La desinversión tiene un precio. Barcelona está viviendo una de colapso total. Las principales arterias de entrada y salida —Gran Via, Meridiana, Diagonal y las rondas— han registrado largas retenciones y velocidades mínimas durante horas, en un atasco que no responde únicamente al tráfico habitual de hora punta. La ciudad ha coincidido hoy con dos factores atípicos que han tensionado al límite la movilidad: una manifestación motorizada del sector agrario y nuevas incidencias en la red ferroviaria de cercanías.
Por un lado, varias columnas de tractores y vehículos particulares convocadas por Revolta Pagesa han entrado en la capital para protestar. Su avance lento y la ocupación parcial de carriles han reducido drásticamente la capacidad de circulación en accesos clave, generando embudos que se han propagado al conjunto de la ciudad. En avenidas amplias como Gran Via o Meridiana, el efecto ha sido inmediato: retenciones kilométricas, desvíos improvisados y trayectos incrementados en horas.
Al mismo tiempo, el servicio de Renfe ha vuelto a sufrir retrasos y cancelaciones, en un caos sistematizado que no parece tener un final próximo. Ante la falta de confianza de la red, miles de usuarios optan por el coche o la moto como alternativa, lo que multiplica el volumen de vehículos en circulación.
El resultado en Barcelona ha sido contundente: muchos más coches de lo normal, menos capacidad viaria y varios puntos críticos bloqueados por la protesta. Taxis, autobuses y servicios de reparto han quedado atrapados en la misma marea, elevando tiempos de trayecto muy por encima de lo habitual.





