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ENTREVISTA | Cristina Casabón: «El sentimentalismo tóxico es el lenguaje de nuestras democracias»

La articulista denuncia la doblez de los «falsos amigos del bien común»

La columnista Cristina Casabón.

Admiradora de pensadores a la contra como Houllebecq, Finkielkraut o Paglia, la columnista Cristina Casabón (Madrid, 1988) evidencia en sus artículos en Vozpópuli, The Objective y El Español una especial preocupación por dos de los fenómenos que corroen hoy las democracias liberales: el populismo y las políticas identitarias. Según nos confiesa, el secreto de sus textos es no tomarse a sí misma ni a su profesión demasiado en serio, lo que le permite «hacer análisis más incisivos y tener menos tabúes a la hora de opinar».

En su última columna en Vozpópuli, mantiene que «el Mal habla ahora el lenguaje del Bien». ¿A qué se refería?

El exceso de política ideológica e identitaria de la izquierda se ve a menudo acompañado de un lenguaje moralista y sentimental. Es como si el lenguaje hubiera «tomado un voto de pobreza», es pobre de solemnidad. Este elemento, «la pobreza o riqueza del lenguaje», no es secundario ni menor y está relacionado con el sentimentalismo. Doris Lessing creía que los escritores que se hallan más capacitados para distanciarse de los sentimientos y las emociones, pueden apelar a otro tipo de conciencia si saben dominar otro lenguaje que apele a la individualidad, que desarrolle la capacidad crítica.

La democracia liberal comprende la importancia del escepticismo, del debate ciudadano, de la capacidad crítica, mientras que los moralistas abrazan el cinismo y los discursos sentimentales. Las democracias, antes elevadas por el peso de las ideas, están hablando un lenguaje más pesado: el lenguaje de las emociones, los sentimientos y del agravio identitario. Es trágico y deprimente que este sentimentalismo tóxico sea el lenguaje de nuestras democracias.

Es muy crítica con la ideología de los cuidados que defiende la nueva izquierda.¿Cuál es la razón?

La ideología de los cuidados anima a las personas a sumergirse en el cálido baño del comunitarismo convenciéndolas de que están siendo generosas, y buenas al hacerlo. Los falsos amigos del bien común nos están vendiendo el mito de que el colectivismo promueve la solidaridad entre las personas y el individualismo es sinónimo de atomización social, egoísmo e indiferencia.

«La democracia liberal comprende la importancia del escepticismo, del debate ciudadano, de la capacidad crítica, mientras que los moralistas abrazan el cinismo y los discursos sentimentales»

Ayn Rand quiso destacar en su obra la lucha entre individualismo y colectivismo, pero no solo en la esfera política, sino también en el pensamiento. Para Rand, la mente individualista no puede trabajar bajo ninguna forma de coerción. No puede ser sometida, sacrificada o subordinada bajo cualquier tipo de manipulación para conseguir el supuesto bien común, que siempre es una utopía social comunitarista. En contraposición, Rand crea la figura del parásito social, cuya necesidad básica es asegurar sus vínculos con otros hombres. Es típico del hombre que existe para servir a los demás y predica el altruismo. Rand identificó el ideal altruista como el fundamento moral del colectivismo: la idea de que las personas deben ser subyugadas al grupo y sacrificadas por el bien común.

El colectivismo identitario actual y su ideal altruista de sociedad de los cuidados es incompatible con la libertad individual, el capitalismo y con los derechos individuales.

Recientemente, el canal Comedy Central eliminó de una maratón de la serie The Office el capítulo El día de la diversidad, en el que se ofrece una sátira de las políticas identitarias. Sin embargo, muchas voces defienden que la cultura de la cancelación no existe o que sus consecuencias se sobrevaloran. ¿Es cierto?

No se si hemos sobrevalorado las consecuencias, pero es que la libertad de expresión no se negocia, no tenemos por qué renunciar a ella y aceptar una cultura opresiva y afixiante.

Hay un pobrecito vampirizado, normalmente de izquierdas, cuya personalidad se sacrifica al deseo del colectivo o grupo, esta figura se repite una y otra vez en las distopías de George Orwell o Ayn Rand, pero también en nuestras izquierdas. Este sujeto, una vez que es dependiente y manejable, es un buen votante de izquierdas en potencia. Una vez que ha asimilado todo un sistema de creencias e ideas colectivistas aspira a cancelar y fiscalizar las conductas ajenas que se salen de la norma, ataca el pensamiento crítico. El sujeto vampirizado es un buen vampiro en potencia. Adquiere una serie de opiniones y pautas de comportamiento de la ortodoxia ideológica de la izquierda identitaria y una vez las ha interiorizado, aspira a que sean norma pública.

