Esta semana Felipe González confirmaba su descontento con la dirección actual del PSOE, el partido que él y Alfonso Guerra refundaron junto a otros socialistas en Suresnes en octubre de 1974 y que con la ayuda del SPD alemán fueron reconvirtiendo en un tiempo récord en una organización socialdemócrata alineada con sus homólogas europeas. González abandonó el cargo de secretario general por el rechazo que cosechó su propuesta de abandonar el posicionamiento ideológico del PSOE como organización marxista en el XXVIII Congreso celebrado en mayo de 1979, y solo volvió a ocupar la secretaría general cuando los delegados del Congreso Extraordinario, celebrado en septiembre de ese mismo año, aceptaron la propuesta que había provocado su renuncia al cargo. Fue también en el XXVIII Congreso cuando el PSOE decidió abandonar su posición tradicional en favor de la autodeterminación de los territorios históricos, retrasando sine die el establecimiento de un modelo federal y apostando por el desarrollo de un modelo autonómico en pie de igualdad, a veces llamado ‘café para todos’, para vertebrar territorialmente a España.
Felipe daría algún disgusto más a sus ‘compañeros’ de partido y medios de comunicación progresistas tras la apabullante victoria en las elecciones generales celebradas en octubre de 1982. Una vez llegado al gobierno, González se encontró con un hecho consumado: su antecesor en el cargo, el presidente Calvo-Sotelo, había incorporado al Reino de España en la estructura de la OTAN el 30 de mayo de 1982, una decisión con la que el PSOE, entonces principal partido de la oposición, había mostrado recelos y discrepancias. Los más mayores recuerdan la masiva campaña publicitaria puesta en marcha por el PSOE y el ambiguo eslogan que la resumía: “OTAN de entrada no”. De entrada, el ya presidente González paralizó la integración de España en la estructura militar de la Organización Atlántica y en el discurso sobre el Estado de la Nación de 1984 expuso el Decálogo de Paz y Seguridad que establecía dos compromisos sobre la permanencia de España en la OTAN: la participación de España en la Alianza no conllevaría su incorporación a la estructura militar integrada y se mantendría la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en el territorio español.
La participación de España en la Alianza no conllevaría su incorporación a la estructura militar integrada
Conviene recordar que en aquellos momentos en que el mundo estaba todavía inmerso en la Guerra Fría, la mayoría de países nórdicos mantenían posiciones de calculada neutralidad y España podía haber seguido su estela y haberse sumado a la lista de países europeos no alineados. En España, la mayoría de la población era partidaria de mantenerse neutral. A pesar de ello, el XXX Congreso del PSOE votó a favor de la resolución de la integración de España en la alianza militar de la OTAN, con la salvedad de la corriente Izquierda Socialista. Hay que reconocer, no obstante, que González volvió a jugarse su pellejo político al convocar a los españoles a participar en un referéndum celebrado el 12 de marzo de 1986 para que fueran los ciudadanos quienes avalaran o no los términos ya expuestos en el Decálogo de Paz y Seguridad. La participación ciudadana fue muy baja (59,42 %), 9.054.909 ciudadanos dijeron Sí, 6.871.421 dijimos no y 1.127.623 votaron en blanco.
Muchos ciudadanos, nada sospechosos de connivencia con el Kremlin, considerábamos innecesario y peligroso incorporar a nuestro país a una estructura militar que, como se demostraría tras la desaparición del Pacto de Varsovia y la desmembración de la Unión Soviética en 1991, inició un proceso de ampliación hacia el Este (contraviniendo las promesas hechas al presidente Gorbachov por los líderes de Estados Unidos y Europa Occidental) con un propósito evidente: aprovechar la debilidad de la nueva Rusia para cercarla y desestabilizarla. Pero el hecho destacable es que el presidente González no se limitó a engañar a quienes le habían votado en octubre de 1982, confiados en que se opondría a la entrada de España en la OTAN, sino que convocó un referéndum para dar voz a la ciudadanía. Y resulta resaltable su forma de asumir la responsabilidad política porque los principales dirigentes del PSOE de Sánchez han convertido en práctica habitual engañar a quienes los eligen y aún se atreven a ironizar y desprestigiar sobre la figura más importante y consecuente que ha dirigido su organización.
¿En qué pecados ha incurrido el expresidente González al decir que no votará al PSOE si el candidato en las próximas elecciones generales es Sánchez? ¿Acaso no es lícito y pertinente mostrar su desacuerdo con unos pactos con Podemos y Sumar, la ultraizquierda revanchista, que el propio Sánchez había prometido a sus votantes no haría nunca? ¿Cómo iba a tragarse una ley de amnistía negociada con un prófugo de la justicia que borra los delitos de los líderes independentistas que organizaron y financiaron la consulta del 1 de octubre, votaron en el Parlamento la resolución que declaraba constituida una república independiente en Cataluña, y acabaron siendo condenados por el Tribunal Supremo a penas de cárcel e inhabilitación?
¿Cómo iba a tragarse una ley de amnistía negociada con un prófugo de la justifica que borra los delitos de los líderes independentistas?
La descomposición del PSOE como organización, la corrupción moral y política de sus líderes actuales, ha alcanzado tal dimensión que resulta comprensible que por mucho que uno sea el refundador y el rostro más reconocible del partido socialista marque distancias para no verse envuelto por el hedor que exhala su cúpula actual. Una persona con un mínimo de dignidad no puede aplaudir que el fiscal general del Estado filtre datos de un contribuyente y haga desaparecer todos los mensajes en sus móviles y ordenadores para ocultar las conversaciones incriminatorias. Ni soportar el bochorno de ver al secretario general del partido reunirse en el Congreso con una dirigente de EH Bildu (Aizpurua) condenada por terrorismo y pactar su propia investidura, la aprobación de los PGE y los repartos de puestos en la Comunidad de Navarra con un condenado por terrorismo (Otegui), a cambio de ir poniendo en la calle a los 200 terroristas que cumplían todavía condenas por sus crímenes abyectos. Ni contemplar sin inmutarse como los compañeros del Peugeot de Sánchez, dos de ellos sus secretarios de organización y mano derecha en el partido durante una década, hayan pasado por la cárcel y estén a la espera de ser juzgados por una ristra de delitos que se engrosa cada día que pasa. Los mensajes conocidos en los últimos días sobre cómo llegó Sánchez a hacerse con la secretaría general del partido aumentan, más si cabe, el bochorno.
Al manifestar su decisión de no votar al PSOE si Sánchez es el candidato, González está marcando diferencias con los menesterosos ganapanes y estómagos agradecidos que se sientan en la mesa del Consejo de Ministros, los escaños del Congreso y la sede de Ferraz. Todos ellos se han apresurado a descalificar y ningunear las declaraciones del expresidente tal vez porque no soportan ver sus rostros deformes reflejados en el espejo de la indignidad. El chulapón y actual N.º 1 del partido y de las tramas de corrupción le ha respondido que tendrá que esperar sentado para volver a votar al PSOE porque tiene intención de ser el candidato en las próximas elecciones. Vista la deriva del PSOE de Sánchez, algunos ciudadanos decidimos hace bastante tiempo no sólo abstenernos de votar al PSOE de Sánchez y al PSC de Illa y predecesores, sino votar a otros partidos, no tanto por comulgar con su liderazgo y sus programas como por pura higiene democrática.





