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Indignación ciudadana por el nuevo «despilfarro» de AENA

La reciente convocatoria del Premio Aena de Narrativa, dotado con un millón de euros para la obra ganadora (igualando al Planeta, pero financiado por una empresa pública), ha desatado indignación en redes. Lo que se presenta como un «impulso a la literatura» en español —con 30.000 euros adicionales para cada uno de los cuatro finalistas y la compra masiva de ejemplares para bibliotecas, centros educativos y empleados— se ha convertido para muchos en un símbolo de prioridades equivocadas y uso cuestionable de fondos públicos.

La indignación se centra principalmente en el origen del dinero: aunque Aena genera beneficios propios como gestora aeroportuaria (con récord en 2025), su control mayoritario (51% a través de Enaire) es estatal y depende de la tutela del Ministerio de Transportes. Para los críticos, esto equivale a gastar «dinero de los impuestos» en un galardón literario mientras persisten problemas graves en el sector que Aena debería priorizar: torres de control obsoletas, plantillas de controladores aéreos infradotadas, averías recurrentes en radares y sistemas, retrasos crónicos o incluso fallos que afectan la seguridad y el mantenimiento de infraestructuras aeroportuarias. El contraste es brutal: ¿por qué invertir millones en cultura cuando hay deficiencias básicas en el servicio público que la empresa gestiona?

A esto se suma la percepción de «oportunismo». Muchos ven en el premio —con un jurado presidido por Rosa Montero y nombres destacados— una forma de «colonizar» el ámbito cultural o recompensar a sectores afines al gobierno actual, en un contexto de saturación de premios literarios en España (más de 1.200 al año) y donde el Cervantes, el máximo reconocimiento oficial, ofrece solo 125.000 euros. «Vergüenza», «despropósito» o acusaciones de despilfarro se acumulan, amplificando el malestar.

El debate refleja una frustración más amplia con la gestión pública: mientras los ciudadanos pagan tasas aeroportuarias elevadas y sufren incidencias diarias, una entidad estatal opta por un megapremio que, para muchos, no es su competencia ni su urgencia. Aunque defensores destacan el fomento de la lectura y el mecenazgo internacional, el tono dominante en redes es de rechazo visceral, convirtiendo el anuncio en un ejemplo perfecto de lo que muchos llaman «despilfarro con dinero ajeno».

María Riera
María Riera
Licenciada en Ciencias de la Información por la UCM.

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