«Muchas veces la cultura de la cancelación pase inadvertida, porque el ciudadano se autocensura, internaliza la presión externa»

Curiosamente, encontramos que aún quedan tipos casi trágicos como el votante vampirizado, que obedecen la línea del partido como si fuera una virtud. La «censura interior», que puede implicar «internalizar una presión externa», según Doris Lessing, se produce de manera progresiva y voluntaria. Es lo que hace que muchas veces la cultura de la cancelación pase inadvertida, porque el ciudadano se autocensura, internaliza la presión externa.

La ministra de Igualdad, Irene Montero, ha comparado Afganistán con España señalando que «en todos los países se oprime a las mujeres. ¿Por qué a parte de la izquierda le cuesta tanto mostrarse crítico con el integrismo islámico?

Les da igual el integrismo islámico, el foco es atacar la cultura occidental por sus valores y por lo que representa. Hoy es el velo, pero puede ser cualquier cosa que ayude a deconstruir nuestra cultura.

Europa, cuna de la civilización y de los derechos humanos, tiene un dilema moral por culpa del relativismo y el odio al hombre occidental. Hay algo que tienen en común los talibanes y estas feministas radicales: son anticapitalistas y denigran la cultura occidental. Vienen a decirnos que la potencia femenina del mundo occidental es un espejismo, un producto del patriarcado. La violencia masculina, afirma el feminismo de hashtag, es omnipresente; está en la oficina, en la cama y en la vida corriente de cada mujer.

La grandilocuencia moral de la mujer feminista identitaria solo se sostiene bajo esa condición de opresión. Desde el poder, hay mujeres que se aseguran de que las «oprimidas» nunca superen su condición, pues solo así estos políticos logran asegurar sus vínculos con las víctimas y crear una relación de dependencia. Bajo el mantra de la represión se predica que la mujer es víctima y necesita protección, lo cual genera una relación de dependencia. El feminismo no debería abandonar los brazos de un hombre para lanzarse a los brazos de una ministra empoderada. Al aceptar esta situación de víctimas, las mujeres se convierten en las garantes de su propia esclavitud.

Según el periodista Pedro Vallín, la irrupción de Ana Iris Simón en el debate nacional ha servido para desenmascarar a sus defensores, muchos de los cuales serían «conservadores disfrazados de progresistas». ¿Es realmente así?

No. Ana Iris Simón es una voz independiente y tiene una visión genuina, ama su país y para colmo dice ser de izquierdas. Ana Iris representa una España en sepia que se siente decepcionada con la izquierda, y que se ha vuelto más conservadora. Representa un fracaso de la izquierda como proyecto político y este fracaso lo escenifica la caída de Iglesias, el caballero Jedi de Vallín. Voces conservadoras como la de Ana Iris se acercan más a los valores de la izquierda tradicional republicana que esa izquierda que se denomina progresista.

«El feminismo no debería abandonar los brazos de un hombre para lanzarse a los brazos de una ministra empoderada»

Se ha creado una mitología con respecto al término progresista que es bastante hipócrita. Hay un progresismo falso de una izquierda caprichosa que vive desconectada de los problemas reales de la ciudadanía porque solo se dedica a hablar de Franco y a la guerra identitaria. Afortunadamente, desde los puestos de liderazgo ni siquiera hacen valer su posición, porque viven de ideales que son incapaces de representar. Digamos más: son élites antisistema que viven de lujo gracias al sistema, pues ellos son las élites del sistema. Es un universo de paradojas en el que la actitud victimista se combina con las utopías revolucionarias y la universal adoración al poder y al animal de fuerza. Se extasían ante el más insignificante rasgo de bondad en Stalin.

Félix Ovejero defiende en su último libro, Secesión y democracia, que no existen argumentos válidos para promover la ruptura de un Estado en un régimen democrático. ¿Cómo se explica, entonces, el auge en los últimos años del separatismo en Cataluña?

