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El sanchismo como república progre y de destino en lo universal

Pedro Sánchez
Pedro Sánchez

Febrero está siendo pródigo en tristes y graves sucesos en el mundo. Trump ha dicho que gracias a la guerra que ha desatado en el golfo Pérsico no tiene problemas de aburrimiento, lo que no está mal como bestialidad. Otra cosa es que la teocracia iraní sea un régimen abominable y el mundo sería un poco mejor si desapareciera.

Ni una cosa ni la otra tienen nada que ver con los motivos que llevan a Sánchez a colocarse en lo que él cree es la posición correcta para un demócrata europeo. Mejor aún: el único auténtico demócrata que hay en Europa, vistos los erráticos caminos que están siguiendo Francia, Alemania, el Reino Unido, Italia, Portugal y demás Estados de la UE, que, sin defender abiertamente el belicismo de Trump, se abstienen de condenar a los USA, e, incluso, no obstaculizan las acciones militares norteamericanas, sino que llegan a facilitarlas.

Lejos de esa prudente posición, nuestro Gobierno, interpretando oracularmente los deseos profundos de los españoles (que necesariamente han de coincidir con lo que interesa personalmente a Sánchez) , se alza en solitario cual David contra Goliat, aunque sin honda, sin pensar en otra cosa, como todo quisque sabe, que en el rendimiento electoral que pueda reportar esa postura tan progre entre los votantes de izquierda. Eso se ha dicho y repetido en estos días: Sánchez no engaña a nadie y no vale la pena insistir en el tema, y si él cree que prohibir el uso de las bases conjuntas hispano-norteamericanas por parte de EEUU en su guerra contra Irán puede proporcionarle algún voto, así se hará.

Como muestra de la perspicacia e inteligencia del Gobierno basta con un botón: el ministro de Asuntos Exteriores, ese estratega, dijo que la posición española no tendría consecuencias…pocas horas antes de que Trump anunciara el abanico de represalias que se propone aplicar a España. Y es mejor no pensar en otras derivaciones más graves, como podría ser la de ayudar a Marruecos, totalmente entregado a los deseos de Trump, a satisfacer sus ambiciones sobre Ceuta y Melilla.

Pero para el actual PSOE cualquier precio es bajo si, a cambio, se consigue cementar a Sánchez en la Presidencia del Gobierno, que es el objetivo que debe anhelar todo buen demócrata, y quien discrepe de ese análisis tiene un problema: es un facha defensor del imperialismo yanqui. Además, para redondear la solidez del planteamiento, el Gobierno invoca la intolerable violación del derecho internacional, cosa que en realidad les preocupa tan poco como el sufrimiento animal a los independentistas que se oponen a las corridas de toros por ser, para ellos, una fiesta hispana.

Son muchos, posiblemente, mayoría, los españoles que no son “ortopensantes”, y no pueden entender la grandeza de miras del sanchismo y su contribución al progresivo hundimiento internacional del respeto al Reino de España: es un precio a pagar por la nobleza de los ideales, pues, como dijo Casto Méndez Núñez, más vale honra sin buques. Pero hasta que no llegue la ocasión de votar no habrá modo de medir el respaldo con que cuentan las decisiones del timonel y sus criterios en la selección de amistades y apoyos, y ese momento no es predecible que se vaya a adelantar pues el sanchismo no va a renunciar ni a media hora de estancia en la Moncloa, salvo, que, como parece, sea verdad que la guerra del Pérsico, esté siendo valorada por Sánchez como una aparición de la Virgen que le puede posibilitar, por la vía de la apelación a todos los supuestos izquierdistas de España a que con su voto se enfrenten al Satán norteamericano y que eso pasa por votar al PSOE en las elecciones nacionales, andaluzas y catalanas. La guerra pasa a ser así el remedio universal para todos los males, y, de paso, garantizaría a don Pedro la continuidad en la Moncloa.

