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Momento Chernobyl

La sustitución del criterio técnico por el relato político está empujando a España hacia un colapso de gestión. De la gestión del COVID a las infraestructuras críticas: cuando la ideología ignora la ingeniería, el fallo deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza

De izquierda a derecha, Letizia Ortiz, un guardia civil, la ministra María Jesús Montero, Felipe VI, el ministro Óscar Puente y el presidente de Andalucía, Juanma Moreno, en Adamuz.
Controvertida fotografía publicada por la Casa Real de la visita de los Reyes al lugar del siniestro de Adamuz. La imagen fue posteriormente borrada ante la indignación de los usuarios de redes sociales.

Hay momentos en la historia en los que una sociedad comprende, de golpe, que el relato oficial ya no encaja con la realidad. Chernóbil no fue solo un accidente nuclear: fue el instante en que un sistema político quedó desnudo ante su incompetencia, su desprecio por la ciencia y la ingeniería, y su adicción a la mentira. España ha entrado en su Momento Chernobyl.

No hablamos de un reactor, sino de una secuencia de fallos graves: una mala gestión del COVID que dejó al descubierto improvisación y propaganda; el olvido de que vivimos en un clima mediterráneo de lluvias torrenciales para los que existen infraestructuras planificadas pero no ejecutadas; y, más recientemente, sistemas técnicos críticos —red eléctrica y ferrocarriles— operados al límite, sin el rigor, el mantenimiento ni la cultura de responsabilidad que exigen. A todo ello se suma un poder político que minimiza, confunde y comunica como si la realidad fuera negociable.

Chernobyl estalló cuando un sistema complejo fue forzado fuera de su envolvente segura por obediencia jerárquica y desprecio al criterio técnico. El paralelismo es inquietante. Hemos normalizado lo extraordinario: que la luz se encienda siempre, que un tren circule a 300 km/h sin fallos. Esa aparente normalidad oculta una complejidad extrema que solo se sostiene con talento cualificado, decisiones basadas en datos y en la física, buenos diseños y mantenimiento preventivo, no en consignas ideológicas.

Chernobyl estalló cuando un sistema complejo fue forzado fuera de su envolvente segura por obediencia jerárquica y desprecio al criterio técnico

Cuando la complejidad se gestiona con criterios políticos, ideológicos o presupuestarios, el fallo deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza. Ignorar avisos técnicos no conduce a “si ocurrirá”, sino a “cuándo”. Las tragedias que hemos sufrido fueron anunciadas.

La sustitución del conocimiento experto por el relato conveniente ya ha explotado. La ingeniería no negocia. La naturaleza no perdona. Las redes eléctricas no entienden de ideología ni los sistemas ferroviarios obedecen a argumentarios. Sin embargo, asistimos a una politización de la gestión técnica: nombramientos por afinidad, informes ocultos, responsabilidades diluidas, comités de expertos inexistentes y propaganda en lugar de rendición de cuentas.

Aquí emerge una responsabilidad ineludible: la de los profesionales. Ingenieros, técnicos y responsables operativos deben plantarse ante órdenes que comprometen la seguridad, vengan de quien vengan. La obediencia ciega por miedo a la pérdida del salario, humanamente comprensible, es un ingrediente clásico de las grandes catástrofes tecnológicas. La neutralidad no existe: callar o asumir no es ser neutral; es tomar partido por el fallo.

Valery Legásov lo resumió con precisión: cada mentira genera una deuda con la verdad. En Chernobyl, ocultar y retrasar agravaron la catástrofe y destruyeron la legitimidad del régimen. Hoy observamos una dinámica parecida: comparecencias evasivas, simplificaciones técnicas y un “todo está bajo control” que choca con los hechos. La mentira no es un error puntual; se ha convertido en una forma de gobernar.

El resultado es el hartazgo. No es ideológico; es moral. La ciudadanía percibe que su seguridad y su inteligencia se sacrifican para sostener un relato. Cuando eso ocurre, la transparencia deja de ser una concesión y se convierte en una exigencia. Así comenzó la glásnost.

Valery Legásov lo resumió con precisión: cada mentira genera una deuda con la verdad

La salida no es solo un relevo de nombres. Tampoco basta con la caída de un gobierno. Se necesita regeneración: recuperar el respeto por la complejidad, por el conocimiento y por la lógica. Rehabilitar la reputación profesional, dotar de autonomía a quienes saben y exigirles valentía. Abandonar la idolatría del poder político y someterlo al escrutinio permanente de la realidad.

Conviene recordarlo con claridad incómoda: los regímenes que niegan la realidad temen más a los ingenieros que a los agitadores. El grito puede desacreditarse; la advertencia técnica, no. El agitador moviliza emociones; el ingeniero cambia el marco mental y deja rastro. Cuando un profesional explica, documenta y avisa, el poder queda expuesto ante los hechos. Y cuando los hechos se cumplen, la deslegitimación es irreversible.

Regenerar es preferible a estallar. Renovar instituciones y hábitos antes de que la frustración derive en ruptura. La historia muestra que cuando los sistemas niegan la realidad, colapsan; cuando la afrontan a tiempo, se reforman.

España está ante un Momento Chernobyl. No por una explosión, sino por la acumulación de señales ignoradas. La pregunta ya no es si el diagnóstico es incómodo, sino si tendremos el coraje —técnico, profesional y cívico— de corregirlo a tiempo. Procrastinar solo empeora la situación. No decidir también es decidir. Actuemos ya.

Agustin Argelich Casals
Agustin Argelich Casals
Agustin Argelich Casals, es ingeniero de telecomunicaciones, consultor independiente en tecnologias digitales, experto en innovación y liderazgo. Miembro del think tank Intelligent Community Forum. Autor de Analizar Actuar Avanzar

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