Pese a la enorme información disponible en estos tiempos, muchos ciudadanos se sienten perdidos y renuncian a separar el trigo de la paja acuciados por la urgencia de ocuparse de asuntos menos desasosegantes y más gratificantes que desentrañar los misterios de la política, incluso cuando les toca muy de cerca. El gran burlador de la política española compareció por sorpresa en la tribuna de Moncloa, como ya nos tiene acostumbrados a hacer en ocasiones señaladas sin aceptar preguntas, para sacar un viejo conejo de la ajada chistera: “No a la guerra”. ¿Convencerá a los desencantados y escépticos recuperando el viejo eslogan compartido por una gran parte de los ciudadanos españoles en 2003 Ciudadanos, quiero puntualizar, de izquierda, centro y derecha, a menos que el 93 % de los españoles que se opusieron a la guerra fueran todos de izquierdas, un supuesto absurdo puesto que el PP gobernaba entonces con mayoría absoluta.
Tengo casi la certeza de que al expresidente González, político curtido en mil batallas y acreditado sentido común -pese a que las figuras de cuarta fila que han formado parte de los Consejos de Ministros de Sánchez salgan en tromba para desacreditarlo-, la última pirueta de Sánchez no va a alterar su decisión de votar en blanco, en caso de que el presidente vuelva a ser el candidato del PSOE en las próximas elecciones generales. Más efectivo tal vez pueda resultar en otros casos, como el del escritor Cercas, que abandonó indignado el redil de Sánchez cuando el PSOE presentó la ley de amnistía el 13 de noviembre de 2023, una posibilidad que el articulista de El País había negado tajantemente pudiera acaecer en una de sus columnas pocas semanas antes: “me niego a creer que el presidente Sánchez cometerá semejante desatino”.
“No a la guerra”
Como simple ciudadano de a pie, intentaré aclarar mi posición sobre este delicado asunto con la esperanza de que estas reflexiones puedan resultar útiles a quien tenga la paciencia de leer la columna. Empezaré por recordar que la guerra emprendida por Israel y Estados Unidos contra Irán en la madrugada del pasado 28 de febrero, no cuenta con el respaldo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y ni siquiera con el del propio Congreso de Estados Unidos. En mi opinión, la justificación de esta guerra, iniciada sin provocación previa alguna por parte de Irán, no difiere en lo esencial de la que ofreció el Kremlin cuando decidió invadir Ucrania el 24 de febrero de 2022. Israel y Estados Unidos han invocado ahora la amenaza que el programa nuclear del régimen iraní representa para su seguridad nacional, un argumento muy endeble puesto que la propia Casa Blanca aseguró en una nota de prensa publicada el 25 de junio de 2025 que los bombardeos ejecutados los días anteriores habían arrasado completamente (“obliterated”, fue el término inglés empleado) las instalaciones nucleares iraníes. Y Rusia hizo lo propio al invocar la amenaza que representaba para su seguridad nacional la decisión de la OTAN de integrar a Ucrania en la organización militar del Atlántico Norte.
Quienes como los líderes de la UE condenaron la invasión de Ucrania en 2022, no han dudado en aplicar sanciones cada vez más duras a la Federación Rusa y exigen respetar la integridad territorial de Ucrania en la mesa de negociación donde se acuerde el fin del conflicto, deberían haber sido, por pura coherencia, los primeros en condenar los ataques de Israel y Estados Unidos, con independencia de su orientación política. No ha sido así, salvo en el caso de España, donde se ha producido una polarización muy marcada entre los partidos de izquierda y ultraizquierda que forman parte del gobierno de coalición o lo sostienen con sus votos en el Congreso, y los partidos que conforman la oposición en Las Cortes. Los primeros han defendido casi sin matices el “No a la guerra”, en tanto que la oposición de centro derecha, el PP, ha criticado al gobierno de Sánchez por no alinear su política exterior con los países centrales de la UE, sin entrar a valorar la incoherencia de su posicionamiento, mientras que Vox se ha mostrado en completa sintonía con Israel y Estados Unidos y ha acusado a Sánchez de utilizar el conflicto para desviar la atención de la corrupción.
