Gabriel Rufián está deshojando la margarita. Seguir en ERC o dar el salto al Frente Amplio que pretende reconstruir la izquierda situada a la izquierda del PSOE. La decisión no es sencilla, pero probablemente tampoco sea ya una cuestión exclusivamente ideológica. Rufián parece haber hecho buena parte del viaje político. Lo que falta por saber es si al otro lado le ofrecen un destino suficientemente atractivo.
Conviene recordar de dónde venimos. Cuando llegó al Congreso en 2015, Rufián aseguró que estaría en Madrid apenas 18 meses. Más de una década después, no solo continúa allí, sino que la política española se ha convertido en el escenario fundamental de su carrera.
Lo que debía ser una breve incursión en el Congreso para defender la independencia de Cataluña ha terminado convirtiéndose en una larga trayectoria dentro de la política española. Y el Rufián de hoy tiene bastante poco que ver con aquel dirigente de SUMATE que llegó a Madrid en plena efervescencia del procés.
Su discurso ha evolucionado. Sigue perteneciendo a ERC y defendiendo sus posiciones, pero cada vez se mueve con mayor comodidad en las coordenadas de la izquierda española. Habla de vivienda, salarios, fiscalidad, servicios públicos, antifascismo o desigualdad con mucha mayor frecuencia que de independencia. Sus interlocutores naturales están cada vez más en Madrid y menos en el universo estrictamente independentista.
Ada Colau lo ha entendido perfectamente y por eso reclama su incorporación al nuevo Frente Amplio.
La operación tendría lógica. La izquierda alternativa al PSOE arrastra desde hace años un problema que no ha conseguido resolver: demasiadas siglas, demasiados liderazgos y demasiadas guerras internas. Podemos, Sumar, los Comuns, Más Madrid y otras fuerzas comparten buena parte del espacio electoral, pero no han encontrado una fórmula estable para convivir.
Rufián podría aportar algo que escasea en ese ecosistema: notoriedad nacional, experiencia parlamentaria, capacidad dialéctica y un perfil reconocible más allá de Cataluña.
Pero para abandonar ERC necesitaría probablemente algo más que una invitación a incorporarse a una fotografía colectiva.
Ahí está la clave.
Rufián sabe perfectamente lo que tiene dentro de ERC. Tiene grupo parlamentario, estructura, visibilidad y una posición política consolidada. Pero también sabe que su encaje en el partido nunca ha sido completamente sencillo.
Representa una Cataluña metropolitana, castellanohablante y procedente de la inmigración interior que ERC lleva décadas intentando incorporar a su proyecto. Rufián ha reivindicado repetidamente esa identidad. Pero cabe preguntarse si él mismo no percibe que, para determinados sectores del independentismo, continuará siendo siempre alguien llegado desde la periferia sociológica del movimiento.
El viejo término “charnego”, aunque hoy resulte incóm35odo, resume una fractura histórica de la sociedad catalana que el procés nunca terminó de borrar.
Y Rufián puede preguntarse legítimamente cuál es su techo dentro de ERC.
Puede continuar siendo durante años una de sus principales figuras en Madrid. Pero ¿puede llegar a liderar realmente el partido? ¿Puede convertirse algún día en candidato a la presidencia de la Generalitat? ¿O llegará un momento en que ERC decida que necesita recuperar un perfil más inequívocamente nacionalista y Rufián deje de ser funcional para la nueva estrategia?
Fuera de ERC, en cambio, el techo podría ser diferente.
Un Frente Amplio con suficiente representación parlamentaria podría volver a ser necesario para una mayoría de izquierdas. Y quien encabezara ese espacio podría aspirar no solamente a tener grupo propio en el Congreso, sino también a entrar en un futuro Gobierno.
La posibilidad de ser ministro existe como horizonte político para cualquiera que lidere una fuerza decisiva en una coalición. Otra cosa distinta es afirmar que esa sea hoy la motivación personal de Rufián. Pero sería ingenuo pensar que un político con más de diez años de experiencia parlamentaria no valore hasta dónde puede llegar su carrera.
El problema es que para Rufián la operación solo parece verdaderamente atractiva si ocupa una posición central.
Abandonar ERC para convertirse simplemente en otro dirigente dentro de una coalición donde convivan Colau, Irene Montero, Yolanda Díaz, Mónica García y los diferentes liderazgos territoriales tendría un coste enorme y un beneficio incierto.
Otra cosa sería encabezar el proyecto.
Entonces sí cambiaría completamente la ecuación.
Rufián podría presentarse como alguien capaz de unir dos mundos: la izquierda tradicional española y una parte del soberanismo catalán; el cinturón metropolitano de Barcelona y Madrid; el votante desencantado de Podemos y el antiguo votante de ERC que prioriza las políticas sociales sobre la independencia.
Ese sería un proyecto político propio.
Y probablemente esa sea la verdadera margarita que está deshojando.
La decisión no consiste simplemente en elegir entre ERC y el Frente Amplio. Consiste en decidir entre continuar siendo una figura fundamental de un partido que no controla o intentar convertirse en una de las figuras centrales de un nuevo espacio político todavía por construir.
El riesgo de dar el salto es enorme. La izquierda española de los últimos años está llena de dirigentes que pretendieron construir espacios unitarios y terminaron sepultados bajo sus propias divisiones.
Pero quedarse tampoco está exento de riesgo.
524pertenece ya a otra época y casi a otro personaje. Su evolución política parece haberlo llevado progresivamente desde el independentismo militante hacia una izquierda de ámbito español con sensibilidad plurinacional.
Ahora falta el último paso.
Y ese paso seguramente dependerá menos de lo que Rufián piense de ERC que de lo que el Frente Amplio esté dispuesto a ofrecerle.
Porque abandonar un partido después de diez años es difícil.
Abandonarlo para ser uno más sería todavía más difícil.
Abandonarlo para liderar una nueva izquierda española sería otra historia. Porque si algo no le falta a Rufián es ambición.



