De Peridis, nacido en 1941, sabemos todos que sus dibujos sobre la actualidad política siguen apareciendo a diario en “El país”. También resulta conocido que es Arquitecto, con título de la Escuela de Madrid desde 1969. Una doble faceta -dibujante y también arquitecto- que, dicho sea de paso, nos lleva a lo mejor y más acrisolado de esta última profesión, como, por cierto, nos acaba de recordar Salvador Moreno Peralta con su exposición en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en su sede de Málaga.
Igualmente es de dominio público que se trata de un hombre de la recia montaña palentina (aunque naciera al otro lado de la frontera cántabra, en Liébana, como Eduardo García de Enterría) y en particular de Aguilar de Campoo. Sin su enorme esfuerzo continuaría siendo “El Convento Caído” -con mayúscula las dos- el Monasterio de Santa María la Real, hoy recuperado y felizmente reconvertido en muchas cosas: un Instituto de Enseñanza, una Escuela de Idiomas, una dependencia de la UNED y la sede del Centro de Estudios del Románico. Lo que se dice un edificio aprovechado.
Por si faltara algo, nuestro personaje ha desarrollado una relación intensa con los libros, sea para escribirlos por sí mismo -sus novelas sobre los reyes y las reinas de Castilla, como Leonor Plantagenet, son divertidísimas- como para impulsarlas, como la monumental Enciclopedia del Románico en la Península Ibérica. Más aún: ha encontrado tiempo para proyectos sociales de la envergadura de las Escuelas-Taller y Casas de Oficio, que han desarrollado una importantísima labor en España y en otros países. Como también las que, para el fomento del empleo, él llama “Lanzaderas”. En suma, un currante. Con razón le dieron en 2006 la Medalla de Oro al mérito del trabajo.
Ahora ha escrito sus memorias, que llevan el expresivo título de “El tesoro del Convento Caído” y en las que nos descubre su faceta más personal: es persona con una excepcional sensibilidad artística y humana. Y nada sectario: para sus proyectos ha tenido que verse con políticos (y no sólo políticos) de todos los colores y siempre ha sabido entenderse con ellos y que le escucharan. De hecho, el texto termina afirmando, en página 403, que “este es un libro de agradecimientos, desde el principio hasta el final, porque todos los protagonistas se lo merecen y sobre todo los patrocinadores”. Ilustrativa resulta asimismo al inicio, la lista de personas a las que dedica el escrito. Algunas de ellas particularmente expresivas, como:
– <<A Selín que me enseñó que “Donde hay un Convento Caído puede haber un tesoro escondido”>>.
– <<A García Guinea que nos demostró que donde hay una tesis doctoral puede haber una enciclopedia del románico>>.
– <<A Valeriano Baillo y Felipe Gismera que demostraron que hasta una idea novedosa se puede canalizar mediante una orden ministerial>>.
Son, sí, los acreedores preferentes de Peridis: lo suyo es un acto de reconocimiento de deuda, que le honra, porque, en el fondo, han sido sólo piezas -indispensables, por supuesto- de un engranaje del que era José María quien ocupaba el lugar central. Un hombre, sí, lo que se dice infatigable, pese a los zarpazos familiares que le ha dado la vida y que él relata con delicadeza pero sin ocultar nada.
Ni que decir tiene que el libro es también el relato de (lo mejor de) una época, la España de los últimos setenta años, por poner una cifra convencional: ahí se retratan realidades hoy desdibujadas, como las Universidades como ascensor social -lo que tenía como contrapartida el abandono de las zonas rurales para buscar la prosperidad en las grandes capitales- o, hablando de algo ya sencillamente desaparecido, la ímproba tarea de las extintas Cajas de Ahorros en el mantenimiento del tejido cultural en los lugares menos favorecidos.
El libro es, en fin, un homenaje a Castilla y a los castellanos. A las figuras legendarias de Miguel Delibes y Alejandro Nieto (y Enrique Fuentes Quintana, también palentino, que aparece citado muchas veces y siempre para bien) hay que sumar al mismo Peridis. Ya no trabaja como Arquitecto pero sigue en activo, y con altísimo nivel, en otras facetas: como dibujante (a diario) y también, según acredita esta obra recién publicada, como escritor.
Un libro, con el subtítulo de “La novela de toda una vida”, no sólo interesante sino sencillamente delicioso, por el contenido y más aún por el tono con el que está escrito. El autor es, sí, un gigante, dicho sea por si acaso, y a estas alturas, alguien lo ignoraba.





