Discurso integro de Rubio en Atenas, defendiendo la civilización occidental

"Enseñamos a nuestros hijos a avergonzarse de nuestros países"

Marco Rubio
Marco Rubio

Discurso del secretario de Estado Marco Rubio en el Pnyx, Atenas, el 7 de octubre de 2026. Texto oficial del Departamento de Estado. Traducción completa:

SECRETARIO RUBIO: Hay grandes ruinas por todo el mundo. En muchos casos son lugares donde la historia parece haberse agotado: restos de culturas lejanas que hace mucho dejaron de formar parte de la memoria viva.

Pero la Acrópolis es distinta.

Durante miles de años, la civilización que levantó lo que se alza detrás de mí ha cautivado la imaginación del mundo occidental. Generaciones de nuestros estadistas, artistas y filósofos han mirado hacia ella, con asombro y con reverencia.

El tiempo tiende a embotar los sentidos: las grandes victorias y las derrotas catastróficas acaban reduciéndose a una nota a pie de página en un libro de texto, un dato más que los escolares memorizan y olvidan. Pero los griegos de la Antigüedad parecen ejercer un dominio casi místico sobre nuestra memoria. Nos llaman de vuelta, una y otra vez.

En el año 480 antes de Cristo, los ejércitos de Jerjes llegaron a esta ciudad y prendieron fuego a sus santuarios. La mayoría de los atenienses ya se había evacuado por mar a una isla cercana. Pero un puñado se negó a abandonar su hogar. Se atrincheraron en la fortaleza rocosa de la Acrópolis para librar una última resistencia extraordinaria, lanzando enormes piedras por los acantilados contra los invasores persas y conteniendo durante días al mayor imperio de la época. Al final fueron arrollados. Los persas saquearon los templos, quemaron los santuarios y arrasaron la Acrópolis hasta los cimientos. Pero cuando los atenienses regresaron, recogieron los restos rotos de la antigua Acrópolis y los enterraron en la colina donde había estado. Décadas después, bajo Pericles, levantaron el Partenón.

Durante veinticinco siglos, el Partenón ha permanecido en pie. Imperios han nacido y caído a su sombra. Y la descendencia de los hombres que lo construyeron —los hijos de Atenas y de Roma— ha llevado su civilización hasta los confines de la Tierra.

Dos siglos y medio después de la fundación de la república americana, al otro lado del mundo de donde estoy ahora, comparezco hoy como secretario de Estado de esa república, y como bisnieto de colonos que llegaron al Nuevo Mundo desde España, para dar testimonio de una deuda que ningún paso del tiempo ni ninguna distancia puede extinguir.

La historia de América, la historia de mi país, está cubierta de las huellas de la Antigüedad. Grecia está literalmente tallada en la arquitectura de nuestro Gobierno: en las columnas imponentes, en las cúpulas y en los monumentos de nuestra capital. La ciudad donde nació nuestra Constitución, Filadelfia, lleva ella misma un nombre griego.

Los hombres que fundaron mi país estaban fascinados por la herencia que recibimos de la vuestra. Eran excepcionalmente leídos en historia y eran vivamente conscientes de su lugar único en ella, pero ninguna otra época del pasado captó tanto su atención ni su imaginación como la Antigüedad. Muchos se sorprenden al saber que el autor más citado en los Federalist Papers no fue un filósofo de la Ilustración ni un teórico político. El autor más citado fue Plutarco, el biógrafo griego de los grandes hombres de Grecia y de Roma.

Se ha escrito y dicho mucho sobre la influencia de la Grecia antigua en las ideas de los fundadores americanos y, por extensión, en todos los filósofos y estadistas occidentales que los precedieron. La mayoría conoce la historia básica. Atenas nos dio la democracia. Platón y Aristóteles nos dieron la filosofía occidental. Nuestras ideas de la ley, de la virtud, de la ciudadanía y del gobierno republicano se formaron en las ciudades-estado griegas. Incluso gran parte de nuestro vocabulario político —palabras como democracia, tiranía, la propia palabra “política”— nació aquí.

Todo eso es cierto. Pero lo que debemos a este lugar —como americanos y como occidentales— es en realidad mucho más profundo. Esas instituciones e ideas fueron la expresión exterior de cualidades más fundamentales que vemos en los antiguos griegos, cualidades que no pueden reducirse a ningún sistema o teoría política en particular.

