El año 2025 acabó sin que sucediera nada que los juristas hayamos podido celebrar, y no me refiero solo a los temas penales, que por especialidad me conciernen, sino, especialmente, en lo que interesa a este breve comentario, a la progresiva desaparición del derecho internacional. El nuevo año ha traído el golpe de Trump a Venezuela con la detención de Maduro, luego trasladado para ser juzgado en los Estados Unidos de acuerdo con el “indictment” (acusación) ya formulada por el Fiscal Geoffrey S. Berman, en cumplimiento de la decisión presidencial.
Se ha dicho, a raíz de este gravísimo suceso, que estamos ante una violación flagrante del derecho internacional y de cuantas declaraciones se han hecho desde la segunda mitad del siglo XX sobre las condiciones para el uso de la fuerza. Se ha añadido que se trata de una “acción de guerra” y que, para llevarla a cabo, Trump hubiera debido pedir autorización al Congreso de los EEUU, y, en todo caso, sería una violación del art. 2.3 de la Carta de las Naciones Unidas, según el que los miembros resolverán sus controversias por medios pacíficos, así como el 51 de la misma que solo habilita para la respuesta en legítima defensa ante un ataque armado, que no puede apreciarse por el solo hecho de la supuesta introducción de droga en un país.
Es evidente que ha quedado clara la realidad de las relaciones internacionales en nuestro tiempo, exclusivamente basadas en el poder y la fuerza, haciendo cada vez más irrelevante la Carta de la ONU y los principios que han de regir los modos de dirimir las diferencias entre Naciones. La consecuencia obligada es reconocer que la cultura jurídica compartida, como valor de civilización, está en una profunda crisis de la que difícilmente se levantará.
Llegados a este punto hay que preguntarse si realmente ha habido tiempos en los que el derecho internacional haya sido operativo más allá de las grandes declaraciones y de que se estudiara en las Facultades de Derecho. No voy a negar la importancia de los Tratados bilaterales o multilaterales que han funcionado y lo siguen haciendo, pero sin olvidar que ese relativo valor depende también de que no haya graves desequilibrios de poder entre las Partes vinculadas.
Nada se descubre denunciando la brutalidad del Presidente de los USA, del que abundan muestras indiscutibles de su personalidad violenta y alérgica al derecho y al respeto a los demás, rasgos silvestres que fascinan a sus seguidores. El mero hecho de que hubiera estado acusado en la causa seguida por el asalto al Congreso como instigador que solo se archivó ante su victoria electoral, podría ser bastante para descalificarlo, teniendo en cuenta, además, que sucedió en la que para muchos es la más antigua de las democracias (desde 1787).
A lo que acabo de decir sobre Trump se podría añadir que la crueldad con la que la Armada USA ha matado a tripulantes de pequeñas embarcaciones aduciendo su implicación en el narcotráfico, es consecuencia de la personalidad del Presidente, que, por supuesto, no se escandaliza por las ejecuciones extrajudiciales. Son “cosas que pasan”, ha llegado a decir a propósito del asesinato de Jamal Khashoggi, ordenado por su amigo el príncipe Mohamed Bin Salmán, o su silencio ante los de su colega Putin, gran especialista en liquidar a la oposición vía envenenamiento.
Pero, siendo todo eso repugnante, lo preocupante es el contexto, y me refiero a un drama que muchos aceptan, lo digan o no, y es la práctica desaparición del derecho internacional (y que me perdonen mis colegas docentes de la materia). La atribución a EEUU de ser el causante del hundimiento del derecho internacional puede parecer excesiva, y lo es si se le atribuye la responsabilidad exclusiva. Es evidente que desde que se consideró concluida la guerra fría, y, posteriormente, llegó la crisis de poder de la antigua Unión Soviética, los USA han detentado materialmente un poder prevalente que han ejercido con arreglo a sus intereses y a la idea del orden mundial que han juzgado necesario.
Por esa razón resulta ridículo decir ahora que los EEUU han transgredido el derecho internacional con ocasión de la intervención en Venezuela, cuando tradicionalmente han ejercido su rol de Gran Hermano sin respetar lo más mínimo los principios consagrados en la Carta de Naciones Unidas. Claro está que en esa acusación entran también otros “grandes” como Rusia o China, y no tan grandes, como Israel, Irán, Irak y otros.
Lo más destacable de la conducta exterior de USA no es que desprecie la Carta de Naciones unidas, en lo que no es el único Estado, sino en la desvergüenza con que lo hace. No sin cierta ingenuidad, algunos internacionalistas dicen que un suceso tan grave pone de manifiesto la necesidad de “perfeccionar” el derecho internacional, pero no su inoperancia, y esa es una reflexión orientada a salvar los muebles.
Al estudiar Derecho se enseña que una de las propiedades esenciales de una Ley es que tenga capacidad para operar y so depende de que contenga consecuencias para quienes la transgredan. Por esa razón, la llamada “ley natural” tiene un valor cultural y es una orientación ética, que puede a veces tener fundamentación religiosa, pero no es propiamente una Ley por falta de esas condiciones, con independencia de que las Leyes positivas, las promulgadas, puedan estar inspiradas en ella.