Un señuelo más
El nuevo eslogan de Sánchez intenta aprovechar que el Pisuerga pasa por la Moncloa para sacar rédito electoral y movilizar al alicaído electorado de izquierda que, según corean al unísono las ministras del presidente, parece andar algo desmoralizado de un tiempo a esta parte. ¡Por qué será! Sánchez, un político astuto donde los haya, ha visto en esta guerra (ya lo hizo durante la invasión de Gaza por Israel) la oportunidad de presentarse como el líder del movimiento pacifista en la UE y distraer la atención de los graves casos de corrupción que lo acosan, como la oposición apunta. Quizá ayude a recuperar a alguno de esos votantes de izquierdas desilusionados por la gestión realizada durante los siete años y medio en los que Sánchez ha estado al frente del PSOE y del Gobierno, pero dudo de que logre dar un vuelco significativo a la opinión pública. De hecho, la desmovilización del electorado de izquierdas es tan profunda que, como los últimos resultados electorales y sondeos de opinión indican, ha dado alas a Vox en Extremadura y Aragón.
Sánchez ya no aspira a ganar las elecciones sino a frenar el avance del PP para obligarle a depender de Vox y está dispuesto a emplear todos los resortes del poder a su alcance (que son muchos) mientras ejerza de presidente del Gobierno para minimizar sus pérdidas. De momento, los resultados de las elecciones autonómicas en Extremadura y Aragón confirman que uno de cada cuatro votantes, 25,7 % y 24,3 %, respectivamente, respaldaron a los candidatos elegidos por Sánchez. Lo que sorprende sobremanera no es que el PSOE haya obtenido unos resultados francamente malos, que lo son, sino que un porcentaje tan elevado de ciudadanos estén todavía dispuestos a respaldar a un político cuya inagotable capacidad de supervivencia no puede tapar sus engaños continuados, sus pactos vergonzosos con independentistas y con los herederos de ETA para comprar su respaldo en el Congreso, y los gravísimos casos de corrupción que están a punto de sentar en el banquillo a quien fuera su mano derecha (Ábalos) en el partido y el Gobierno durante muchos años.
Queridos analistas orgánicos y votantes de izquierda en general: los engaños sucesivos a los electores, los pactos vergonzosos y los casos de corrupción que se han destapado en la era de Sánchez no son hechos casuales y aislados, meras anécdotas sin importancia, manchitas en la corbata roja tras un almuerzo copioso que se limpian en la tintorería y a otra cosa. No, ni mucho menos. Afectan al núcleo de la acción política desplegada por el PSOE de Sánchez desde que este sujeto sin escrúpulos se hizo con la secretaría general del partido en mayo de 2017, al ganar unas elecciones primarias ahora también bajo sospecha, y con la presidencia del gobierno el 1 de junio de 2018, gracias a una moción de censura en la que el más destacado de sus colaboradores (el omnipresente Ábalos), hoy en prisión, enarboló la bandera de la decencia política y el feminismo.
¿Quién es coherente?
Quienes dicen ser de izquierdas y sostienen a Sánchez en las urnas y en el Congreso, parecen considerar un mal menor tener a un progresista que ha plantado cara a Israel y Estados Unidos al frente del Gobierno, y se repiten una y otra vez a sí mismos para intentar autoconvencerse que la corrupción sistémica es patrimonio exclusivo de la derecha y los prohombres y partidos de izquierda están siempre en el lado correcto de la historia, dos bobadas que hemos escuchado repetir a varios memos y memas, muy cercanos al presidente, en los últimos tiempos. Son tan obtusos que no les entra en la cabeza que se puede estar en contra de la guerra y en contra de la podredumbre y el pesebrismo sanchista.
Si de veras fueran de izquierdas reconocerían que el PSOE de Sánchez no sólo ha protagonizado los casos de corrupción al más alto nivel acaecidos en España desde 1978, sino que ha dejado de defender la igualdad de los españoles, concediendo privilegios económicos (como la condonación de deuda y la aprobación de un sistema de financiación bilateral y singular) a los residentes en Cataluña a costa del resto de ciudadanos, que ha indultado y amnistiado a quienes declararon la independencia de Cataluña a cambio de sus votos para ser investido presidente, que ha atacado la independencia del poder judicial, por no plegarse a bendecir esos indultos y la amnistía e investigar los negocios de su mujer y la plaza obtenida por su hermano en la Diputación de Badajoz, y, en fin, que ha pisoteado la dignidad de las víctimas del terrorismo de ETA, aviniéndose a que salgan de la cárcel asesinos con condenas pendientes a cambio de los cinco votos de EH Bildu en el Congreso. Cualquier persona que se sienta de izquierdas y sea coherente tiene razones de mucho peso para retirar su apoyo a Sánchez, tal y como ha prometido hacer el expresidente González, aunque comparta su “No a la guerra”.