Aquí, en Atenas, encontramos la primera realización plena de todos los rasgos esenciales que acabarían definiendo a Occidente: una individualidad feroz y una ambición implacable; la exploración y la invención audaces; el ansia de descubrimiento, de aventura, de riesgo y de gloria. Una curiosidad insaciable por el mundo y por los principios que lo rigen, el hambre de conocer los misterios de la naturaleza y de aprehender los secretos del cosmos. La impaciencia ante la idea de lo imposible, el roce contra todos los límites y fronteras, el esfuerzo por asomarse a las profundidades de lo desconocido.

No eran meras fórmulas o preceptos de una escuela filosófica. Eran el carácter de un pueblo, expresado en sus tradiciones, sus relatos, su imaginación; en las cualidades que exigían a sus ciudadanos; en aquello por lo que vivieron, lucharon y murieron.

Conocerlos es conocernos a nosotros mismos.

Lo que floreció aquí fue el deseo occidental de descubrir todo lo que la ignorancia, la oscuridad y la distancia habían mantenido oculto a la mente del hombre. Los griegos no solo dieron forma a la historia: nos dieron la historia misma. Gran parte de lo que sabemos de muchas civilizaciones antiguas procede casi por entero de los registros de exploradores e historiadores griegos, que no se limitaron a narrar la historia de su propio pueblo, sino que salieron al exterior para observar y registrar las sagas de pueblos y culturas extranjeros por todo el mundo.

Donde otros miraban hacia dentro, los griegos fueron los primeros en dirigir la mirada hacia fuera, en perseguir la emoción y la gloria de ver todo lo extraño y lo nuevo. Fue ese rasgo el que empujó a Occidente a crear y construir lo que otros no pudieron, y el que nos distinguió de tantas otras culturas y civilizaciones en las que la estabilidad y la subsistencia eran los fines más altos de la vida.

Pero no heredamos de los griegos solo la ambición de explorar lo desconocido, sino la convicción de que lo desconocido puede ser conocido. La confianza de que el mundo puede cartografiarse, medirse, mapearse y comprenderse, y de que hay un orden racional en el cosmos, regido por ciertas leyes fundamentales que los hombres pueden observar y la mente puede llegar a entender.

Esa fue la base de la mente occidental: nuestras matemáticas, nuestra ciencia, nuestra medicina. Nuestra filosofía, nuestra ética y nuestra religión. Preparó el terreno para que el evangelio de Jesucristo encontrara suelo fértil en Europa y floreciera en el imperio de la cristiandad. Fue el fundamento de las riquezas de la teología cristiana: de Agustín y Tomás de Aquino y de toda la tradición del derecho natural.

Dio origen a una civilización marcada no solo por una cultura común, sino por una antropología común: una visión compartida del hombre y de su lugar en el universo. Sus descendientes compartirían no solo la idea de un orden natural, sino una comprensión distintiva de la virtud; del destino y de la fatalidad; de la verdad, el bien y la belleza; de un código que dicta cómo deben vivir los hombres; de criterios e ideales objetivos hacia los que esforzarse.

Para los griegos de la Antigüedad, la búsqueda de la excelencia era el principio mismo de la existencia del hombre. Organizaron toda la vida cívica en torno a la contienda, la ambición y la competencia: en la filosofía y la poesía, en la escultura y el drama, en el atletismo y el arte, en la guerra y el arte de gobernar. La ciudad griega clásica era un escenario donde los grandes hombres se ponían a prueba, afinaban su potencial mediante la lucha perpetua, para ser los mejores, los más fuertes, los más bellos, esforzándose por acercarse un poco más a la perfección.

Sé que, a oídos modernos, esta forma de vida puede sonar extraña; incluso cruel. El ideal de muchas ideologías de nuestro tiempo se ha convertido, francamente, en un mundo de seguridad perfecta, sin riesgo ni fracaso, sin la gloria de la victoria ni la vergüenza de la derrota. Con demasiada frecuencia construimos hacia abajo. Diseñamos nuestros criterios para que nadie pierda; nos preocupamos más por la comodidad de los peores que por el potencial de los mejores. Tomamos como rehén lo más excepcional entre nosotros en favor de lo medio, lo ordinario, lo mediocre.

