Aficionados catalanes en la grada de Bormio, antes de que la seguridad retirara banderas y pancartas con simbología catalana.
La jornada que debía ser solo deportiva acabó convertida en un caso político. En plena prueba de esquí de montaña (skimo) de los Juegos de Invierno de Milán-Cortina 2026, la seguridad retiró de la grada banderas catalanas, incluidas senyeres y estelades, según explicó Esport3. Ocurrió mientras competían Oriol Cardona, Ot Ferrer y Maria Costa, con familiares y seguidores desplazados a Bormio.
La escena, relatada por Esport3, fue directa: agentes de seguridad se acercaron a los aficionados y pidieron que entregaran “todas” las banderas. Hubo resistencia en la grada y gritos de “Lasciala” (“déjala”), pero al final las banderas fueron requisadas. La explicación que se trasladó a los presentes fue la habitual del Comité Olímpico Internacional: se considera “propaganda política” y, por tanto, está prohibida.
El momento ha corrido como la pólvora en redes. Esport3 lo resumió así en X y enlazó la información completa:
La polémica no llega en un día cualquiera. El skimo debutaba como disciplina olímpica en 2026 y ese mismo jueves España celebró un oro histórico en la prueba masculina, con Cardona como protagonista, lo que multiplicó la visibilidad del incidente en la grada.
El punto de choque está en la norma y en su interpretación. La Carta Olímpica prohíbe manifestaciones o propaganda política, religiosa o racial en sedes olímpicas (la conocida Regla 50), una cláusula que el COI utiliza como base para intervenir cuando entiende que un símbolo traslada un mensaje político.
La pregunta que deja el episodio de Bormio es por qué una senyera —bandera institucional— acaba tratada como “política” al mismo nivel que una estelada, y quién decide dónde está la línea. Para los aficionados, era apoyo identitario a deportistas de casa. Para la organización, es un criterio de neutralidad y prevención: si se abre la puerta a símbolos no reconocidos como bandera nacional del equipo, se abre también la puerta al conflicto. Esa tensión es la que convierte la “neutralidad” en una decisión política por sí misma.





