La Operación Resolución Absoluta (quizá deberíamos llamarla Operación Poder Absoluto, en homenaje al muy recomendable film de Clint Eastwod de 1997 donde se relata el escabroso incidente en que se ven envueltos el presidente de Estados Unidos, su directora de gabinete y su equipo de seguridad) culminó con la destitución del presidente Maduro que se había arrogado la victoria electoral en 2024, a pesar de que las actas recogidas por la oposición demostraban que había obtenido una sonada derrota. Trump decidió en vísperas de Navidad secuestrar a Maduro mediante una audaz operación cuidadosamente planeada y ensayada durante meses por fuerzas de élite y declararse en control de Venezuela, un país que, como tantos otros en ‘su’ hemisferio, las Administraciones estadounidenses dan por descontado que forman parte de su patio trasero y cualquier decisión de sus gobiernos contraria a los intereses de Washington es interpretada inmediatamente como una amenaza a su seguridad nacional.
Una escalada condenable
Aunque comprendo la alegría lógica de quienes han sufrido la represión ejercida por el régimen bolivariano durante tantos años al ver esposado al usurpador Maduro, no puedo sino condenar una acción que sólo puedo calificar como secuestro ilegal, sitúa a quien la ordena a la altura de cualquier autócrata, y cuyo principal objetivo, como el propio Trump se ha encargado de aclarar desde el primer momento, no es ni siquiera restaurar la democracia en Venezuela, sino hacerse con el control total de los recursos petroleros del país, dejando al frente del gobierno venezolano a Delcy Rodríguez y a Diosdado Cabello, dos de los colaboradores más cercanos de Maduro durante tantos años de represión y oprobio.
Como considero igualmente rechazables y condenables los linchamientos o ejecuciones extrajudiciales, porque no otro calificativo merece la nueva especialidad deportiva de ‘tiro a la lancha’ puesta de moda por Trump desde Mar-a-Lago que ha destruido 35 lanchas y acabado con la vida de al menos 123 tripulantes en el Caribe y el Pacífico desde septiembre hasta el 31 de diciembre de 2025. Por supuesto, la DEA no ha molestado en presentar evidencia alguna de que las lanchas destruidas transportaran droga. Pete Hegseth, secretario de Defensa, refiriéndose al ataque perpetrados contra los supervivientes de una lancha que permanecían flotando sujetos a los restos de la embarcación destruida, tuvo a bien manifestar lo siguiente: “Contemplé el primer ataque en directo”, pero como “usted puede imaginarse, en el Departamento de Guerra tenemos muchas cosas que hacer. Así que me marché a mi siguiente reunión”. Esperemos que algún día Hegseth acabe rindiendo cuentas de sus mentiras y órdenes criminales.
Uno se pregunta por qué las eficaces fuerzas militares estadounidenses desplegadas en la zona no interceptan las lanchas de los supuestos narcotraficantes, apresan la mercancía y detienen a sus tripulantes, y los sientan ante un tribunal de justicia. ¡Trump, como Hegseth, son personas muy ocupadas para prestar atención a semejantes nimiedades! Pim, pam, pum y a otra cosa mariposa. Siguen al pie de la letra el manual del pistolero: primero dispara y luego pregunta. Por no hablar de la última novedad en piratería naval: los sucesivos apresamientos de petroleros en alta mar con la excusa de impedir la exportación de crudo venezolano, no ya a Cuba, sino a cualquier país sujeto a sanciones de Estados Unidos. Desde luego, el petrolero Marinera apresado cerca de Islandia, en cuya operación participaron buques de la Armada Inglesa y el buque español AOR Cantabria, integrado en el mando de la OTAN, que podría haber abastecido a la nave estadounidense que perseguía al petrolero. Difícilmente, el petrolero retenido ahora en la costa este de Escocia podía dirigirse a Cuba. Ni una palabra sobre el asunto de nuestra progresista ministra de Defensa.
¿Una gran noticia?
La realidad es muy distinta a como nos la han pintado estos días algunos medios de comunicación y sesudos analistas en España que han venido poco menos que a saludar con salvas la intervención estadounidense en Venezuela. El director de un diario digital apremiaba a los remilgados beatos a dejar a un lado sus escrúpulos y calificaba sin ambages la caída del dictador Maduro como una gran noticia que “no debería ser motivo de disgusto para ningún demócrata”. No contento con ello, acusaba a “la mayoría de los que este 3 de enero se han puesto exquisitos con esa legalidad” internacional de no haber alzado “nunca la voz ante las vulneraciones de los derechos humanos en Venezuela”.