Los hombres que hicieron el Partenón construían hacia arriba. Sostenían que la aspiración más alta y noble de la vida era superar a todos los demás, esforzarse por ser el mejor en todas las cosas. Las ciudades-estado griegas estaban llenas de pasión intensa, rivalidad, facción y conflicto. Pero de esa lucha constante por la distinción surgió el gran florecimiento de arte, filosofía y energía política e intelectual que transformó un conjunto de ciudades mediterráneas en la cuna de la mayor civilización del mundo.

El thymos, como lo llamaban los antiguos griegos —el fuego de la pasión, la fuerza, el valor, el orgullo—, es el corazón de una gran civilización. Y sin él, las naciones pierden la voluntad de luchar, la voluntad de esforzarse, la voluntad de sobrevivir.

Hoy, una parte demasiado grande de Occidente ha olvidado esa cualidad. Con el tiempo, en Occidente llegamos a avergonzarnos de las mismas cosas que nos hacían excepcionales. Nos avergonzaba que nuestros logros nos distinguieran del resto del mundo. Nuestra prosperidad se convirtió, de algún modo, en fuente de culpa. Dejamos de creer que merecíamos y habíamos ganado nuestra grandeza.

La palabra “nacionalismo” se convirtió en una palabra sucia. Y así derribamos nuestros monumentos; condenamos nuestra propia historia. Y en demasiados lugares enseñamos a nuestros hijos a avergonzarse de los países que heredarían. En ese proceso abrimos nuestras fronteras, externalizamos nuestra industria y permitimos que nuestros ejércitos se marchitaran y se deterioraran.

Y con cada año que pasaba parecíamos ceder más de nuestra soberanía, transfiriendo nuestras decisiones a burocracias globales muy fuera del alcance de nuestro control.

Pero otros estaban encantados de llenar el vacío que dejamos, el vacío dejado por nuestra debilidad. Y a medida que flaqueaba la confianza de Occidente, sus adversarios y rivales solo se volvían más asertivos, acumulando su propia riqueza y su propio poder en nuestro lugar.

Y ahora nos encontramos en una encrucijada. Porque la próxima década y las decisiones que tomemos escribirán la historia del próximo siglo. El rumbo que elijamos determinará si Occidente mantiene su lugar a la cabeza del mundo o se resigna a un futuro de atrofia, servidumbre y declive. O elegimos actuar ahora, o perderemos la posibilidad misma de elegir.

Bajo el presidente Trump, Estados Unidos ha tomado su decisión. Elegimos la búsqueda sin disculpas del poder nacional: recuperar el control de nuestras cadenas de suministro críticas, reindustrializar nuestra economía, reconstruir nuestra defensa, luchar por el dominio de las tecnologías y las industrias del futuro.

Elegimos alcanzar nuevas fronteras: en la manufactura avanzada y la superinteligencia; en drones, armas y guerra; en chips, minerales, ciberespacio y todos los demás ámbitos de la posibilidad humana. Liberar nuestra energía, reconstruir nuestras fábricas, devolver a nuestros astronautas a la Luna y abrir una nueva era de exploración espacial.

Pese a todos sus ideales elevados, los antiguos griegos no eran ingenuos. Entendían que las naciones tienen intereses. Entendían que el arte de gobernar exige prudencia y diplomacia, pero también entendían que exige la capacidad de emplear la fuerza cuando la prudencia y la diplomacia fallan. Entendían que el poder no requiere solo disponer de los medios para defenderse, sino la credibilidad de que se está dispuesto a usarlos.

Esta es la concepción clásica de la política y del arte de gobernar que la Administración Trump espera recuperar, no solo para nuestro país, sino para el conjunto de nuestra civilización.

Creemos que Europa puede despertar de su largo letargo y reavivar el fuego que se encendió aquí hace milenios.

Ya hay señales.

En este continente estamos viendo lo que esperamos que sean los inicios de un cambio generacional: un gasto en defensa que se dispara, una oleada de nuevas asociaciones y programas, una expansión de la manufactura y la producción, a raíz de los compromisos históricos de defensa asumidos el año pasado en La Haya.

Grecia ha estado en el centro de ese cambio. El pueblo de esta nación ha demostrado una vez más ser un amigo indispensable tanto de Europa como de Estados Unidos, en todo, desde la energía hasta la migración y la defensa, donde Grecia ha sido un aliado modelo.

