Durante décadas, el Ártico fue percibido como una periferia helada, un espacio remoto más vinculado a la ciencia y al imaginario polar que a la gran política internacional. Esa percepción ha quedado definitivamente atrás. Hoy, el Ártico es uno de los principales escenarios de competencia geopolítica del siglo XXI, y su centralidad quedó patente en el reciente Foro de Davos, especialmente tras las declaraciones de Donald Trump.
Lo relevante no es solo lo que Trump dijo sobre Groenlandia, sino lo que revela el debate de fondo: el desplazamiento del eje geopolítico hacia los espacios estratégicos emergentes y la fragilidad de las arquitecturas de seguridad heredadas de la Guerra Fría. Entre ellas, la OTAN, cuya actuación frente al desafío ártico resulta, como mínimo, desconcertante.
El Ártico concentra hoy tres elementos decisivos del poder global: nuevas rutas marítimas que reducen drásticamente los tiempos de comercio entre Asia, Europa y América; vastos recursos energéticos y minerales aún sin explotar; y una importancia militar creciente como espacio de despliegue, vigilancia y disuasión avanzada. Rusia lo ha entendido perfectamente. China, aunque no sea un país ártico, también. Estados Unidos, con Trump o sin él, no podía permitirse mirar hacia otro lado.
Lógica estratégica
En ese contexto, la insistencia de Trump en Groenlandia no es una extravagancia personal, sino la expresión cruda de una lógica estratégica: quien controle el Ártico controlará una parte sustancial del equilibrio global de las próximas décadas. Lo discutible no es el diagnóstico, sino la forma y, sobre todo, el vacío institucional que deja al descubierto.

La OTAN aparece en este escenario como un actor desdibujado, reactivo y carente de una narrativa propia. Formalmente, el Ártico entra dentro del perímetro de seguridad de la Alianza. En la práctica, su papel es el de un foro de coordinación mínima, incapaz de articular una estrategia clara frente a un desafío que no es hipotético, sino ya presente. Mientras Moscú refuerza bases militares y Pekín invierte en infraestructuras polares, la OTAN se limita a declaraciones genéricas y ejercicios simbólicos.
El problema no es solo operativo, sino político. La Alianza Atlántica parece atrapada entre dos inercias: la dependencia estructural de Estados Unidos y la falta de voluntad real de muchos socios europeos para asumir responsabilidades estratégicas. Davos ha vuelto a mostrar esa debilidad. Trump presiona, condiciona, amenaza con aranceles y luego los retira. La OTAN asiente, matiza y trata de ganar tiempo. El resultado es una imagen de subordinación que erosiona su credibilidad.
La coherencia de Trump
Paradójicamente, el discurso de Trump —a menudo caricaturizado como disruptivo— resulta más coherente que la respuesta aliada. Al descartar explícitamente el uso de la fuerza y apostar por un «marco de cooperación», introduce una lógica transaccional, discutible pero comprensible. La OTAN, en cambio, ni lidera ni condiciona: acompaña. Y en geopolítica, acompañar sin marcar rumbo es una forma de irrelevancia.
Europa, por su parte, paga el precio de esta ambigüedad. El Ártico afecta directamente a países europeos, desde los nórdicos hasta las grandes economías dependientes de rutas comerciales estables. Sin embargo, la Unión Europea carece de una política de defensa autónoma eficaz, y la OTAN no suple esa carencia. El resultado es una dependencia estratégica que deja al continente a merced de decisiones tomadas en Washington, Moscú o Pekín.
El Ártico no será un escenario secundario. Será uno de los grandes tableros del poder global. Y si la OTAN no redefine de manera urgente su papel —más allá de comunicados y marcos vagos— corre el riesgo de convertirse en una estructura formalmente imprescindible pero estratégicamente patética: presente en el mapa, ausente en las decisiones clave.
Davos 2026 no ha creado este problema, pero lo ha hecho visible. El mundo ha cambiado de eje. Falta saber quién está dispuesto a cambiar con él.





