Babel, Jerusalén y la Sagrada Familia

Reflexiones sobre la encíclica Magnifica Humanitas en el marco de la bendición de la Torre de Jesucristo

Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia
Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia

He leído la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV y he reflexionado sobre su contenido. La lectura apresurada tiende a reducir el documento a una mera advertencia apocalíptica contra la inteligencia artificial. Sin embargo, la encíclica no trata de la IA. Trata sobre la dignidad humana en la era de la IA, que no es lo mismo.

León XIV no es un tecnófobo, ni un ludita, ni un enemigo del progreso. La encíclica reconoce explícitamente que el desarrollo tecnológico ha contribuido y continúa contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de la humanidad. El problema no es la tecnología. El problema, de nuevo, es cómo utilizamos las nuevas herramientas y qué construimos con ellas.

La energía nuclear puede iluminar ciudades o destruirlas. La inteligencia artificial plantea un desafío similar. Cuanto más poderosa es una herramienta, mayor es su capacidad para generar bienestar o causar daño. La cuestión nunca ha sido la tecnología; siempre ha sido el ser humano.

Babel o Jerusalén

La imagen bíblica que articula toda la encíclica es la oposición entre Babel y Jerusalén.

Babel representa la soberbia de una humanidad que pretende alcanzar el cielo por sus propias fuerzas. No es un problema tecnológico; es un problema moral. Lo peligroso de Babel no es la torre. Lo peligroso es la pretensión de autosuficiencia, de creerse dioses. En la actualidad, el peligro se manifiesta en la tecnolatría, el transhumanismo y el posthumanismo.

Frente a ella aparece Jerusalén, reconstruida por Nehemías piedra a piedra, familia a familia, cada uno responsable de su tramo de muralla.

Frente a una visión de la tecnología como instrumento de dominación o de concentración de poder, León XIV propone una perspectiva basada en la responsabilidad compartida, la subsidiariedad y el bien común.

La Sagrada Familia

Y fue precisamente en este punto donde me surge una imagen que el Papa no menciona, pero que me parece una de las mejores respuestas contemporáneas a la pregunta que plantea la encíclica.

La Sagrada Familia.

La Sagrada Familia representa una forma distinta de entender el progreso. Es una síntesis extraordinaria de fe, matemáticas, geometría, ingeniería y creatividad humana. Es fruto de la inspiración del Espíritu Santo y de la observación de la obra de Dios, la naturaleza, por parte de Gaudí.

Como ingeniero creyente, estoy convencido de que el Espíritu Santo, con el don de la sabiduría, inspira nuestros proyectos. No puedo aceptar las visiones que presentan la tecnología únicamente como una amenaza.

La Torre de Jesucristo, que León XIV bendecirá el miércoles, simboliza lo contrario de Babel. No es una construcción erigida para conquistar el cielo por soberbia. Es una obra que invita a elevar la mirada hacia algo que nos trasciende. Por eso fascina al mundo.

Invertir en educación

De toda la encíclica, uno de los pasajes que más me ha impresionado aparece en sus conclusiones, cuando el Papa exclama:

«¡Invirtamos en la educación que empieza por nosotros mismos!»

La frase contiene una verdad incómoda. Antes de educar a los jóvenes, debemos educarnos nosotros mismos. Antes de acompañar, debemos comprender.

Mientras leía estas líneas, recordé una conferencia que pronuncié en Nanjing en 2019, titulada «Economía digital: educación infinita». La idea era sencilla: en la economía digital la formación ya no es una etapa de la vida. Es una condición permanente.

Siete años después, encuentro esa intuición respaldada por una encíclica. La mejor defensa frente a los riesgos de la inteligencia artificial no será únicamente la regulación ni la burocracia. Será la capacidad de formar ciudadanos libres, críticos y responsables. No podemos poner un policía detrás de cada ingeniero, científico, ciudadano. Solo es viable la responsabilidad personal. En consecuencia, la educación continua es probablemente la forma más profunda de gobernanza tecnológica.

¿Alineados o alienados?

Marx diagnosticó una forma de alienación propia de la sociedad industrial. León XIV advierte de otra distinta: la del ser humano que delega progresivamente su juicio moral en sistemas que no comprende. Inspirado en León XIII, León XIV propone de nuevo el humanismo cristiano y la doctrina social de la Iglesia para enfocar el problema y trabajar alineados creando prosperidad espiritual, social y económica.

La cuestión decisiva no es cuánto ni cuán rápido computan los ordenadores. La cuestión es si nosotros seguiremos siendo lo suficientemente humanos como para orientarla.

Babel, Jerusalén y la Sagrada Familia. La primera simboliza la soberbia. La segunda, la comunidad que reconstruye unida, alineada. La tercera es un ejemplo actual y de éxito de fe, razón, ciencia e ingeniería al servicio de algo más grande que nosotros mismos.

Babel y Jerusalén no son únicamente lugares bíblicos. Son dos formas de construir una civilización. La Sagrada Familia demuestra que todavía es posible elegir la segunda.

La tecnología seguirá avanzando. La pregunta es si avanzaremos con ella y, sobre todo, qué civilización queremos construir.

Porque, como recuerda León XIV, lo que está en juego no es el futuro de las máquinas. Lo que está en juego es la dignidad de la magnífica humanidad que Dios ha creado.

Agustin Argelich Casals
Agustin Argelich Casals
Agustin Argelich Casals, es ingeniero de telecomunicaciones, consultor independiente en tecnologias digitales, experto en innovación y liderazgo. Miembro del think tank Intelligent Community Forum. Autor de Analizar Actuar Avanzar

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