La venta de todo ese discurso se presenta como una oportunidad que hay que aprovechar recordando lo cara que le salió a Aznar la foto del Trío de las Azores y la invasión de Irak. En aquel entonces se produjeron manifestaciones provocadas, ante todo, por el peligro real de que tropas españolas tuvieran que participar en la delirante aventura urdida por Bush y Blair, lanzados en busca del arca perdida de las armas de destrucción masiva, nunca encontradas. Suponer que estamos ante una situación análoga es una temeraria apuesta de Sánchez, pero también hay que comprender que necesita aferrarse a un clavo aunque esté ardiendo, pues fiar su vida política a los “socios” del llamado “gobierno de progreso” puede fallar más que una escopeta de feria, además de que el prohombre necesita cultivar su personalísima imagen de Campeador de la ortodoxia progresista, que la Providencia ha colocado en España que, según Sánchez, en lo que coincide con el General Franco, ha de ser la reserva espiritual de Occidente.

La ortodoxia progresista a la que acabo de referirme está sostenida y se manifiesta por diversos sectores políticos y no políticos, que, por sí solos, bastan para descalificarla: apologetas del terrorismo, separatistas, paleocomunistas, y otras cabezas escogidas que no solo aplauden la gallardía sanchista, sino que consideran un atropello fascista cualquier plan que conduzca a acabar con el chavismo venezolano, o con el paraíso castrista, por ejemplo. Socios eventuales de Sánchez desearían aprovechar la ocasión para abandonar la OTAN, la Unión Europea, y lo que se tercie, como respuesta adecuada ante los atropellos de los EEUU, a quien hay que responder con contundencia.

Todo eso es, a partes iguales, preocupante, deleznable y cómico. Pero, por si fuera poco, esa ortodoxia circula por sectores de la sociedad española como si realmente se tratara de la “opinión necesaria” de toda persona de bien”, y ese es otro modo de componer un excelente gazpacho argumental de cara a unas eventuales elecciones que se tendrían que dirimir entre dos únicas opciones: lo progre, encarnado por Sánchez y su PSOE, de un lado, y, de otro, todo lo demás, necesariamente reaccionario y retrógrado.

La extensión del “ortopensamiento” se pudo apreciar hace pocos días en la ceremonia de entrega de los premios Goya, y no es la primera vez que sucede ni será la última:muchos de los participantes lucían chapitas pro Palestina, o se pronunciaban sobre la obligada condena de la masacre que Israel ha perpetrado en Gaza, lo cual, por otra parte, nadie discute, pues se trata de crímenes masivos y son legión los que quisieran ver al primer ministro de Israel ante la Corte Penal Internacional acusado de crímenes de guerra. Claro que también a los ayatolas, y a los talibanes, y etc. etc., sin olvidar a los asesinos ataques de Hamas del 7 de octubre de 2023, que encendieron la mecha que daría lugar al genocidio.

Nada de eso oculta la pequeña prepotencia gremial de la que hacen alarde muchos partícipes en la industria del cine erigiéndose en portavoces especialmente cualificados de causas políticas que defienden muchas personas y desde muchos medios. No hay razón alguna para otorgar un status de especial significación a unos respetables profesionales, pero que no lo son más que los pertenecientes a otros medios, profesiones u oficios. La idea de que la denuncia de un abuso o una injusticia adquiere una dimensión superior cuando la hacen ellos es, cuantitativamente, cierta, como lo sería si la hiciera un equipo de fútbol con ocasión de una gran final y con el estadio repleto. Es una cuestión de números que no depende de que quien la realice pertenezca a la farándula del cine.

Algunos creen que la condición de famoso, con la consiguiente resonancia de lo que se dice, genera, por sí sola, una cualificación intelectual y personal de la que otros carecen, sobre los temas que eligen, pues conviene recordar las omisiones escandalosas y sectarias, como el silencio sobre la invasión de Ucrania o el terrorismo islámico.

En resumen: España y su lugar en Europa están a merced de la conveniencia de una persona y su pequeño círculo, que, además, cuentan con palmeros, algunos de lujo, que encima le dicen a Sánchez que está en el “lado correcto de la historia”. Esperar y ver.

Gonzalo Quintero
Gonzalo Quintero
Catedrático de Derecho Penal y Abogado

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