La legislatura que acaba de terminar, tras la disolución de las Cortes Generales, nos deja un Gobierno más preocupado por satisfacer las exigencias de sus socios que por atender las necesidades de los españoles.
Pedro Sánchez, incapaz de aprobar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado y gobernando con las cuentas prorrogadas desde 2023, ha demostrado que su principal prioridad no ha sido España, sino mantenerse en el poder a cualquier precio.
Su última comparecencia, en la que anunció la convocatoria electoral, fue el reflejo de un presidente incapaz de asumir responsabilidades. Ni una autocrítica, ni el reconocimiento de un solo error. Todos sus fracasos son siempre culpa de los demás.
También ha demostrado su escaso respeto por el Congreso de los Diputados, donde parece considerar que, cuando los representantes de los españoles no votan lo que él desea, se vulneran los derechos democráticos. Una concepción de la democracia marcada por una autocomplacencia y un narcisismo político difíciles de superar.
En aquella comparecencia ni siquiera tuvo unas palabras para Ceuta, cuyos ciudadanos siguen sufriendo las consecuencias de una grave invasión Su silencio y dejación de responsabilidades resultan impropios de quien tiene la obligación de defender a todos los españoles.
Pedro Sánchez ha fracasado. Y su fracaso es el resultado de una trayectoria marcada por las contradicciones, las promesas incumplidas y la utilización de las instituciones para garantizar su supervivencia política.
Fracasó con la polémica por las acusaciones de plagio de su tesis doctoral. Fracasó durante la pandemia, cuando su Gobierno apelaba a un comité de expertos cuya composición nunca aclaró satisfactoriamente. Fracasó al conceder los indultos y aprobar la amnistía a los responsables del desafío independentista en Cataluña, después de prometer que no lo haría. Y fracasó al pactar con formaciones cuyas posiciones sobre el terrorismo y el pasado de ETA siguen provocando el rechazo de muchos españoles.
También ha fracasado con sus compañeros de viaje. Los escándalos de corrupción que afectan a personas de su entorno político han dejado en entredicho sus promesas de regeneración democrática.
A ello se suman las controversias judiciales de su entorno familiar. Su hermano, cuya actividad profesional ha sido investigada y juzgada, y su esposa, Begoña Gómez, investigada por presuntos delitos relacionados con su actividad profesional y académica, protagonizan asuntos sobre los que los españoles merecen explicaciones. Eso sí, de lo que no tenemos ninguna duda es de que Pedro y Begoña se quieren mucho.
Cada uno de estos episodios supone también una traición a la historia de un Partido Socialista que contó con dirigentes comprometidos con la unidad y el progreso de España. Sánchez parece haber olvidado que no ganó las últimas elecciones generales y que su permanencia en el poder depende de quienes condicionan permanentemente sus decisiones.
Tampoco debemos olvidar las controversias internas del PSOE en 2016 ni aquella afirmación de Sánchez reconociendo públicamente que la Fiscalía dependía del Gobierno. Dos episodios que reflejan una preocupante manera de entender el poder y las instituciones.
Especialmente grave ha sido su actuación ante la invasión de Ceuta. Mientras nuestros compatriotas sufrían las consecuencias de una situación excepcional, el presidente parecía más preocupado por sus relaciones con Marruecos y sus vacaciones que por garantizar la seguridad y tranquilidad de los ceutíes.
Pero hay más.
Coincidiendo con la convocatoria electoral, los sindicatos anuncian una huelga centrada en la vivienda que María Jesús Montero, todavía marcada por su reciente derrota electoral, pretende dirigir también contra la oposición.
Conviene recordar algo elemental: quien ha gobernado España durante los últimos ocho años ha sido Pedro Sánchez, no la oposición.
Un Gobierno que, además, ha destinado importantes subvenciones a las organizaciones sindicales, con partidas que este último año alcanzan los 32 millones de euros.
El presidente que prometió acabar con los desahucios, que no ha resuelto la emergencia habitacional y que ha sido incapaz de impulsar suficiente vivienda asequible se llama Pedro Sánchez. No se llama «la oposición».
España necesita viviendas, no excusas. Necesita soluciones, no más confrontación política.
También seguimos esperando una muestra de solidaridad de Sánchez con la jueza Biedma, tras las informaciones sobre las supuestas maniobras contra ella recogidas en investigaciones de la UCO. Sorprende el silencio de quienes presumen de defender el feminismo. ¿O es que la defensa de las mujeres depende de a quién investiguen?
Tampoco debemos olvidar las polémicas relacionadas con la denominada Ley de Nietos ni la actitud del ministro Óscar Puente, demasiado pendiente de sus enfrentamientos en Twitter mientras siguen pendientes explicaciones sobre la tragedia de Adamuz, cuyas víctimas y familias merecen toda la verdad.
Mientras tanto, Sánchez y sus socios vuelven a recurrir a su estrategia favorita: agitar el miedo ante la posibilidad de que gobierne la derecha. Cuando no pueden defender su gestión, intentan desacreditar al adversario.
No, señor Sánchez: la derecha no da miedo. Lo que preocupa a millones de españoles es un Gobierno incapaz de asumir sus errores, cumplir sus promesas y anteponer el interés general a su supervivencia política.
La derecha democrática ha demostrado que sabe gobernar, gestionar y corregir los errores heredados de gobiernos de izquierdas. Basta con consultar la hemeroteca.
Pero el próximo presidente tendrá una responsabilidad que irá mucho más allá de la gestión: recuperar la convivencia y la unidad entre españoles. España no puede seguir instalada en la división y el enfrentamiento permanente entre bandos que la izquierda y la extrema izquierda llevan años alimentando.
Nuestro país necesita un Gobierno que respete las instituciones, que gobierne para todos y que deje atrás la confrontación como herramienta política.
Porque gobernar no consiste en resistir a cualquier precio, sino en servir a los ciudadanos, asumir responsabilidades y ofrecer soluciones.
Pedro Sánchez ha dedicado demasiados esfuerzos a mantenerse en el poder.
Ha llegado el momento de que España tenga un presidente que dedique todos sus esfuerzos a gobernar.