Y es nuestra más sincera esperanza que toda Europa siga vuestro ejemplo.

Aunque las pasiones hayan tensado a veces los lazos de afecto entre Estados Unidos y Europa, no debe permitirse que los rompan. Juntos debemos fortalecer una alianza capaz de afrontar las amenazas de nuestra época.

Y podemos. Porque no creemos que la amistad transatlántica deba ser un juego de suma cero. Al contrario: nuestra visión es la de una alianza cuya fuerza sea mayor que la suma de sus partes. Es una visión que vimos en acción el mes pasado, en un acuerdo sin precedentes entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia, un acuerdo que remodelará el Ártico y reforzará la seguridad de toda la OTAN. Los tres socios salieron victoriosos. Toda Europa, la OTAN y Estados Unidos salieron más seguros, más fuertes y más protegidos gracias a él.

Queremos ganar juntos. Debemos ganar juntos.

Se ha puesto de moda creer que una política exterior ilustrada consiste en anteponer la comunidad global al propio pueblo. Y creo que también aquí tenemos mucho que aprender de los hombres de la Grecia antigua, porque sabían que no hay nada egoísta ni incorrecto en la lealtad a la propia nación, ni nada egoísta ni incorrecto en luchar para defender sus intereses por encima de todo lo demás.

Creían —con fiereza— en el ideal del gran hombre: el individuo excepcional que alcanza la inmortalidad por sus propios hechos. Pero creían que la gloria y la fama se ganaban esforzándose, sacrificándose y logrando grandes cosas por algo más grande que uno mismo. El héroe recurrente del mundo griego antiguo era el hombre dispuesto a pagar cualquier precio por una causa digna de su lealtad.

Lo vemos en Sócrates, que se negó a abandonar la indagación de la verdad incluso a costa de su propia vida. Lo vemos en la resistencia legendaria de los 300 espartanos —rodeados y desesperadamente superados en número por los vastos ejércitos de Persia—, que rechazaron la oportunidad de salvarse y eligieron luchar hasta el último hombre antes que abandonar su puesto o su deber. Y lo vemos en el mito épico de Aquiles, a quien se ofrece la opción de volver a casa y vivir una vida larga y pacífica, pero que elige permanecer en Troya y perecer en busca de la gloria eterna.

Estas son las cualidades que darían forma a la imaginación moral de Occidente. Del mártir cristiano que se negó a traicionar su fe al patriota que dio la vida por su país; de santo Tomás Moro a la batalla de El Álamo, hasta las palabras inmortales con las que cierra la Declaración de Independencia de Estados Unidos: “Nos comprometemos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor”.

Es de los griegos de donde Occidente heredó su sentido del deber: una lealtad inquebrantable al propio código, a la propia causa, al propio país. Nuestros héroes, los héroes de Occidente, son quienes eligen permanecer fieles a su deber precisamente cuando es más difícil y doloroso hacerlo: el hombre atado por su palabra, el soldado que no abandona su puesto, el capitán, el proverbial capitán, que se hunde con su barco.

Esto es por completo distinto de lo que vemos, incluso ahora, por ejemplo en fanáticos como los mulás radicales de Irán, cuyo culto a la muerte celebra a los niños suicidas como héroes nacionales y presenta el martirio como un fin en sí mismo.

Nuestros héroes pueden estar dispuestos a morir por su causa, pero no adoran la muerte. Es precisamente porque valoramos la vida que reconocemos el heroísmo en quienes preferirían sacrificarla antes que traicionar sus principios. Damos por sentada la concepción occidental de estas cosas —heroísmo, honor, deber—. Suponemos que de algún modo son universales a todos los pueblos, en todos los tiempos y en todos los lugares. No lo son. Son el producto de un carácter distinto, un carácter que surgió aquí y dio forma a toda la historia de la civilización que vino después. Una civilización que hoy debemos luchar por defender con la misma pasión que nuestros antepasados.

A los hombres que construyeron el Partenón les sucedieron los arquitectos de la cristiandad europea, que levantaron las catedrales de Milán, Colonia y Florencia. La búsqueda de la perfección de la forma humana que movió a los escultores griegos encontró una nueva expresión en Miguel Ángel. La indagación de los filósofos griegos sobre la estructura del universo fue heredada por Copérnico, y luego por Galileo, Kepler y Newton.

