A uno le enseñaron en la escuela que nunca es tarde para aprender y hay que estar siempre atento a lo que sucede o se descubre para continuar acrecentando nuestro conocimiento. En la portada del diario El País del 3 de noviembre aparece una foto del presidente Sánchez detrás de un atril donde puede leerse WIP World in Progress. En la sección internacional de este mismo diario podía leerse el 28 de octubre que “World In Progress (WIP) es un foro internacional de reflexión y debate sobre los grandes desafíos globales de este siglo que organizan PRISA, EL PAÍS y la Cadena SER” que, en esta su tercera edición celebrada en la ciudad condal, “se consolida como un espacio de referencia para el diálogo global, promoviendo la cooperación, la innovación y la acción conjunta ante las transformaciones económicas, sociales y geopolíticas”. ¡Abramos nuestras mentes a la buena nueva y recapacitemos!
¡Cuidado con la internacional reaccionaria!
¿Quién podría no estar de acuerdo con promover tan nobles y elevados ideales? Lo que ya resulta más difícil de aceptar es que Prisa, El País y la SER, representen esos valores en la medida en que se alinean y ponen su tribuna a disposición del presidente Sánchez. No está de más recordar que los gobiernos de Sánchez defendieron la dictadura bolivariana de Maduro con cuya vicepresidenta el ministro Ábalos y Koldo, su inseparable asesor, intercambiaron saludos, parabienes y maletas en Barajas, un régimen corrupto al que el expresidente Rodríguez Zapatero, faro socialista y modelo de modestia, intentó blanquear tras el escandaloso fraude electoral en 2024 mientras hacía sus negocietes en Caracas. Ni tampoco resulta ocioso preguntarse hasta qué punto encaja dentro de esos ideales dar carta blanca a la ocupación del Sahara Occidental por parte de Marruecos, otro ejemplo de régimen progresista donde los haya, y abandonar a su suerte a la población saharaui en las inhóspitas arenas del desierto argelino.
El presidente más ‘progresista’ que ha tenido España desde que se constituyó el primer régimen auténticamente democrático en 1978 aprovechó su participación en el WIP para advertirnos de los peligros que se ciernen sobre las democracias de la UE, pilladas entre dos fuegos igualmente reaccionarios. En un alarde de perspicacia emotiva y profundidad intelectual, Sánchez nos dejó el siguiente titular, propio de un gran estadista: “Aquí no debería haber dudas, España se gobierna desde España, no desde Washington o desde Tel Aviv, por supuesto, no desde Moscú o Buenos Aires”. Tengo reconocer que estoy completamente de acuerdo con Sánchez. España, al menos desde julio de 2023 y hasta ayer mismo, se ha gobernado desde Waterloo, que empieza también por “W”, aunque no es Washington, a toque de silbato de un prófugo de la justicia española tan ‘progresista’ como los propios interlocutores enviados por Sánchez, Cerdán y el expresidente Zapatero, para pactar su infame Ley de Amnistía. Ambos están siendo investigados acusados de delitos tan serios como tráfico de influencias y formar parte de organizaciones criminales.
España se ha gobernado también desde Rabat, que empieza por R, no por “M” como Moscú ni por “B” como Buenos Aires, siguiendo una política de apaciguamiento con un rey tan progresista que para promover “la cooperación, la innovación y la acción conjunta” decidió celebrar su entronización enviando unas cuantas fragatas de la Armada marroquí a las aguas territoriales de Ceuta mientras más de 100.000 personas cruzaban la frontera de Marruecos con la UE e invadían la ciudad el pasado 30 de julio. Sánchez alababa la cooperación de las autoridades marroquíes por haber prestado “una coordinación, una cooperación instantánea”, en una entrevista concedida a la cadena SER el 31 de agosto, un mes después de la invasión, cuando miles de los invasores se hacinaban todavía en las playas de Ceuta y pululaban y ocupaban sus calles y plazas. Las mujeres ceutíes, con el presidente de la ciudad a la cabeza, estuvieron en Madrid el pasado 25 de octubre para exigir al gobierno de Sánchez poner fin a la pesadilla en que viven sumidas desde el 30 de julio. Por supuesto, ningún representante de los partidos, coaliciones, sindicales y actores e intelectuales ‘progresistas’, a excepción del líder del PSOE en Ceuta, se dignó a sumarse a la protesta.