Félix Ovejero es un intelectual que ha escrito un libro importante desde el punto de vista de la teoría del nacionalismo, porque ahonda en las razones desde el punto de vista lógico y argumental. Expone precisamente que en el nacionalismo español no operan los argumentos de base firme y que, una izquierda ilustrada y republicana no debería compartir un proyecto de país con el nacionalismo. Ovejero pertenece a una izquierda ilustrada que está huérfana.

Por otra parte, la política española no tiene nada que ver con el sentido común, sino con los intereses: el «qué hay de lo mío». Ortega creía que el carácter más profundo y más grave de España era el particularismo, lo desarrolla en su libro España invertebrada, de 1921.Cien años después, vivimos en una nación en proceso de descomposición a todos los niveles por la enfermedad del particularismo. Hay una hipersensibilidad para los propios males y se ignora al Otro, lo cual resulta en una desconexión de las partes.

Así es como se explica el auge del nacionalismo, y éste se justifica, como dice Ovejero, a veces apelando a la voluntad del pueblo, otras veces invocando la identidad, a los derechos de las minorías o al derecho de resistencia. El libro de Félix Ovejero desmonta la flaqueza de todos estos argumentos, contribuye así a desmontar lo que es mero pretexto, elaboración superficial, para justificar el particularismo.

Por otra parte, las encuestas en Cataluña señalan que el 85% de los catalanes están en contra de la inmersión lingüística, que veta el castellano como lengua vehicular. ¿Le parecen justas las políticas lingüísticas que aplica el nacionalismo catalán?

Creo que estas políticas son producto de una mentalidad provinciana y cerrada. Los independentistas tienen mucha envidia de los madrileños. Encontraba esto gracioso al principio cuando vivía en Barcelona y me preguntaban en ese tono sarcástico si soy de la capital. El indepe juega a un juego curioso con el madrileño, te mantienen siempre dudando acerca de si son tus amigos o tus enemigos. Pueden alternar, por ejemplo una frase cariñosa con un desprecio en la misma conversación, repetidas veces. Después al cabo de un tiempo aprendí a jugar al mismo juego y es muy divertido.

«Vivimos en una nación en proceso de descomposición a todos los niveles por la enfermedad del particularismo»

En cualquier caso, los nacionalistas quieren convertirse en un compartimento estanco y para ello invierten un esfuerzo titánico y muchísimo dinero público en una tosca ideología. Volvemos al concepto de las élites caprichosas que salen muy caras y cuyo único propósito es mantener viva la enfermedad del particularismo y descomponer España. La izquierda, al aliarse con el nacionalismo ha olvidado los principios que históricamente la caracterizaban, como la solidaridad, el proyecto político de la transición o la redistribución de la riqueza, y hay intelectuales como Ovejero o Trapiello que ahora están dando esta batalla, están exponiendo las carencias de nuestras élites caprichosas y denunciando el proyecto ideológico de esta izquierda.

Juan Milián advierte en El proceso español de que algunos rasgos del procés, como la polarización, se han trasladado al conjunto de España. ¿Qué puede hacerse para frenar la crispación reinante?

En esta dinámica de feroces disputas, el entendimiento se ha roto y está en juego la convivencia. La comunidad es algo frágil y vulnerable. Una vez fragmentada por la distinción entre el nosotros y el ellos, vivir en comunidad se asemeja a vivir en una ciudadela asediada donde todos estamos permanentemente al acecho, enfrascados en amargas disputas. Una vez deshecha por el particularismo, una comunidad no puede recomponerse fácilmente.

Estuve de vacaciones en Lisboa, y la corresponsal de EFE en Portugal me comentaba que los portugueses penalizan la polarización y creen que es muy poco patriótico que en momentos de crisis los partidos solo intenten polarizar y sacar réditos políticos. Me apena que en España no podamos desarrollar una cultura política patriótica por la enfermedad social del particularísimo, que favorece el proyecto de la izquierda y del nacionalismo de desmenuzar España en partes, romper el proyecto de nación y acabar con todo sentimiento de patriotismo. Mientras España siga dividida y fragmentada en función de las identidades, las lenguas, el debate de las competencias de las autonomías, en definitiva, mientras reine el particularísimo y el «qué hay de lo mío», mejor le irá a la izquierda.

Óscar Benítez
Óscar Benítez
Periodista de El Liberal. Antes, fui redactor de Crónica Global y La Razón; y guionista de El Intermedio.

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