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Julio Iglesias

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Llevamos unos días escuchando y leyendo sobre esa denuncia que unas empleadas de Julio Iglesias, o exempleadas, no lo sé, le han puesto por abuso sexual. La noticia me interesa tan poco que he tenido que buscarlo en Google para saber exactamente cuál era el problema. Después de echarle una ojeada he acabado en búsquedas recomendadas, en el perfil de su hijo Enrique Iglesias, al percatarme de que ya tiene 50 años. Recuerdo que cuando empezaba a salir, hace más de 15 años, lo escuchábamos en todos lados y parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Me acuerdo de eso y también de que casos como el de Julio Iglesias empezamos a verlos con Dominique Strauss-Khan, el primero de una retahíla de hombres exitosos acusados de crímenes sexuales o parecidos. El primer caso que recordamos los jóvenes del momento, claro, porque en realidad ha habido muchos más y todos suelen acabar un poco igual: en nada.

Lo que es interesante de la situación de Julio Iglesias no es eso que tantas veces hemos visto y que tiene tan previsible final. Algo tan soez y grosero como estas denuncias ya se ve que no van a ningún lado ¿a quién se le ocurriría decir tales cosas y esperar que alguien las creyera? Julio Iglesias apenas puede andar, a juzgar por las imágenes publicadasen ocasión de dicha noticia, y lo más destacable que se puede decir sobre ello lo ha dicho el gran Nacho Raggio en Twitter: “Estamos hablando de un Julio Iglesias en el ocaso de sus condiciones físicas. Eso sí, un hombre que en lugar de usar dos muletas usaba dos mulatas”.

Lo verdaderamente importante es ver el destino final de su forma de vida. Un destino final público y publicado, aunque todos sabemos que la procesión va por dentro y el precio se paga en nuestro interior más que en cualquier otro lado, incluso si no somos conscientes de ello. Julio Iglesias se ha dedicado a cepillarse todo lo que ha podido durante su fantástica carrera, y yo lo entiendo todo y quién no sea culpable que tire la primera piedra, pero es absurdo considerar que ese modo de operar trae consecuencias deseables. Lo que le está pasando ahora, de una forma sin duda injusta, es fruto de lo que ha cosechado durante tantos y tantos años. Una parte se deberá a esta insaciable bestia que llevamos dentro todos los hombres y que tan difícil es de controlar. Otra será el contexto de la revolución sexual en que él eclosionó y que desde hace cerca de 10 años le vemos las costuras como si observáramos el retrato de Dorian Gray. Toda moneda tiene dos caras y es evidente que aprovecharte de tu posición, de tu poder, de la admiración que las gentes sienten por ti y, en definitiva, de tu encanto para profanar la intimidad de los demás, está mal. Lo que hizo Harvey Weinstein estaba mal, más allá de que fuera legal y de que hubiera unas condiciones tácitamente aceptadas. Lo que hacía Tom Jones, supuestamente, también estaba mal. La responsabilidad no es únicamente de una parte, pero ya sabemos en qué parte estaban ellos.

Es cierto que una denuncia de este tipo, hoy en día, puede pasarle a cualquiera. También lo es que a muchos hombres notables no les pasa y ni siquiera se pondrían en una situación en que pudiera pasarles. Todos hemos tenido a nuestra Isabel Preysler que nos ha roto por dentro. Por Helena quemó Troya, y todos sabemos lo que Troya significa en italiano. Pero ni eso nos justifica ni nos da derecho a hacer el mal sin que las consecuencias nos acaben pillando.

Quim Boldú
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Quim Boldú, profesional del sector turístic

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