El derecho internacional, a diferencia de otras parcelas del Derecho como puedan ser el derecho privado o el derecho penal, tiene un origen iusnaturalista, y, para los juristas españoles, debe bastar la referencia a las obras de Vitoria y Suárez. De Vitoria se ha dicho que fue el fundador del derecho internacional, y que su pensamiento, recogido en obras como De iure belli, está presente en la Carta de Naciones Unidas, y ciertamente condena el recurso injusto a la guerra a la vez que proclama que existen derechos universales que deben ser respetados en cualquier cultura. Francisco Suárez, autor de De legibus, continuador de la idea de un derecho superior al derecho de los Estados, elaboraría el concepto de “derecho de gentes” (ius gentium) que inicialmente es una parte del derecho natural, del que después se separa, pero sin desvincularse de su origen. El derecho de gentes parte de la existencia de una comunidad de las Naciones, diferente de la comunidad de individuos, y regula las relaciones entre Estados soberanos como ius inter gentes, que se correspondería con el actual derecho internacional, y que se nutre de principios derivados del respeto mutuo y de la prohibición de la imposición de una nación sobre otra, y en el que tienen cabida mutaciones generadas por la libre voluntad de los Estados en sus relaciones mutuas, pero nunca impuestas a través de agresión o la conquista.
Esas ideas sobre las relaciones entre Estados soberanos influyeron en Grocio y en Pufendorf, y llegarían al Iluminismo, y, a la postre, se habrían de transformar en parte esencial de la génesis del derecho internacional, tema en el que no me detendré, pues lo importante es destacar que en ninguna época ha existido ese respeto entre las Naciones, y me limito a lo que comúnmente se conoce como “cultura occidental”. Los Estados europeos han recurrido a la fuerza siempre que les ha parecido preciso y estaban en condiciones de hacerlo, y basta recordar la historia respectiva de los Imperios español, inglés, portugués, austríaco o de la Francia napoleónica.
Si de ahí pasamos a las terribles Guerras mundiales del s. XX, que, respectivamente, alumbraron la Sociedad de las Naciones (creada por el Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919) y la Organización de las Naciones Unidas, sucesora de la anterior, pero con importantes diferencias, cuya Carta fundacional fue firmada el 26 de junio de 1945, veremos que ambas fueron impulsadas por la hermosa idea de evitar las guerras y ordenar pacíficamente las relaciones entre las Naciones y la solución de los conflictos entre ellas, y ni una ni otra lo consiguieron, sin discutir algunos éxitos parciales.
He comenzado este comentario a partir de la acción norteamericana en Venezuela, señalada como la peor transgresión del derecho internacional, como si fuera la primera vez que USA impone su voluntad a través de la fuerza. Algunos han señalado a Rusia y la invasión de Ucrania o el apoderamiento de Crimea. Casi nadie ha mencionado las acciones chinas en el Tibet y otros territorios, o su cerco sobre Taiwan prestos al zarpazo final en cuanto les parezca oportuno. Y, para redondear el panorama, ninguna de esas tres potencias ha aceptado y suscrito el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, dejando claro su desprecio a todas las reglas de conducta que la “comunidad internacional” ha considerado imprescindibles en los conflictos armados internacionales o civiles.
¿A quién vincula, entonces, el derecho internacional? ¿A los Estados que no son grandes potencias? Es imposible aceptar que existe un derecho internacional de cuyo cumplimiento están dispensados, ante todo, Estados Unidos, Rusia y China, y eso sin entrar en la inadmisible idea que sobre el respeto a otros Estados se tiene en los que están dominados por el Islam.
La triste conclusión es que el derecho internacional ha quedado reducido a una relación de principios de libre seguimiento, a modo de ideas rectoras de una religión laica, construida a partir de tradiciones y de una amplísima experiencia sobre los conflictos entre los pueblos, y en la que muchos Estados no creen. Lo que ha hecho USA en Venezuela es para muchos un escándalo político y jurídico, y para otros un suceso digno de aplauso habida cuenta del pelaje de los chavistas. Para un tercer grupo, de norteamericanos críticos, parafraseando a Fouchet ( o a Talleyrand, según versiones) y lo que dijo sobre la orden de Napoleón de capturar al duque de Enghien en territorio neutral y fusilarlo, el golpe y detención de Maduro peor que un crimen, es un error. Pero no ha lugar a rasgarse las vestiduras porque no se haya respetado el derecho internacional, pues nadie en sus cabales puede creer que en el mundo en que vivimos ese derecho garantiza que cosas así no se puedan hacer.
Dejo para otra oportunidad el comentario sobre la sarta de necedades que se han dicho en medios españoles, especialmente de la izquierda, sobre este triste y gravísimo suceso, aunque no puedo resistir a la tentación de señalar a dos de ellas como indiscutibles candidatas al primer premio en la categoría, y son las siguientes: la de que España, en protesta, debería abandonar la OTAN, y la de que hay que exigir al Gobierno que “aisle internacionalmente a Trump”. Nuestra clase política tiene esos detalles.





