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El Nobu Barcelona

Me escribe Pau sobre las cuatro de la tarde:

  • Quim, vamos a cenar en Nobu
  • Pau, la semana que viene voy a Nueva York, no puedo gastarme 100€ en una cena ahora.
  • ¿100€? No, hombre, ¡no! ¡Será mucho más! Nos vemos a las siete.

Me encuentro con Pau en el lobby del Nobu, en el bar de la recepción. Con las obras de la estación de Sants está toda la zona patas arriba y hay que bordearlas para llegar a la entrada. Se está tomando un agua con gas, se ha cortado el pelo y va muy bien vestido, con camisa blanca por dentro de los pantalones. La última vez que le vi iba en camiseta, sin afeitar y medio borracho. Casi parecía un youtuber; no costaba imaginárselo sentado en una de esas horrendas sillas con una bolsa de Cheetos en una mano y un rollo de papel en la otra. Es curioso como cambiamos las personas según el momento y contexto. Tal y como voy vestido hoy el youtuber parezco yo.

Después de saludarnos, sin tregua alguna, nos dirigimos al ascensor. El bar de la planta baja queda a la derecha de la entrada, a la izquierda hay la recepción y los ascensores, seis, están en el centro. El restaurante en sí está en una de las plantas superiores, envuelto de una gran vidriera que permite ver la ciudad y su atardecer desde prácticamente todos los ángulos. Parece una pecera rectangular, donde en un lado hay la cocina y la zona de ascensores y empleados y la sala en la otra las mesas. Pienso que es una lástima que tengan la cocina donde la tienen, justo detrás se entrevé el MNAC y Montjuic de fondo. Cuando nos atienden y reconocen a Pau rápidamente se apresuran a saludarle.  

  • Hemos reservado barra delante de la cocina, como siempre. Nos pondrán donde se sienta Ferran Adrià.

Viramos a la izquierda dejando el Tibidabo a nuestras cuatro. Me doy cuenta de que las ventanas están diseñadas para que se vea todo lo bueno de la ciudad. Es la primera vez que la avenida Roma no me parece un lugar deprimente, y se tienen que hacer verdaderos esfuerzos para ver la Plaza de los Països Catalans. Bien. Nos sentamos y el equipo nos da la bienvenida al unísono pronunciando un vocablo japonés que no reconozco. El maitre, extranjero, da la mano tanto a Pau como a mí y nos habla en perfecto catalán. Terrible eso de los inmigrantes que trabajan en hostelería. Delante nuestro un cocinero nos hace saber que cuando queramos él empieza.

  • ¿Qué queréis que os ponga?
  • Pónnoslo todo

Pau escoge tanto el vino como los detalles de la cena; desde el agua con gas hasta los platos que hay que comer cuando estás en Nobu. Aprovecho y echo un vistazo a las demás mesas y ahí está el patrón, presente entre 60 y 80% de los comensales. Esta es la tercera vez que estoy aquí y siempre veo el mismo fenotipo: parejas entre 35 y 50 años, con tipos que clarean, camisetas apretadas, músculos de jeringuilla y tatuajes de mafia de Europa del Este. Vete a saber tú de donde habrán sacado els quartos. Ellas igual son un poco más jóvenes, pero esos pómulos, esos labios y esas napias ya se los han tenido que hacer nuevos. Normalmente los hoteles tienen el contacto de un médico o de un centro médico de confianza que pueda atender a los clientes en caso de necesidad, pero aquí parece ser mucho más importante tener el contacto de la Clínica Planas. Observando esas mujeres pienso que muchas de ellas las habrán contactado por redes sociales e invitado con jets privados a Dubai. Miradas vacías, se levantan para sacar fotos para colgar en Instagram. Tengo entendido que el acuerdo para que esas chicas aumenten sustancialmente su nivel de vida pasa por firmar un cheque en blanco y dejar hacerse de todo. Eso que les hacen en Dubai, si es que salen vivas, se refleja en su porte: es evidente que les pasa factura. A la gente se le nota cuando ha vendido su alma al diablo.

Nos traen el primer plato. No sé lo que es, pero tiene un sabor y una textura extraordinarios. Sufro sólo al intentar pescar las piezas. Dos bombas atómicas después aquí estoy yo, comiendo con palillos. Pau, como si me leyera la mente, me dice que no me preocupe, que a partir de ahora son todo nighiris y se comen con las manos. Nuestro cocinero empieza a sacarnos un nighiri tras otro, explicándonos con detalle lo que es cada cosa. Intento prestar atención, pero la verdad es que no entiendo nada y me limito a engullir y saborearlo todo. La sensación que me envuelve es que Pau me mece como a un bebé y yo no tengo que preocuparme de nada. Para que se me entienda: de los dos soy yo el que tendría que llamar a la Planas, aunque el no estar en Dubai espero que me ahorre el mal trago de que se me caguen encima.

Constato una realidad y es que, en esos restaurantes, si no sabes lo que estás haciendo, no eres más que un pedante y un imbécil. No hay color entre lo que estoy comiendo hoy con Pau y lo que comí cuando fui por mi cuenta y tuve que responsabilizarme de la elección de los platos. Hoy gastaremos más, pero mi primera cena en Nobu me salió mucho más cara. Fluye la conversación. Pau es un tipo agradable e inteligente, aunque es joven y a veces se comporta como un idiota. No es hoy el caso. Hablamos de eso y de lo otro, de su interés por ayudar a Cataluña en lo que él pueda y de su trabajo. La verdad es que no me queda demasiado claro lo que hace, pero es evidente que lo hace muy bien y que sabe moverse. Yo no era así cuando tenía 25 años. A un cierto punto le pregunto qué quiere de la vida, y me responde que quiere seguir como ahora. Hijos, sí, familia también, pero el futuro parece una nebulosa. Aquí nadie tiene un plan. Me dice que esté atento, que el wasabi hay que expirarlo bien por la nariz. Acabamos con un postre que parece un pastelito de Doraemon, algo más pequeñito. El sabor es maravilloso. Comemos tanto que cuando subimos al rooftop a tomar una copa nos acaban invitando. De nuevo percibo el patrón entre los clientes del bar y pienso que toda esa gente que así se viste y así se comporta no puede ser tan inteligente. Quién sabe pues cual es la clave para ganar tanto dinero. Acabamos la noche pimplando otro par de copas, una en Dry Martini y otra en Gimlet, cuarteles predilectos de mi anfitrión esta noche. Ahí dejo a Pau, apenas pasadas las diez de la noche (¿lo ves? Quim, hay que cenar temprano). Le doy las gracias por todo y vuelvo a casa caminando. Hay que ir a la cama cuanto antes, mañana tengo que presentarle a mi jefe los presupuestos para el año que viene.

Quim Boldú
Quim Boldú
Quim Boldú, profesional del sector turístic

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