Ni demócrata, ni constitucionalista
Esta misma semana en su intervención en la cumbre Iberoamericana en Madrid, el presidente en funciones reiteraba su mensaje de buena voluntad universal cuando afirmaba que “frente a los que se cierran nosotros debemos abrirnos; frente a los que levantan muros, nosotros debemos construir alianzas; y frente a los que alimentan la guerra, nosotros debemos ser sembradores de paz”. Cuando tu propia sociedad te da la espalda, cuando no puedes ni pisar la calle sin antes acordonarla y despejarla, y cuando la mayor parte de tus intervenciones tienen carácter institucional, un eufemismo empleado por la oficina del presidente para ocultar que no se admiten preguntas, la única salida que te queda es tratar de colar esa imagen impostada de gran estadista y buscar refugio en palabras vacías, porque el crédito internacional de Sánchez ha perdido también todo su lustre incluso en la UE y se cotiza como bono basura. Menuda forma la de Sánchez y la panda de escuderos que le han acompañado esta Legislatura – la pareja de candidatos a óscar (Puente y López), el artífice de la Ley de Amnistía (Bolaños) y las solícitas portavoces del gobierno (Alegría y Saiz)- de derribar muros, construir alianzas y sembrar la paz. La orden del cuartel general monclovita lanzada ya en el discurso de investidura el 15 de noviembre de 2023 era terminantemente clara: “bien alzamos un muro ante estos ataques recurrentes de la derecha reaccionaria a la España democrática y constitucional, o bien le damos salvoconducto”. Quien dijo esta barbaridad solemnemente en el hemiciclo contaba con el aval, comprado pocas horas antes tras registrar la Ley de Amnistía en el Congreso, de partidos tan progresistas y constitucionalistas como Junts, ERC, PNV y EH Bildu.
No, Sr. Sánchez, el muro que usted anunció iba a levantar en su discurso de investidura no era un muro ante los “ataques recurrentes de la derecha reaccionaria”, sino un muro entre españoles, entre los que no soportan sus mentiras, engaños y ataques a las instituciones democráticas, y todos los que han decidido por razones diversas que todo vale en política para retener el control del gobierno, socavar las instituciones de “la España democrática y constitucional”, y hasta sacar tajada aprovechándose de su debilidad parlamentaria a cuatro o cinco bandas. Unos meses después, Sánchez aclaró su forma de entender la democracia constitucionalista cuando advirtió, en el Comité Federal del PSOE celebrado el 24 de septiembre de 2024, que “vamos a avanzar con determinación, con o sin apoyo de la oposición, con o sin concurso del poder Legislativo”.
Los demócratas se preguntan cómo se puede ser demócrata “sin el concurso del poder Legislativo”. Pues eso es exactamente lo que ha hecho Sánchez hasta que el prófugo de Waterloo decidió darle con la puerta en las narices y le obligó a convocar elecciones anticipadas tras rechazar los dos Reales Decretos sobre vivienda. Y todo indica que su intención es seguir haciendo caso omiso de la voluntad del Legislativo al aprobar en la Diputación Permanente los dos Reales Decretos rechazados en el Pleno del Congreso y colar unos cuantos más en los días que le quedan en la Moncloa para atar las manos del gobierno que salga de las elecciones el 29-N. Como Messala en Ben-Hur, usted es malo hasta el último suspiro.
Menudo demócrata
En la misma convocatoria del adelanto electoral, Sánchez nos dejó una prueba magnífica de su talante democrático. “Sé también -dijo- que, en parte de esa mayoría social, hoy hay
insatisfacción. Sé que les indigna ver cómo sus intereses, los intereses de la gente de a pie, son pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos”. Se quedó muy cerca de decir que cuando el Parlamento pisotea los intereses de la gente, o lo que él mismo y las fuerzas ‘progresistas’ establecen como tales, hay que cerrar el Parlamento y convocar elecciones a cortes constituyentes. Felizmente, se limitó a convocar elecciones generales aduciendo que para “hacer más, necesitamos renovar y ampliar el apoyo de la gente, para acometer en profundidad las reformas pendientes”, un respaldo, por cierto, que no ha conseguido en las urnas durante los más de 8 años que ha estado al frente del Ejecutivo.