Un poco de respeto y finura analítica, Sr, Nieto, y no meta a todos los que condenan el secuestro de Maduro en el mismo saco, junto a Zapatero, Ábalos, Iglesias y Cía. En cualquier caso, me pregunto si consideraría también una gran noticia que Estados Unidos desalojara en una operación similar a algún distinguido mandatario de las autocracias teocráticas que controlan con códigos coránicos la península arábiga. ¿Figuran estos países en su lista de gobiernos a derrocar por Estados Unidos en los próximos meses para seguir dándonos alegrías a los demócratas? Quizá podría empezar ordenando el secuestro de quien a su vez ordenó secuestrar y descuartizar a Jamal Khasoggi, distinguido colega suyo del Washington Post, en el consulado saudí en Estambul en 2018, donde el periodista, que había acudido para recoger el documento oficial que acreditaba su divorcio, desapareció para siempre.
Otra de las firmas habituales en este digital ‘profundizaba’ algo más en el asunto y nos iluminaba a los defensores de aplicar la legalidad con un descubrimiento de alcance copernicano: la legalidad internacional es un mito, no ha existido nunca, y reprochaba a Europa “que se indigne porque cree -o finge creer- que existió un mundo gobernado por reglas”. Estoy terminando un libro centrado en la figura del emperador Adriano (“Hadrian’s Empire. When Rome ruled the world”), una lectura que proporciona una perspectiva realista sobre cómo se gobernaba en aquel mundo y discurrían la paz y la guerra durante uno de los períodos, por otra parte, más brillantes del Imperio. Por ello quizá, no me ha impresionado el hallazgo del Sr. Arruñada de que la única regla válida en este viejo mundo es la ley de la fuerza bruta. Claro que, de ser así, me pregunto, ¿a qué vienen tantos aspavientos y reproches del autor a Putin “por la invasión criminal de Ucrania”?
Más simpática, aunque igualmente extravagante, encontré una columna del siempre ocurrente y nunca aburrido profesor Savater quien, tras exponer sus extensas y cavilosas reflexiones sobre la propuesta fallida de incorporar la asignatura Educación por la Ciudadanía en el Bachillerato en España, aterrizaba ya en tiempo de descuento en Caracas para dejarnos “una noción general de la máxima importancia”, a saber, que “las reglas del derecho nacional e internacional… sólo tienen una razón de ser y sólo hay una razón para aceptarlas: que las personas vivan mejor, o sea, con más libertad y más acceso a los bienes que deseen”.
Aunque Savater evita exponer con claridad su opinión sobre la “operación yanqui” en Venezuela, podría deducirse aplicando su noción general que está a favor, puesto que “los chavistas, como buenos gestores comunistoides, son increíblemente torpes y han arruinado al país sin por ello dejar de saquearlo”. Cuba, según esta vara de medir, podría ser el próximo candidato en la lista de Savater a ser intervenidos, aunque la ruina en estos países no quepa atribuirla exclusivamente a los torpes gestores ‘comunistoides’, sino al menos en parte a las sanciones y bloqueos impuestos por los yankis durante décadas para asfixiar a los regímenes díscolos en su patrio trasero.
“PUTTING AMERICA FIRST”
Solía decirse que Dios escribe recto con renglones torcidos para justificar el sufrimiento y la injusticia en el mundo: algunos laicos en España parecen haberle otorgado ese privilegio ahora al presidente Trump, un mentiroso y fabulador compulsivo, condenado por abusos sexuales (véase, Eileen J. Carroll v. Donald J. Trump), conspirador antidemocrático (véase, el informe del abogado especial Jack Smith sobre la toma del Capitolio) y felón convicto por un jurado popular (véase, The People of the State of New York against Donald J. Trump). ¿De veras creen que Trump habría detenido a Maduro si Venezuela no contara con unas reservas petrolíferas que multiplican por más de 6,7 las de Estados Unidos e importantes reservas de minerales preciosos y estratégicos y tierras raras? Por ello, algunos ingenuos vamos a seguir apostando por las reglas y la resolución civilizada de los conflictos e insistiendo en que el actual presidente de Estados Unidos, movido por un afán de rapiña insaciable, representa la mayor amenaza a la estabilidad y el bienestar del mundo desde el acceso de Hitler al poder en 1933.
No hace falta ser un completo ingenuo para sostener que ridiculizar y desacreditar a las instituciones creadas para intentar resolver los conflictos internacionales, bombardear instalaciones nucleares de otros países, imponer aranceles completamente arbitrarios para extraer ventajas en la mesa de negociación, violar las fronteras de otros países invocando el cumplimiento de las propias normas sobre narcotráfico, establecer unilateralmente sanciones para asfixiar a regímenes incómodos, destruir lanchas de supuestos narcotraficantes sin darles siquiera el alto, apresar petroleros en alta mar para apropiarse de su carga, u obligar a otros países a vender parte de su territorio invocando razones de seguridad nacional, no ayudan a las personas a vivir mejor, porque estas políticas ni hacen a las personas más libres ni este mundo más amable y seguro.





