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Estos son todos los candidatos a la presidencia del FC Barcelona

El Barça vuelve a someterse al veredicto de sus socios en unas elecciones presidenciales. Los comicios se perfilan como un duelo entre continuidad y cambio con varias candidaturas intermedias tratando de abrirse paso. Con la convocatoria ya activada y el proceso de recogida de avales en marcha —un filtro que históricamente deja fuera a aspirantes sin estructura real— el mapa electoral combina un favorito claro, un rival consolidado y una serie de outsiders con discursos de nicho pero potencial capacidad de condicionar el resultado.

El gran protagonista vuelve a ser, por supuesto, Joan Laporta, que se presenta a la reelección tras un mandato marcado por la estabilización institucional y la reconstrucción financiera posterior a la crisis heredada.

Su programa apuesta por la continuidad casi total: mantener la actual estructura deportiva y equipo, consolidar el proyecto del nuevo estadio y aumentar ingresos ordinarios sin aventuras societarias que alteren el modelo de propiedad. Laporta vende experiencia, contactos internacionales y liderazgo fuerte en momentos delicados. Juega con ventaja: controla el aparato del club y cuenta con el peso del precedente electoral. En 2021 ganó, superando el 54% de los votos, una distancia que evidenció que, cuando el socio percibe estabilidad, suele optar por lo conocido. Su talón de Aquiles sigue siendo la crítica por el estilo personalista de gestión y por la ingeniería financiera aplicada estos años, que le ha valido al club más de un disgusto, ha arqueado muchas cejas y la oposición lo explota como símbolo de opacidad.

Frente a él, el único aspirante con trayectoria y base electoral real es Víctor Font. Ya fue el principal rival de Laporta en las últimas elecciones, donde rozó el 30% de apoyo, lo que le otorga un suelo de votos nada desdeñable. Su programa gira alrededor de la profesionalización: menos presidencialismo, más estructura ejecutiva, dirección deportiva técnica y un organigrama empresarial. Propone «separar gestión y carisma», y promete transparencia presupuestaria y planificación a largo plazo, siendo ambos puntos la principal diferencia respecto Laporta. Mantendría la apuesta deportiva, pero con cambios en los responsables del área futbolística. Su problema para ganar es la aritmética: necesita concentrar todo el voto anti-Laporta y evitar que las candidaturas menores le resten fuerza.

Su idea se plantea así: transformar el FC Barcelona de un «modelo presidencialista» y muy dependiente de decisiones personales a «una estructura profesionalizada y estable», más parecida a la de una gran empresa. En lo deportivo, mantendría al actual entrenador, pero ha dejado claro que no continuaría con Deco al frente de la dirección deportiva, sustituyéndolo por un equipo técnico independiente para evitar improvisaciones en fichajes y renovaciones. En el plano ejecutivo, propone reforzar la figura de un director general con plenos poderes de gestión diaria, crear áreas de cumplimiento normativo y auditoría interna más fuertes y rodearse de perfiles económicos y financieros. Su apuesta pasa por ordenar la “sala de máquinas” del club, ganar transparencia y reducir el peso del liderazgo personal.

Ahí entran los outsiders. Marc Ciria se presenta como el gestor “corporativo”. Su mensaje apela al socio que quiere un Barça tratado como multinacional del deporte: control financiero estricto, crecimiento internacional de marca y equipos directivos profesionales ajenos a luchas políticas. Es una candidatura más tecnocrática que emocional. Su principal desafío es logístico: reunir avales y convertir un discurso empresarial en conexión real con el votante medio.

Por su parte, Xavier Vilajoana intenta ocupar el espacio identitario. Defiende el retorno a la cantera como eje, protección de las secciones históricas y aumento de ingresos sin vender patrimonio ni activos estratégicos. Representa el “barcelonismo clásico”, más sentimental que financiero. Sin embargo, arrastra un precedente complicado: en el último intento no logró las firmas necesarias para ser candidato oficial. Si esta vez supera el corte, puede captar al socio nostálgico y restar votos tanto a Laporta como a Font.

Más difusa es la figura de Joan Camprubí, vinculado al movimiento Som un Clam. Su propuesta funciona más como plataforma de presión que como candidatura estructurada. Reclama regeneración democrática, mayor peso del socio y una lista unitaria que agrupe a toda la oposición. Su papel puede ser decisivo si se integra con otro proyecto, pero en solitario tiene difícil convertirse en alternativa real.

En conjunto, el escenario es claro: Laporta parte como favorito por experiencia y por memoria electoral; Font es la única alternativa con números para disputarle el cargo; Ciria y Vilajoana compiten por el voto de gestión o identidad, respectivamente; y Camprubí actúa como catalizador de descontentos. La campaña, se intuye, no se decidirá solo en programas, sino en sensaciones: si el socio percibe estabilidad deportiva y económica, el continuismo se impondrá; si cala la idea de cambio estructural, la elección puede estrecharse. De momento, la balanza se inclina hacia el presidente Laporta. Pero en el Camp Nou nada está cerrado hasta el último voto.

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