Estamos, no obstante, ante un cuestionamiento de nuestro sistema democrático que causa alarma incluso entre socialistas como Felipe González quien hace unos días manifestaba que “me cuesta trabajo soportar que el presidente del Gobierno de mi país -de mi partido no, presidente del Gobierno de mi país- diga que el órgano de la soberanía nacional el viernes traicionó a la mayoría”. Lo ocurrido es tan sencillo como que los grupos que representan a la mayoría social en el Congreso decidieron en esta ocasión no respaldar las políticas fracasadas de vivienda de Sánchez. No hay otra mayoría social que la que representan la mayoría de diputados en el Congreso y atribuirse la mayoría social cuando no se obtiene en las urnas es el primer paso hacia la autocracia. De ahí, la pertinencia de que González se escandalizara con las palabras de Sánchez y aludiera a lo ocurrido en la Venezuela de Maduro en 2024.
¿Retablo de las maravillas o retablo de la corrupción?
Y es que la realidad de España dista mucho del idílico retablo de las maravillas que esbozó el presidente durante su comparecencia institucional en Moncloa para convocar las elecciones: el país más progresista del mundo y el que más crece en Europa. Nada más lejos de la realidad. Romper una y otra vez la palabra dada a los españoles para mantenerse en el poder y rodearse de una banda de incompetentes y gañanes sin escrúpulos, algunos de los cuales están hoy en la cárcel y otros esperando ser juzgados, no es progresista, como tampoco lo es indultar y amnistiar a los cabecillas del proceso secesionista en Cataluña, o utilizar al fiscal General del Estado, condenado también por el Tribunal Supremo, para desacreditar a un rival político.
A examinar la desastrosa gestión de la pandemia realizada por el gobierno de Sánchez dediqué los artículos recogidos en mi libro Covid-19: la Gran Decepción. Algunas lecciones para España y Occidente. Tampoco merecen precisamente elogios la política migratoria, con la regularización irregular de cientos de miles de personas y la invasión de Ceuta sin resolver todavía, la falta de iniciativas reales para facilitar el acceso a la vivienda y estado de mantenimiento de las infraestructuras. En todo caso, es rotundamente falso que España haya crecido más que los países de la UE entre 2018 y 2025 porque la mayoría de ellos han crecido más y hasta mucho más que España.
Los gobiernos de Sánchez han impulsado, eso sí, fuertes aumentos en los salarios que, en
ausencia de aumentos en la productividad por hombre ocupado, han terminado por trasladarse a los precios. Se me dirá con razón que han implementado también una reforma laboral ‘progresista’, tan progresista que ha disparado la cifra de ocupados que no trabajan, y que han desplegado nuevos programas sociales, programas cuya financiación ha exigido aumentar a marchas forzadas los impuestos a quienes trabajan y generan rentas, desde 208.783 millones en 2018 a 325.356 millones en 2025, e incrementar la deuda pública en 559.268,8 millones entre el segundo trimestre de 2018 y el segundo trimestre de 2026. Ahí les dejo la factura impagada.
Adornen las calles laterales del retablo sanchista con imágenes de algunos de los querubines y mártires socialistas (Ábalos, Cerdán, Koldo, Pardo de Vera, García Ortiz, Begoña Gómez, David Sánchez, Rodríguez Zapatero, Mercedes González, Manuel Llanas, Hernando, Vicente Fernández, Francisco Serrano, Leire, Salazar, Cristian Corvillo, etc.) que han acompañado al presidente en su travesía por las cloacas desde 2015 y tendrán una idea de conjunto bastante exacta de lo que han sido estos casi ocho años y medio de gobierno ‘progresista’ sin mayoría parlamentaria: una auténtica pesadilla, más incluso para los constitucionalistas, demócratas y progresistas de toda la vida.
Pero ándense con cuidado porque repuesto del descarrilamiento de Urda en la UCI de Moncloa, el gran taimado está ya de vuelta y hay gente dispuesta todavía rendir pleitesía al ídolo y fotografiarse con él ante del retablo de la corrupción sanchista. Este mismo viernes 6 de noviembre le escuchamos en un mitin en Valencia animar a sus seguidores a movilizarse e ir a votar, comparando la victoria de los demócratas y la debacle de las huestes de Trump en Estados Unidos el 3 de noviembre con la remontada que se producirá aquí el 29-N. Cuidado, digo, porque, aunque Sánchez es el mejor representante del trumpismo falaz y corrupto en España, a muchos ingenuos les volverá a dar gato por liebre, en tanto que los más avisados ‘progresistas’ preferirán abstenerse para no cometer el pecado mortal de votar al PP. Me pregunto qué hará en esta ocasión Javier Cercas, nuestro indignado insigne, que en vísperas del 23-J se tomó el trabajo de explicarnos con todo lujo de detalles por qué pensaba votar al progresista Sánchez.



