Más allá de la noticia en sí, hay una “casualidad” imposible de obviar: su fallecimiento llega solo 48 horas después de la jornada que convirtió su apellido en uno de los símbolos más reconocibles —y más sombríos— de la historia reciente de España. El calendario, por sí solo, añade una carga simbólica difícil de ignorar.
Tejero fue el rostro más visible del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando irrumpió armado en el hemiciclo durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Aquella imagen, pistola en mano y gritos en el Congreso, quedó grabada en la memoria colectiva como una de las escenas más graves de la Transición.
Su muerte se conoce, además, en una semana especialmente significativa para la memoria del 23-F, con la desclasificación de documentos oficiales sobre aquella intentona. Esa coincidencia temporal vuelve a situar el nombre de Tejero en el centro del debate público, no ya por su papel histórico, sobradamente conocido, sino por el cierre biográfico de quien personificó aquel desafío al orden constitucional.
La desaparición de Tejero no cambia el significado político de lo que protagonizó, pero sí cierra definitivamente la biografía de uno de los nombres más controvertidos de la España contemporánea. Y lo hace, precisamente, cuando el país vuelve a mirar de frente a uno de los episodios más delicados de su democracia.
La “casualidad” de la fecha convierte su muerte en algo más que una noticia de última hora: la sitúa, inevitablemente, en el terreno del símbolo.





