ENTREVISTA | Aurora Nacarino-Brabo: «El orden constitucional es lo más valioso que poseemos los que no somos ricos»

La columnista de ‘El Español’ critica la guerra cultural porque impide forjar un relato compartido

La columnista de 'El Español', Aurora Nacarino-Brabo.

Periodista y politóloga, Aurora Nacarino-Brabo (Madrid, 1987) fue diputada por Ciudadanos y actualmente es columnista en cabeceras como Letras Libres y, desde el mes pasado, El Español. Ha participado en libros como El porqué de los populismos (2017)  o Anatomia del procés (2018), y coordinado La España de Abel (2018) un alegato colectivo contra el cainismo que, desafortunadamente, no ha perdido un ápice de su vigencia. Aquí, Nacarino-Brabo reflexiona sobre la polarización reinante, pero también sobre el estado de alarma, el acoso a los castellanohablantes en Cataluña o la cultura de la cancelación.

Pedro Sánchez ha aprobado un estado de alarma para toda España que pretende que dure hasta mayo. ¿Le parece una medida justificada?

Yo no soy nadie para evaluar si una medida para frenar una pandemia es equivocada o no, pero creo que hay dos consideraciones relevantes. La primera: que es una decisión política. Esto es importante. Los gobernantes deben adoptar resoluciones que estén informadas por técnicos y científicos, pero, en último término, la decisión es política. Y las decisiones políticas deben estar sujetas al escrutinio de la ciudadanía y al control parlamentario.

Esto nos lleva a la segunda consideración: durante la crisis sanitaria estamos viendo cómo los políticos utilizan la ciencia de excusa para eludir la responsabilidad y la rendición de cuentas. Se están haciendo pasar decisiones políticas vacilantes, que pueden cambiar en el transcurso de unas horas, por dictámenes científicos. El resultado es un lose-lose: pierde la democracia y pierde la ciencia.

«Sánchez no tiene principios, solo incentivos»

Aurora Nacarino-Brabo

Volviendo al principio: ¿Está justificado un estado de alarma de seis meses? Es una pregunta con una respuesta técnica y otra política. La respuesta técnica la darán mejor otros que yo. La respuesta política es obligada: una medida de excepcionalidad tan prolongada, que concede tantos poderes al presidente y suspende derechos fundamentales, debe estar sujeta a la fiscalización periódica del parlamento.

¿Y qué opina de que haya pedido a los medios que evitan la expresión toque de queda y en su lugar usen el eufemismo «restricción de movilidad nocturna»?

«No diga toque de queda». «No piense en un elefante». 

En un artículo, ha sostenido que la «guerra cultural es una guerra trampa porque acaba mal para todos». ¿Por qué?

Porque, como en el juicio de Salomón, ninguna madre quiere la mitad de su hijo. Tampoco yo quiero un país partido en dos. Perder una guerra cultural inflige un castigo moral que conlleva la expulsión de una causa y un estigma de indignidad. Ganarla permite apropiarse de un símbolo o un relato que ya no podrá ser compartido con el derrotado. En cualquier caso, desaparece el nosotros. Y la nación es el nosotros.

La intervención de Pablo Casado en la moción de censura contra Sánchez ha sido muy celebrada por la ruptura del primero con la extrema derecha de Vox. ¿Confía en que Pedro Sánchez lo imite y termine alejándose también de sus extremos?

Es francamente difícil conjugar «Pedro Sánchez» y «confianza» en la misma frase. Sánchez no tiene principios, solo incentivos. Se desharía de sus socios si mañana su permanencia en Moncloa dependiera de otros aliados.

No es que los demás líderes no aspiren a ampliar su poder, claro, pero Sánchez reúne una ventaja sobre todos ellos: no está sujeto a constreñimientos morales o normativos, y eso le da una capacidad de maniobra que no está al alcance de nadie más. No tiene ni una idea. ¡Es insólito! Como dice Jorge San Miguel, Pablo Iglesias tiene ideas, casi todas malas, pero tiene ideas. Sánchez no, y por eso puede hacer lo que quiera, decir una cosa por la mañana y hacer la contraria a la hora de comer. Es Neo esquivando balas en Matrix.

«La reforma propuesta del Poder Jucidicial empobrece la democracia e invita al adversario a la revancha, lo cual alimenta la polarización en la que vivimos inmersos»

Aurora Nacarino-Brabo

Podemos ha pedido mantener la reforma del Poder Judicial «porque es la única manera para que el PP no bloquee la renovación». ¿Es una razón convincente?

Eso depende de si uno cree en los Papeles Federalistas o en una versión vulgarizada de Carl Schmitt, en un sistema de pesos y contrapesos al poder o en el Estado total. Para los que preferimos lo primero no es convincente, pero entiendo que es coherente con la hoja de ruta del populismo, que pretende acabar con el sistema de checks and balances y la separación de poderes de la democracia liberal.

Estoy de acuerdo en que necesitamos reformar el Poder Judicial, pero en un sentido despolitizador, opuesto al que planteó el Gobierno. Una reforma que permitiera alinear la composición de las instituciones con el poder mayoritario en el parlamento es una reforma que permitiría un escrutinio menor de ese poder y que dificultaría la alternancia política. Es, por tanto, una medida que expresa la vocación de hegemonía del populismo. La reforma propuesta empobrece la democracia e invita al adversario a la revancha, lo cual alimenta la polarización en la que vivimos inmersos.