El hambre de nuevo conocimiento es lo que dio origen a la primera expedición de Magallanes alrededor del mundo, al descubrimiento de las Américas por Colón y, en última instancia, al viaje del Apolo 11 a la Luna. Y las cualidades que llevaron a Alejandro a conquistar todo el mundo conocido reaparecieron en César, luego en Carlomagno y en Cortés.

Y en América esa misma tradición se redescubrió de nuevo. Una tierra abierta y salvaje se convirtió en el escenario de un gran renacer de la imaginación y la ambición occidentales. La aspiración griega a nuevos horizontes se convirtió en el espíritu de frontera americano. La civilización de Atenas y Roma transformó una joven república costera en un imperio continental.

Los más grandes americanos de cada generación han llevado los rasgos inconfundibles de sus antepasados: nacidos en Atenas, formados por Roma, bautizados en la cristiandad, templados en el horno de la Europa medieval, dotados del genio inglés para la libertad y luego llevados al otro lado del Atlántico para renacer en las costas de un mundo nuevo.

Juntos debemos redescubrir ahora ese espíritu. Estamos en un punto de inflexión, un punto de inflexión no solo en la historia de mi nación, sino en el conjunto de nuestra civilización.

Las amenazas que enfrentamos hoy son tan reales como lo fueron en el escenario dramático de la Antigüedad.

Los intereses nacionales no desaparecieron ante las instituciones internacionales. La guerra no desapareció solo porque prefiriéramos la paz. Otros Estados siguieron armándose, buscando influencia, compitiendo por territorio, tecnología, recursos, mercados, energía y poder.

Y ahora hay guerra de nuevo. Hay de nuevo competencia entre grandes potencias. Hay de nuevo vulnerabilidad, agresión, terrorismo, todo un universo de nuevas amenazas y ataques.

Por eso debemos reconstruir nuestras instituciones y nuestras alianzas para afrontar juntas estas amenazas, entendiendo que su propósito no es abolir la soberanía de las naciones que las componen, sino defenderla. Y que las naciones no necesitan abandonar sus identidades distintas para reconocer sus intereses comunes.

Hemos construido un modelo de eso con nuestros socios aquí en Grecia. En nuestras asociaciones de defensa, en energía y tecnología, en nuestra ambición compartida de asegurar las fronteras de Europa frente a las amenazas de la migración masiva.

Nuestra amistad se remonta a los primeros años de mi nación. Cuando Grecia se levantó en 1821 para recuperar su independencia tras siglos de dominio otomano, los americanos reconocieron algo familiar en esa lucha. Tres años después, el gran estadista americano Daniel Webster pronunció un célebre discurso ante el Congreso, ayudando a llevar la causa de la Revolución griega ante los representantes de la joven república americana.

Y comenzó llamando su atención sobre todo lo que los rodeaba. Esto es lo que dijo: “Esta forma libre de gobierno, esta asamblea popular… esta práctica del debate libre y la discusión pública, el enfrentamiento de mente con mente… incluso el edificio en el que nos reunimos, estas columnas proporcionadas, esta arquitectura ornamentada, todo nos recuerda que Grecia ha existido y que nosotros, como el resto de la humanidad, somos en gran medida sus deudores”.

Esas palabras son hoy tan ciertas como cuando las pronunció. Y todos nosotros —no solo los americanos, sino los europeos y nuestros amigos en todo Occidente— debemos reaprender las lecciones que nuestros antepasados extrajeron de este lugar y de su historia.

La historia de Grecia no nos ofrece solo un atisbo de nuestras instituciones en sus formas más tempranas. La historia de Grecia nos muestra una imagen de nosotros mismos.

Nos muestra que la nuestra es la herencia de grandes héroes, y que debemos estar orgullosos —intensamente orgullosos— de dónde venimos. Debemos maravillarnos de lo que nuestros antepasados tallaron en este paisaje. La historia de nuestra civilización es la mayor historia jamás conocida por el hombre. Y comenzó aquí, con los primeros hombres y mujeres de Occidente. De ellos —de ellos— podemos redescubrir las virtudes, el valor y la fuerza para afrontar los peligros de nuestro tiempo.

Gracias.

(Aplausos.)

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