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Laura Borràs, no te lo crees ni tú

Laura Borràs. EFE.

«Esto que has dicho, Laura, no te lo crees ni tú», le espetó Salvador Illa (PSC) a Laura Borràs (JxCat) en el debate electoral del domingo pasado en TVE. Acababa de decir lo de siempre, que si se consigue una mayoría independentista tratarán de reactivar —otras veces dicen descongelar, o hacer efectiva— la declaración unilateral de independencia del 2017.

Es un corte parecido, aunque más cortés, al que le soltó un mosso d’esquadra a un manifestante en medio de unos disturbios: «¡La República no existe, idiota!» Muy oportunamente, los socialistas ya han imprimido camisetas con la frase.

Incluso en un medio tan aquiescente con todas las iniciativas independentistas como el Punt-Avui, Ferran Espada — L’independentisme davant el 14-F— ha tenido que puntualizar esto: «La propuesta de activar la declaración de independencia hace mella en el electorado más convencido, pero habría que explicar cómo la hará factible y qué sacrificios pide a la ciudadanía.»

Cuando las lagunas en el discurso son tan evidentes y cuando resulta tan flagrante que los mensajes políticos no se los cree ni el que los emite ni el que los reproduce, la conclusión es que, si bien la democracia no está amenazada a corto plazo, ha gozado de días mejores.

Una campaña sin las cuestiones clave

El editorial del diario Ara del 2 de febrero se pregunta cómo puede haber una campaña electoral sin hablar de pandemia ni de fondos europeos: «La realidad es que, a pesar de estar inmersos en unas crisis sanitaria y económica sin precedentes, ni la una ni la otra están centrando la preocupación de los partidos políticos que concurren a la cita.»

Será que el Apocalipsis ha venido, y nadie sabe cómo ha sido ni de qué manera organizar la supervivencia. Todos prefieren concentrarse en nuestros pequeños apocalipsis de bolsillo, como el proceso a la independencia, sea a favor sea en contra, y ceñirse a los viejos guiones, que no van más allá de dar la culpa al otro, o al régimen del 78, o al franquismo, de todos nuestros males.

Después de enumerar una serie de problemas de todos conocidos —la situación de los hospitales, las vacunas que no llegan, los negocios obligados a cerrar, el incremento de la pobreza—, vuelve a preguntarse: «¿Cómo puede ser? ¿Cómo se puede disociar tanto la política de la realidad cotidiana?» Ahora se nota más, porque hay problemas muy acuciantes, pero la disociación viene de lejos y no parece próxima a remitir.

«La fragilidad de la sociedad catalana ahora mismo es extrema. Todo cuelga de un hilo (…) La llegada y la gestión de los fondos europeos (….) tendría que ser una de las preocupaciones centrales compartidas, discutidas hasta la saciedad», pero «nada de esto se está debatiendo en campaña».

El peligro de no resolver nada

No es extraño que se abra paso una pregunta inquietante: ¿Y si las elecciones no sirven de nada?. Afirma Xavier Domènech en el Diari de Girona el martes 2:

«Las elecciones son útiles cuando dan paso a un Gobierno estable, con el apoyo de una mayoría parlamentaria sólida, capaz de legislar y ejecutar lo que decide. Pero el escenario que dibujan las encuestas es más bien lo contrario (…) Si el veredicto electoral ofrece como única alternativa la repetición de la coalición [independentista], habremos perdido el tiempo. Para quedarnos donde estábamos no era necesario que nos complicásemos la vida.»

Si hubiese sido posible acabar la legislatura, en diciembre de este año, aún sin pandemia de por medio, no estaríamos mucho mejor. Pero el electorado no tiene la culpa —en democracia, los electores nunca tienen la culpa de los problemas que los elegidos crean o no saben resolver— si no ve motivos para cambiar de voto. Al fin y al cabo muchas veces no se vota por una determinada opción porque despierta gran entusiasmo sino porque es percibida como el mal menor.

Las próximas elecciones darán lugar a un Parlamento fragmentado donde será difícil llegar a acuerdos de gobierno, con el agravante de que la alta abstención hará cuestionable no la legalidad pero sí la legitimidad del próximo presidente.

Ciertamente, como dice Domènech, «para desenredar esta madeja haría falta un seísmo electoral de una intensidad imprevista. Pero, bien mirado, en el actual panorama de hastío nada parece imposible». Si hay algo parecido a un seísmo, será porque la abstención habrá perjudicado más a unos que a otros, no por la aparición de un liderazgo seductor o de un programa superador del hastío.

Quim Torra no está ni se le espera

En el Nacional, Marta Lasalas se entrega a un ejercicio de actualidad negativa sobre este apasionante tema: ¿Por qué Torra está desaparecido (de momento) de la campaña de JxCat?.

Repasa los tweets que el inhabilitado presidente no ha escrito, enumera los actos y los mítines donde no ha aparecido, y nos informa que «ni siquiera se ha hecho militante del partido desde que JxCat se constituyó como tal con el congreso que se clausuró el pasado mes de octubre». Tal vez la noticia reside en que nadie le ha echado en falta.

«La intención —afirma Lasalas, pero no dice de quién es la intención— es que (…) acabe entrando en la campaña para apoyar a Borràs.» Siguiendo con los datos en negativo que ofrece todo el artículo, añade que «no se ha concretado ni el cómo ni el cuándo, pero se da por descontado —¿quién lo da por descontado?— que acabará asumiendo más protagonismo en el último tramo. De momento, sin embargo, la ausencia y el silencio, es absoluto.»

En otros tiempos menos complicados, cuando un político notable de cualquier partido no aparecía en campaña, todo el mundo entendía que preferían ocultarlo para no les perjudicase más de lo que ya lo había hecho. Lasalas prefiere creer en «la voluntad de mantener una posición más transversal para ayudar a rehacer puentes dentro del independentismo». ¿Desde cuándo el silencio rehace puentes?

Para acabar de bordarlo, cita declaraciones recientes de Laura Borràs, «las cosas no se han hecho lo bastante bien la pasada legislatura», y de Jordi Sánchez, «no ha habido liderazgo suficiente y lo estamos viendo ahora en el gobierno».

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