Cervantes, a través de Don Quijote de la Mancha, describe la libertad como: «Es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida».
Esa libertad es la que ha faltado, y aún falta, en Venezuela. Casi nueve millones de venezolanos han tenido que huir de la dictadura criminal y empezar a construir su vida en otros países, incluido este. La mayoría ha venido a trabajar y a aportar. No en vano es uno de los colectivos que más cotiza en la Seguridad Social.
Los venezolanos solo aspiran a vivir tranquilos y con calidad de vida. Tienen sobrados recursos para lograrlo. Pero desde hace 26 años el régimen les ha robado la libertad y les ha privado de una vida digna, con escasez de alimentos y medicamentos, el colapso de hospitales y de todos los servicios públicos, así como cortes de luz y de agua permanentes. Un 70% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza y un 90 % sufre pobreza multidimensional: el sueldo mínimo es de menos de un dólar al mes, y eso mismo cobran los jubilados.
Frente a todo esto, Maduro y los presuntos jerarcas de la narcocleptocracia, incluida Delcy Rodríguez, se han supuestamente enriquecido saqueando el país. El autoproclamado presidente obrero, según se calcula, acumula solo en Suiza más de 100 toneladas de oro. Este mismo dictador ha violado de forma sistemática los derechos humanos de quienes se rebelan ante este régimen criminal que mata de hambre y mata con violencia. No lo decimos nosotros: lo dice la ONU.
Hoy la represión continúa. Hoy la tortura continúa. Los venezolanos siguen viviendo con miedo; se levantan y se acuestan bajo la sombra del miedo.
Nunca olvidemos que, mientras nosotros vivimos en democracia, en Venezuela y en otras partes del mundo muchos ciudadanos viven con un terror que los paraliza y los bloquea, y del que se aprovechan dictadores como Maduro para someterlos con políticas inhumanas.
Los presos políticos han sido encerrados en cárceles dantescas como el Helicoide o La Tumba, un infierno bajo tierra en el que se practica la llamada tortura blanca. Los presos saben si es de día o de noche por el ruido que hace el metro de Caracas que pasa por encima.
Con la detención de Maduro por presuntos delitos muy graves, como narcoterrorismo, corrupción estatal y tráfico internacional de cocaína, Venezuela ha entrado en una nueva fase. No podemos ser ingenuos: sabemos que el camino hacia la libertad es largo, pero se ha abierto una puerta a la esperanza.
Por eso sorprende de manera negativa la reacción del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y de sus socios de extrema izquierda, escudándose en el derecho internacional. Por supuesto que hay que respetarlo, pero en el caso venezolano no existe desde hace muchos años. Sin ir más lejos, en julio de 2024 el dictador Maduro no respetó el resultado de las elecciones que ganó Edmundo González. Entonces el derecho internacional sirvió de poco y la comunidad internacional permitió que Maduro se mantuviera en el poder de facto.
De hecho, el Gobierno de Sánchez ha jugado y juega a la ambigüedad, haciendo malabares para no llamar a las cosas por su nombre. Y por no hablar de la complicidad de Zapatero con Maduro, curiosamente muy ausente estos días en los medios mientras, a su vez, se pone en marcha una campaña de blanqueamiento.
No voy a ser cómplice de Trump ni comparto sus aires de conquistador de territorios. No me gustó cómo se refirió a María Corina en aquella primera rueda de prensa, pero la comunidad internacional le falló al pueblo de Venezuela. La detención de un dictador que ha oprimido y maltratado a los venezolanos se agradece. La transición hacia la democracia no puede ser tan rápida como nos gustaría: es compleja y no es lineal, como ha dicho el propio Edmundo González. Urge liberar a los casi mil encarcelados por razones políticas y desarmar a los colectivos que siembran el terror cada noche en las calles.
Preocupa que el poder siga en las mismas manos con los sucesores de Maduro. El poder tiene que volver a estar en manos de quienes verdaderamente respetan la democracia, y no en las de los jerarcas chavistas. Por ello, esperamos y deseamos que, en cuanto sea posible, se convoquen elecciones libres, con todas las garantías, sin manipulación ni fraude, sin miedo y, lo más importante, que se respete el resultado.
Y al señor Sánchez y a sus socios, ya que les gusta hablar tanto del derecho internacional, conviene recordarles que este no es de uso exclusivo de los gobiernos, y menos aún de los ilegítimos. El derecho internacional está para proteger a las personas. Condenen la dictadura de Maduro sin tibiezas, dejen de llamar “retenidos” a los presos políticos y reivindiquen la verdadera democracia que se merece Venezuela.





