Alcemos la mirada

la Sagrada Família
la Sagrada Família

La visita de Su Santidad el papa León XIV ha sido ilusionante para quienes somos católicos y, me atrevería a afirmar, también para muchos que no comparten nuestra fe. En una época marcada por el enfrentamiento permanente, el ruido político y la simplificación de los debates públicos, la presencia del Sucesor de San Pedro ha supuesto una invitación a detenernos, reflexionar y, sobre todo, alzar la mirada.

León XIV posee una formación poco común. Es doctor en Derecho Canónico, licenciado en Matemáticas y Filosofía y cuenta, además, con la sólida formación intelectual y espiritual propia de la Orden de San Agustín. Esa combinación entre razón y sensibilidad le permite transmitir un mensaje sereno y profundo, alejado de los extremos y de las consignas fáciles. Su capacidad de escucha y su empatía le han permitido traspasar la frontera del desacuerdo y llegar incluso a quienes discrepan de sus planteamientos.

Desde muy joven sintió la llamada de la vocación y desarrolló su labor misionera en Perú junto a la comunidad agustina, que sufrió amenazas de muerte por parte de Sendero Luminoso. Sin embargo, ni él ni sus hermanos de comunidad abandonaron su misión. Permanecieron junto a quienes más los necesitaban y demostraron una valentía extraordinaria, entendiendo que la fe también exige compromiso, servicio y capacidad de sacrificio.

Nuestra sociedad atraviesa una profunda crisis de confianza en las instituciones y vive instalada en una creciente polarización política y social. El desencanto, la frustración y, en ocasiones, el enfado parece haberse convertido en sentimientos permanentes. Precisamente por ello resultó tan positiva la presencia de Su Santidad en el Congreso de los Diputados. Sus palabras sobre la necesidad del diálogo, de la unión y del respeto a la dignidad de toda persona constituyen un mensaje de plena actualidad.

A algunos que se proclaman progresistas les molestó su defensa de la vida. Sin embargo, con demasiada frecuencia son los mismos que no ofrecen recursos suficientes a las mujeres que afrontan un embarazo en soledad. Más allá de las discrepancias ideológicas, el mensaje del Papa apelaba a la responsabilidad colectiva y a la necesidad de acompañar a las personas más vulnerables. Muchos de los representantes políticos presentes en el hemiciclo deberían tomar buena nota de ello.

También hemos de lamentar cómo el grupo de Junts per Catalunya intentó imponer al Pontífice en qué idioma debía expresarse en Cataluña. Lo hicieron, además, con una notable incoherencia, pronunciándose en inglés e italiano. El gesto evidenció una visión reduccionista de un líder que ha demostrado sobradamente su capacidad para comprender las distintas realidades culturales y humanas con las que se encuentra.

La misma voluntad de instrumentalizar la visita se hizo visible en la actitud de algunos miembros de las corales que participaron en el acto de la Sagrada Familia. Su intención de reivindicar la independencia mediante estelades y cánticos no previstos en el programa terminó con su expulsión del templo antes de la bendición de la Torre de Jesucristo. Una vez más, algunos quisieron convertir un acontecimiento espiritual y de encuentro en un acto de confrontación política, perjudicando además a compañeros que no compartían ni secundaban aquella iniciativa.

Como barcelonesa, me emocionó contemplar la bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia y participar de una ceremonia cargada de simbolismo y de esperanza. También llamó la atención la presencia de numerosos ministros y del propio presidente del Gobierno en la basílica, especialmente cuando han sido incapaces de acudir a actos religiosos en memoria de los guardias civiles asesinados por el narcotráfico o de las víctimas de la tragedia de Adamuz. La contradicción resulta difícil de ignorar y muchos la perciben como un ejercicio de hipocresía y de puro postureo político.

Todo lo contrario, puede decirse de la Casa Real y, en particular, de Su Majestad el Rey Felipe VI, que ofreció una impecable lección de institucionalidad y protocolo durante toda la visita, poniendo a disposición de Su Santidad el Falcon en el que se desplazó.

Si algo ha dejado esta Visita Papal han sido también las emociones y los testimonios de tantas personas que compartieron sus experiencias y sufrimientos en los distintos actos. El Pontífice supo escucharlas, abrazarlas y acompañarlas desde la cercanía y la compasión. En tiempos de discursos grandilocuentes y de liderazgos cada vez más alejados de la realidad cotidiana de las personas, la empatía se convierte en una poderosa forma de autoridad moral.

También resulta llamativa la actitud del señor Pedro Sánchez en materia de inmigración. Mientras las Islas Canarias siguen soportando una situación límite, el presidente buscó la fotografía junto a Su Santidad. El Papa habló de la importancia de acoger, pero la acogida exige responsabilidad y recursos. Sin ellos, quienes llegan no encuentran la dignidad prometida, sino nuevas situaciones de precariedad y exclusión.

Hay un antes y un después de la visita del Sucesor de San Pedro. Por ello, merece reconocimiento la iniciativa del Partido Popular en Barcelona y de su líder, Daniel Sirera, de proponer la creación de un espacio en la Catedral de Barcelona que conmemore las visitas papales. Lamentablemente, el Gobierno de Jaume Collboni rechazó la propuesta alegando que la visita del Papa no respondía al interés general y recordando el carácter aconfesional y laico de las administraciones públicas. Una respuesta difícilmente comprensible cuando el propio alcalde había definido previamente la visita de León XIV como un «hito histórico». Ver para creer.

Escoger unas palabras de León XIV es complicado por la profundidad de todo cuanto dice. Pero quizá pocas expresan mejor el momento que vivimos como estas:

«Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad».

Tal vez esa sea la gran lección que nos deja su visita. Frente al enfrentamiento, el diálogo; frente a la simplificación, la complejidad; frente a la polarización, la concordia.

Y, ante la fe y ante el mundo, una invitación que hoy resulta más necesaria que nunca: alcemos la mirada.

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