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Sobre acosos sexuales en los partidos políticos

El autor analiza cómo la estructura vertical de las formaciones actuales, convertidas en agencias de colocación, favorece relaciones de sujeción donde la libertad sexual acaba siendo moneda de cambio

El exlíder de Sumar y Podemos, Íñigo Errejón.
Errejón en unas jornadas sobre tauromaquia organizadas por Sumar /X.

Por Antonio de Lanjarón

El problema se está presentando con tanta frecuencia y sin discriminación de credos que resulta inevitable pensar en una causa estructural y por así decir transversal. La Constitución ofrece en el Art. 6 una definición de los partidos que, vistas las cosas con ojos de hoy, casi medio siglo más tarde, resulta poco menos que idílica: “expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”.

La realidad es muy otra: son, con las excepciones que tiene toda regla, agencias de colocación, a las que sólo se arrima quien lo necesita: el que busca la zanahoria o, si ya está dentro de los enchufados, teme que le quiten la zanahoria y piensa que así conjura el riesgo. Sucede además que la entrada en esas instituciones no se encuentra sometida a ningún proceso selectivo, en forma por ejemplo de exigencia de títulos académicos o experiencia profesional. Pero en la vida nada es gratis: el alimento que se recibe -el incentivo para entrar- lo es a cambio de una obediencia ciega al jefe -porque el requisito constitucional de democracia en la estructura interna y funcionamiento ha pasado a formar parte de la literatura fantástica: estamos ante organizaciones tan verticales como el ejército de Esparta-, lo que hace que las ventajas de la militancia (que pueden ser, se insiste, muy golosas, sobre todo para quien no tiene otras formas de ganarse la vida) se encuentren condicionadas por lo que desde Etienne de la Boetie se llama la “servitude volontaire”.

Dicho en términos de Derecho Administrativo, se entra en una relación de sujeción especial cuyos gravámenes resultan altísimos: la libertad, nada menos, y además en un grado que está a la vista de todos desde el primer día: nadie puede invocar que lo ignoraba. Entrar por la puerta de una de esas casas, tal y como existen hoy, viene a representar, con todos los matices que se quieran, lo que hace setenta u ochenta años, en los pueblos más hambrientos, era meterse en un seminario para ordenarse cura.

En la vida nada es gratis: el alimento que se recibe lo es a cambio de una obediencia ciega al jefe

En definitiva, todo se explica por la agónica necesidad de decidirse por una vida de la más estricta obediencia y carente de libertad. Recuérdese sobre esta última lo de Don Quijote a Sancho: “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, porque “con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”, de manera que “por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y por el contrario el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. Si además sucede que se trata de una mujer y el de arriba -el que elabora (con toda arbitrariedad, se insiste) las listas electorales o la relación de asesores a contratar para los gabinetes de turno- es por el contrario un varón, la consecuencia resulta inevitable: de la libertad que puede verse condicionada forma parte la sexual, dicho sea sabiendo todos lo arduo que es trazar la raya del auténtico consentimiento y aplicarla en cada uno de los casos concretos, donde la circunstancia (y el momento: se pudo consentir ayer y sin embargo dejar de hacerlo hoy), resultan tan difíciles de acreditar, porque siempre hay dos versiones de los hechos y no siempre se puede saber cuál de ellas merece más credibilidad.

Cuando un día las cosas se tuercen entre ambos y se formaliza un desencuentro             -cuando la subordinada le dice al jefe eso de que hasta aquí hemos llegado, para  poner  el  ejemplo más típico-, el carácter jerárquico de la institución plantea un nuevo escollo: existen, en teoría, órganos internos para canalizar las denuncias, pero, una vez más, de su funcionamiento no cabe esperar el menor compromiso -palabrería aparte: propaganda feminista la practica todo el mundo- con la parte que es objetivamente más débil (y con el discurso interno que es conocido: “los trapos sucios se lavan en casa”, “vamos a no darle bazas a los malos”, etcétera). Ejemplos los vemos a diario.

Así las cosas, y en el contexto viciado de la España de las filtraciones (a los periódicos, en este caso, de la causa enemiga), está poco menos que cantado que la víctima que se sienta indefensa -o quien quiera hacerse pasar por tal para chantajear, que de todo hay en la viña del señor- llame a ese preciso portillo para cantar la Traviata, como suele decirse recordando al gran Giuseppe Verdi. Y a partir de ahí se desatará la virulenta polémica de siempre: los del partido adversario se rasgarán las vestiduras y pedirán que en la organización acusada no quede títere con cabeza, aunque sólo sea por haber encubierto los hechos, mientras que los de la tribu concernida se defenderán diciendo que son intachables y que (si es que los testimonios no son tan groseros que no resulta necesario sacrificar la pieza para salvar el relato) se trata de un montaje del que, para más inri, para publicitarlo (para filtrarlo: es, se insiste, la palabra clave) se ha esperado al momento más conveniente a efectos electorales, porque se trata -es el término habitual- de una cortina de humo para tapar el último estropicio que se había cometido o, explicado con más precisión, el último escándalo que había estallado.

Los del partido adversario se rasgarán las vestiduras y pedirán que en la organización acusada no quede títere con cabeza

La historia se repite una y mil veces en los últimos tiempos. Los papeles de cada quien se encuentran perfectamente repartidos y las palabras empleadas por unos y otros resultan perfectamente previsibles. Con razón decía el gran Borges -su famosa confesión a Mario Vargas Llosa– eso de que la política no es sino una de las formas del tedio.

Sabe Dios cómo y cuándo (y dónde: en los Juzgados de instrucción o en la opinión pública) terminarán los culebrones de Errejón, Salazar o el Alcalde de Móstoles, por seleccionar tres de los ejemplares firmados -así se les puede caracterizar- que dan pasto a la prensa en los últimos tiempos. Pero eso -las peripecias personales de tal o cual individuo y sobre todo las torpezas en que incurra en su defensa- es casi lo de menos. Lo relevante es señalar, una vez más, que nos equivocamos si el problema se diagnostica como individualizado y concreto -de este o aquel partido que no es el mío y de una persona u otra-, porque lo cierto es que estamos ante una patología que tiene causas muy estructurales y sólo sobre esa base cabrá pensar en la terapia, que tiene que ser la propia de una enfermedad crónica y no ocasional: tan estructurales que, si acaso algún observador toma la pluma para escribir una pieza (un sainete, típicamente), o el guion de una película o el libreto de una opera (comique, por supuesto), se trataría de eso que antes se llamaba el género costumbrista: según el Diccionario de la RAE son aquellas “obras literarias y pictóricas” en las que la “atención (…) se presta al relato de las costumbres típicas de un país o región”. En este concreto caso, de un determinado gremio, para decirlo de manera más precisa.

Sí, estamos a la espera de un Berlanga -y un Saza en el papel protagonista- o, antes, unos hermanos Álvarez Quintero. De su mano, seguro que el panorama del espectáculo se haría menos tedioso y lo que se exponga acaba incluso teniendo su morbo.

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