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Gentrificar Venecia

Se suele hablar mucho de Venecia en el debate público político por los efectos del turismo y como han cambiado la fisonomía de la ciudad en la época moderna. En los últimos años se hablaban de cifras que daban a entender que la ratio ciudadano-turista estaba rota, que hay demasiados turistas y que esto hay que limitarlo de algún modo. Una idea que sonó mucho y que se ha llevado a cabo parcialmente fue la de instalar peajes de acceso a la isla central para reducir el efecto del turismo. Recuerdo que entre la oposición a esta medida se decía que esto convertiría definitivamente Venecia en un parque temático. Sea una cosa u otra, el marco habitual implica siempre reducir las externalidades negativas del turismo a base de limitarlo a través de medidas gubernamentales que nos lleven a “gestionarlo mejor”. Esa gran frase que hemos escuchado varias veces en Barcelona: “Turismo sí, pero no así”. Nada más lejos de la realidad.

Llegaron las leyes que limitan hoteles y apartamentos, que se unen a las limitaciones de grupos y tours, además de los intentos de disuasión de visitantes de un día que no pernoctan en la ciudad (esos son los que pagan el peaje de entrada). Los italianos, que en este sentido habían sido muy respetuosos con la libertad de sus ciudadanos, también se están social democratizando. Hay mucha gente que lo sostiene, que dice que es bueno porque tiene por objetivo que la población local pueda vivir como siempre lo ha hecho y minimizar los efectos negativos del turismo. Esto, como tantas veces nos pasa en Europa, no es cierto. Y nos pasa porque evaluamos las políticas por sus intenciones y no por sus resultados, y ni estas medidas han supuesto que haya menos turismo, ni menos gentrificación, ni menos economía enfocada al extranjero en vez de al local. Hay más impuestos y más dinero que irá al sector público, y menos dinero para la población trabajadora que intenta ganarse la vida en la ciudad. No conozco a los gobernantes venecianos, pero supongo que se entenderá que tenga serias dudas de que el dinero que entra vaya íntegramente a minimizar las externalidades negativas del turismo.

Lo que hay que hacer en Venecia es justo lo contrario. El problema fundamental de Venecia no es que la ciudad esté gentrificada, sino que no lo está lo suficiente. Es algo muy evidente cuando uno pasea por la ciudad; siempre están llenas las mismas calles y, sorprendentemente, las calles adyacentes no sólo están vacías, es que ni siquiera están iluminadas. La dejadez en estas zonas es total y cuesta imaginarse que haya gente viviendo en muchos de los edificios de la isla central. Hay plazas enteras en las que prácticamente no hay un solo negocio. Zonas que están absolutamente muertas, la circulación es mínima y daría hasta miedo meterse por la noche si no fuera porque no hay nada que robar en ese inhóspito lugar. Es perfectamente entendible que la gente no quiera vivir en Venecia y se hayan ido a la península. Un proceso, por cierto, que se hubiese dado sin turismo, porque la vida moderna es impracticable en la isla. Moverse de un lado a otro con rapidez es una utopía. Los canales son tremendamente imprácticos y cualquiera que quiera progresar en la vida fuera del ámbito turístico o artesanal, es decir, que necesite ir del punto A al punto B con algo de garbo, nunca escogería un lugar como ese para vivir. De hecho, ¿qué es lo que intentan preservar los conservacionistas? ¿Qué hay más allá de una visión romantizada y nostálgica de la vida pasada? ¿Cuánta gente sigue pensando que pueden decidir el futuro de las personas y los territorios como si estuvieran jugando a montar un pesebre?

La receta para Venecia es muy sencilla: Ser Las Vegas a la europea. Ser la encarnación de la felicidad para cualquiera. Que reformen estas calles y permitan poner casinos. Wagner murió allí, en Ca’ Vendramin Calergi, donde se ubica ahora el Casino de Venecia, además de su museo. El plan no pasa por limitar, sino por potenciar las virtudes de cada lugar, y es más que evidente que esta pequeña localidad véneta, si no fuera por el turismo, no sería nada o estaría absolutamente muerta de asco. Hay que construir, adecuar, facilitar, generar, deleitar a la gente con los mejores espectáculos y, consecuentemente y sobre todo, cobrar. 

No hemos venido al mundo a decidir por los demás. Nos gustan las cosas que nos gustan y no lo podremos cambiar. Podemos hacer que el mundo sea más agrio, eso es verdad. Pero pudiendo hacerlo más alegre, ya me dirás.

Quim Boldú
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Quim Boldú, profesional del sector turístic

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