para una mayoría independentista. De entrada, esto ha provocado que el actual presidente de la Generalitat, el republicano Pere Aragonés, renuncie a su acta de diputado de la próxima legislatura y abandone los cargos institucionales y orgánicos de su partido. También, aunque sea menos relevante, la otrora gran defensora de la independencia, Clara Ponsatí, ha renunciado este lunes a continuar “en primera línea” tras conseguir sólo 13.700 votos con su proyecto Alhora, destacando que el “proyecto independentista está en grave crisis”. 

Obviamente, la crisis de mayor calado se está produciendo en ERC. No en vano es el partido político que ha ostentado la presidencia de la Generalitat los últimos tres años, uno de ellos en coalición con Junts y los dos últimos en solitario con apoyos puntuales de los socialistas del Psc y de los comunes. Caer de los 33 a 20 diputados no es sólo un “tortazo” político de mucha envergadura si no la pérdida de todo el poder en la Generalitat y supone enviar a muchos altos y medios cargos, directamente, al paro. A Oriol Junqueras le ha faltado poco tiempo para, desde su cargo de secretario general, enviar una carta a su militancia anunciando que se siente “con corazón y fuerza” para sustituir a Pere Aragonés, con independencia de que esté inhabilitado aún y pendiente de la implementación de la Ley de Amnistía. 

La pregunta es si ese paso va a ser suficiente para solucionar algo dentro del partido republicano. Según indican algunos militantes relevantes “off the record”, volver a utilizar el comodín de Junqueras es retroceder allí desde donde surgen los problemas, no las soluciones. Existe la opinión cada vez más creciente entre los republicanos, que tras la vía Aragonés o la vía Junqueras debe abrirse una nueva tercera vía que reconstruya el partido con nuevas caras no quemadas que le den un aire más moderno, de izquierdas y con una hoja de ruta más clara sobre las intenciones independentistas. Sería una vía más pragmática que buscaría ofrecer soluciones políticas a la ciudadanía y le daría tiempo a rehacerse internamente. Y si para ganar ese tiempo hay que “jubilar” a Junqueras, Marta Rovira o Rufián y pactar para que Illa sea President, pues se hace, porque en la sombra se pasa mucha gana, hace mucho frío y hay mucho cargo que no puede dejar de cobrar. 

En la acera independentista de enfrente, en la de Junts per Puigdemont, el dilema se multiplica. En este caso no se han perdido votos si no que han crecido como estimaban, pero están muy lejos del ganador de las elecciones. De hecho, son 200.000 votos y 7 diputados menos que el PSC. A eso debemos añadir las conclusiones que ofrece la lectura del resultado electoral porque, de los 13 diputados perdidos por ERC y los 5 perdidos por CUP, el partido de Puigdemont consigue arañar únicamente tres, mientras que Aliança Catalana de Silvia Orriols consigue dos. Poco bagaje para los neoconvergentes tras tanta expectativa. Esos trece escaños perdidos por el independentismo han ido a parar a los partidos con sede central en Madrid, los llamados constitucionalistas. Algo que no gusta mucho en las filas de los de Puigdemont, por no decir nada, y que demuestra que el votante catalán ha pasado página al procés.

No es momento de volver a viejas soluciones y desfasados mensajes que no van a aportar nada nuevo ni satisfactorio a sus partidos ni a la sociedad catalana

La realidad es que, a pesar de la presunta fuerza que cree tener en el Congreso, la situación de Puigdemont se supedita, exclusivamente, a una solución jurídica personal como lo es la aprobación de la Ley de Amnistía. Ley que puede ser retrasada unos meses desde el Supremo, el Constitucional o los tribunales europeos y que torpedea todos sus planes. Mientras tanto, la crisis interna en su partido se acentúa y el enfrentamiento entre las dos fracciones que encabezan Jordi Turull y Laura Borrás está a la orden del día. En el caso de “no tocar poder” el partido de Puigdemont puede implosionar hacia un futuro más que incierto por el empecinamiento del líder. Aunque insista en presidir la Generalitat Puigdemont (con el único fin de acelerar su solución personal a través de la Ley de Amnistía) debería reconocer su debilidad matemática y plantear nuevas perspectivas que no sean de confrontación directa con, prácticamente, todo el arco parlamentario.

En cualquier caso, e independientemente de los posibles pactos electorales catalanes a los que tanto ERC como Junts pueden optar en estos momentos de negociación, es obvio que deberían ser suficientemente autocríticos y reconocer cuando se acaba una etapa y empieza otra. No es momento de volver a viejas soluciones y desfasados mensajes que no van a aportar nada nuevo ni satisfactorio a sus partidos ni a la sociedad catalana. Es momento para que tanto Oriol Junqueras como Carles Puigdemont den un paso al lado y dejen que otros dirijan sus partidos en la época de la Inteligencia Artificial, no de los dinosaurios políticos. Entramos en el segundo cuarto del siglo XXI y algunos quieren seguir con eslóganes e ideas de los sigos XIX y XX. Modernizarse o morir lentamente, ese es el auténtico reto.

Ramón Mora
Ramón Mora
Ramón Mora. Consultor de Empresas y Periodista.

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