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Bar Tomás: el valor de lo bien hecho

El Bar Tomás de Sarrià es una institución no por casualidad, sino por consistencia. Su éxito se basa en algo que parece sencillo pero es difícil de mantener: especialización y respeto al producto.

Gestión directa: Saben que si la patata no es buena o la salsa pica de más, el cliente no vuelve.

Inversión en calidad: Cada euro que entra se nota en el plato.

Pasión: Hay un orgullo detrás de ser «las mejores bravas de Barcelona». El negocio prospera porque hay una línea directa entre el esfuerzo del dueño y la satisfacción de quien se sienta a la mesa.

​En el otro extremo tienes a Rodalies. Aquí el problema no es la falta de usuarios (que los hay a millones y cautivos), sino una desconexión total entre la administración y la realidad. Falta de inversión estructural: Mientras el Bar Tomás cuida su «maquinaria», el Estado y Adif han permitido que la red ferroviaria se degrade. Se ha invertido muchísimo en el AVE (el escaparate brillante) mientras se dejaba morir el tren que usa la gente trabajadora cada día.

​Burocracia vs. Eficiencia: En un negocio privado, si algo se rompe, se arregla hoy porque si no, pierdes dinero. En la gestión pública de infraestructuras, la falta de presupuesto ejecutado y las promesas incumplidas se pierden en despachos, dejando a los usuarios tirados en un andén sin explicaciones.


​La diferencia es clara: el Bar Tomás sobrevive y triunfa porque cuida el detalle y entiende su propósito. Rodalies falla porque quienes deberían invertir —el Estado y Adif— parecen haber olvidado que su «producto» no son los trenes, sino el tiempo y la vida de las personas.

​Si Adif tratara cada vía con el mismo mimo con el que el Tomás prepara su salsa secreta, otro gallo nos cantaría en los trayectos de cada mañana.

María Riera
María Riera
Licenciada en Ciencias de la Información por la UCM.

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