Mis escritos no siempre sientan bien. Al menos no en mi círculo. Es natural; la mayoría de mis amistades son de marcado corte progre -que en ningún caso progresista- y mi sesgo se da de morros contra el suyo. Son relaciones inevitables: compartimos una manifiesta inquietud por la política y aquello que denominamos vida pública, y pensar diferente no es en ningún caso pretexto para no llevarse bien.
Admito, sin embargo, que hay veces que pierdo los nervios, y es que hay cosas que me sorprende ver a mis allegados defender. Les considero demasiado inteligentes para ello. Yo no tengo problema en echar pestes de mi espacio ideológico cuando toca. En el eje clásico soy de derechas, y no poco, pero soy consciente que la actual representación parlamentaria del espacio da pena. Mi adscripción en el debate nacional me la guardo para mí, al menos hoy. Nuestras conversaciones más amicales se producen precisamente cuando despotrico contra mi bandada y sus presuntos representantes; están todos de acuerdo, claro, al final del día son sociatas. El problema viene cuando saco a relucir las vergüenzas del PSOE. Fíjense que casualidad, aquí no me vienen tan a favor. Me desquito contra Tellado y Gamarra por no estar a la altura de la solemnidad institucional que los precede, lo cual aplauden, pero cuando imputo a Puente o Bolaños las mismas taras me saltan al cuello. Unos son mamporreros, los otros «se defienden legítimamente del acoso ultraderechista». Detestan, como yo, las estridencias parlamentarias, pero si las protagoniza Rufián, «joder, es que es muy bueno, dice las cosas como son».
Hasta aquí mira, no es tan grave. Todos pecamos de favoritismos y desviaciones, pero no todo vale. Ayer publiqué esta pieza: El coste de la inmigración no occidental a lo largo de Europa. Me cayó la de Dios. Eso sí, ningún dato a rebatir. Más que nada porque no se puede, porque son las fuentes oficiales las que facilitan la información. Más de una vez les he visto esgrimir orgullosos, no sin un punto onanista, los datos que emplea la progresía nostrada para justificar el paradigma de la diversidad migratoria. Su premisa es sencilla pero eficaz: «la estadística nos dice que la inmigración nos sale a devolver, que su balanza fiscal es positiva y por ende de lo más deseable». Yo intenté ir un poco más allá, descubrí que en Europa los países no se conforman con el global sin desagregar, y diseminan por origen regional. ¿Qué encontraron? Que los macrodatos son falseados por inmigrantes occidentales, que le generan un notable superávit al Estado. En el caso de África y el Medio Oriente, pero, la balanza es negativa, con sustanciales déficits a costa del contribuyente. No lo digo yo: lo dice el Parlamento Europeo. Mis datos son los suyos, pero más trabajados. Pues nada, ahora resulta que no valen. Defendían orgullosos su metodología técnica; ahora cuestionan airados como se determina «el coste de una vida a las finanzas del Estado«. Tío, del mismo modo que lo hicieron cuando defendiste su estudio, no han cambiado las fórmulas.
Vox obtuvo en mayo de 2025 datos sobre la delincuencia en Barcelona en base a la nacionalidad. Lo hizo gracias a una petición en el consistorio a Guardia Urbana y Mossos d’Esquadra. Tras meses de remoloneo y datos a medias, no quedó más remedio que facilitar la información. ¿El resultado? Desolador. Casi el 80% de las detenciones en la ciudad son a extranjeros: 90% de los hurtos, 83% de los robos con violencia, 60% de los homicidios y 73% de las agresiones sexuales. Todo ello cometido por menos del 25% de la población. ¿Que contestan aquí los amigos? Que esos datos deben ser falsos. Sí, los de la Guardia Urbana y los Mossos, tal cual.
Esta dinámica, no nos engañemos, se reproduce en todas las bancadas, pero mis circunstancias me ponen de cara contra este espacio concreto. Todos tenemos espíritu crítico hasta que la reflexión hace temblar los fundamentos de nuestra cosmovisión. Es ahí cuando se ve quién está realmente a la altura de ser ciudadano. El marco de referencia justifica preferencias, análisis e incluso interpretación de la realidad, pero hay elementos que caen por su propio peso; si no preguntemos a Starmer, Macron o Merz. Un poco de apertura a ser convencido no hace daño, de verdad. El ridículo de cerrar los ojos ante una realidad abrumadora es mucho peor.