En los últimos tiempos, se ha multiplicado en Cataluña el acoso por parte del separatismo radical a los dependientes que se expresan en castellano. El último caso se ha dado en una panadería en la Meridiana, donde la empleada en cuestión se ha visto obligada a trasladarse a otro establecimiento de la misma franquicia. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

El episodio da cuenta del sesgo de clase del procés, que siempre ha sido un proyecto de élites burguesas que tiene como perdedores a los obreros. ¿Cómo hemos llegado aquí? Debemos a Dani Gascón ese gran hallazgo sobre las líneas rojas, que se traspasan «muy despacio». Pues así, muy despacio, con paciencia de décadas y la pasividad del Estado, el independentismo catalán ha esculpido su proyecto excluyente. No consiguieron sacar a Cataluña de España, así que están a ver si echan a España de Cataluña. Y eso pasa, entre otras cosas, por señalar el castellano como una lengua impropia y, a los castellanohablantes, como extranjeros.

«El acoso a los dependientes castellanohablantes da cuenta del sesgo de clase del ‘procés‘, que siempre ha sido un proyecto de élites burguesas que tiene como perdedores a los obreros»

Aurora Nacarino-Brabo

Con respecto a la concesión de indultos a los líderes separatistas presos, el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, ha considerado que «todo gesto de normalización es positivo». ¿También lo ve así?

Ábalos da con la clave: «normalización». Lo más importante no es si los indultos se conceden o no finalmente, sino que desde el Gobierno se le diga a la ciudadanía que sería un evento perfectamente normal y hasta deseable. La normalización es la legitimación de delitos gravísimos cometidos contra el orden constitucional. Y el orden constitucional es lo más valioso que poseemos todos los que no somos ricos.

Pedro Sánchez ha exhibido su sintonía con el Papa Francisco en su reciente visita al Vaticano. Sin embargo, ¿no debería el Gobierno denunciar los acuerdos con la Santa Sede, tal y como recogía su programa electoral en 2019?

Me disculparán los lectores la franqueza, pero las cuestiones eclesiásticas me provocan un gran bostezo. En todo caso, no veo por qué iba Sánchez a hacer aquello que dijo que haría. Sería una novedad.

Tras la decapitación del profesor francés Samuel Paty, algunas voces han considerado un «fracaso de todos» que el homenaje rendido por Macron no incluyese también el féretro del yihadista, un joven de 18 años abatido por la policía. ¿Puede considerarse así?

Seguramente pueda considerarse el fracaso de una sociedad que un muchacho de 18 años llegue a cometer un crimen tan terrible. Y se deben destinar más esfuerzos a la prevención y la integración. Ahora, eso no significa que debamos igualar a víctimas y verdugos.

Supe del caso de una chica muy joven que fue asesinada por su pareja, también apenas un chaval, que después se quitó la vida. Al parecer, él había sufrido malos tratos en su entorno familiar siendo niño. Era, según el razonamiento anterior, una víctima. Pero creo que ninguno habríamos entendido que así se presentara el caso en los medios, ni que en el funeral de la chica se dispusiera junto a su féretro el de su asesino.

La Universidad de Edimburgo ha renombrado la torre David Hume por las opiniones del filósofo sobre la esclavitud. ¿Son atinadas este tipo de iniciativas?

Si los monumentos a Hume hubieran sido erigidos por razón de sus opiniones sobre la esclavitud, yo misma ayudaría a derribarlos. Pero no son esos los méritos que se le reconocen y celebran, claro.

Decía Aron que nuestra conciencia política es necesariamente una conciencia histórica. Lo que estamos viendo es un acercamiento al pasado que no tiene una ambición científica, sino ideológica. Marx pensaba que las ideas dominantes de una sociedad eran la expresión de sus relaciones económicas. Así que es normal que si uno acude a Hume, o a Madison, ya que antes hablábamos de los Papeles Federalistas, encuentre en ellos ideas que los convirtieron en hombres de su tiempo. Una de las cosas que más me irrita de cierta nueva izquierda es su rabioso antimarxismo.

«Es arriesgado juzgar a las sociedades de ayer desde los valores de hoy. Sobre todo porque nadie está a salvo de ese juicio retrospectivo»

Aurora Nacarino-Brabo

Con esto no querría caer en un relativismo moral, cuánto menos en una cuestión como la esclavitud, pero creo que es arriesgado juzgar a las sociedades de ayer desde los valores de hoy. Sobre todo porque nadie está a salvo de ese juicio retrospectivo. Podemos erigir nuevas estatuas a perfectos referentes de la corrección política de nuestro tiempo —que quizá, a diferencia de Hume o Madison, no reúnan otros méritos para ser ensalzados—, pero nadie nos asegura que en cien años no vayan a sufrir la misma suerte revisionista a la luz de los nuevos valores dominantes. Qué se yo, tal vez por haberse comido una hamburguesa de ternera —sin querer compararlo con la esclavitud—. Si alguna vez alguien me recuerda, espero que no sea por haber comido hamburguesas de ternera. En todo caso, conste aquí que no me enorgullezco de ello.

Óscar Benítez
Óscar Benítez
Periodista de El Liberal. Antes, fui redactor de Crónica Global y La Razón; y guionista de El Intermedio.

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