Algo se mueve. Hay algunos mensajes públicos; políticos que, discretamente, están contactando con Juan tras leer su libro; argumentos pobres, más voluntariosos que rigurosos. Un titubeo a la hora de diseccionar el libro. Se ha abierto el debate, al fin.
A cuenta de la publicación de Esto no existe, el nuevo ensayo de Juan Soto Ivars, sobre uno de los puntos más “inflamables” del debate público: las denuncias falsas o instrumentales en violencia de género y lo que el autor presenta como “daños colaterales” de un sistema pensado para proteger a las víctimas. El libro parte de una idea-provocación —la del “escudo” que la ley ha pergeñado para amparar a las mujeres— y sostiene que, en determinados casos, ese escudo puede convertirse en un arma dentro de conflictos de pareja, separaciones o disputas por la custodia: procesos en los que, según su tesis, el incentivo y la asimetría de recursos pueden acabar distorsionando la verdad y dejando a inocentes en una indefensión difícil de reparar.
La polémica no se ha quedado en el papel. En estos meses, Soto Ivars insiste: el libro no cuestiona la existencia ni la gravedad de la violencia machista, ni equipara archivo o absolución con denuncia falsa. Hemos abundado en este argumento con él para El Liberal, en una charla con Paula Añó con ocasión de la presentación de su libro en Barcelona.
“La acusación es algo que te come y te corroe”. Da igual que seas inocente y así lo determine la justicia; es un estigma para siempre. Una cuestión que, sorprendentemente, nadie se había atrevido a tocar tras más de 20 años de vigencia de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.
Este sistema ha creado un inmenso dolor a muchos hombres y a las mujeres de sus vidas: hijas que no ven a sus padres; madres ya abuelas que no pueden ver a sus nietos; nuevas parejas…
Pero hay otras derivadas que repasamos y que merecerían otro libro: los incentivos económicos y la trama creada alrededor de la ley, el número de suicidios masculinos, el espinoso tema de la violencia vicaria, el aborto y el número de divorcios. Todo eso apareció en la conversación como un mapa de asuntos que se tocan, se cruzan y, sin embargo, casi nunca se discuten sin que salten las trincheras y los mensajes enlatados. No porque falten datos o casos, sino porque falta un espacio donde se puedan mirar sin consignas ni pánico moral. Y quizá ese sea el mérito —o la incomodidad— de este libro y de su recorrido mediático: obligarnos a sostener preguntas que preferimos no formular. Si algo deja claro Soto Ivars es que el debate público no mejora cuando se niega lo incómodo porque, al final, los auténticos perjudicados son las verdaderas víctimas.
Concluye que la denuncia falsa debería considerarse violencia de género: un delito de maltrato hacia el hombre. Eliminar esa deshonrosa excepción europea que es el derecho penal de autor y dejar de considerar violencia de género lo que son absolutas nimiedades en el seno, la mayor parte de las veces, de parejas tóxicas. Si de verdad nos importan las víctimas, empecemos a poner el foco en las que verdaderamente lo son.





