Con ocasión de la visita a España de León XIV se han dicho muchas cosas, algunas atinadas y otras no tanto. El respeto y el aplauso, aparentemente, han dominado. También ha habido “laicos radicales” discrepando de la atención prestada a alguien respetado por 1400 millones de personas. En las líneas que siguen no pretendo entrar en la significación de la visita papal para los creyentes, pues carezco de autoridad para entrar en ese terreno. Tampoco me interesa, y no porque no merezca una reflexión, la utilización política de la visita, y ver a políticos de todos los colores dando codazos por fotografiarse junto al Papa.
Esos son espectáculos divertidos, que encierran significaciones interesantes, máxime si se recuerdan informaciones que dan noticia de la pérdida de seguidores que, al parecer, experimenta la Iglesia, a la vez que se dice que entre los jóvenes está aumentando notablemente el número de sus seguidores.
El mundo está erizado de guerras y de enfermedades, las Organizaciones internacionales, con la ONU a la cabeza, son impotentes ante la política agresiva de los Estados más poderosos, y no es preciso que me extienda más hablando del momento en que se encuentra Europa, encajonada entre dos vesánicos como Trump y Putin, forzada a soportar exigencias chinas, y teniendo que luchar contra presiones migratorias irresolubles, además de tener que mantener un esfuerzo permanente para controlar o prevenir actos de terrorismo islámico.
Se dice que Europa está en declive y se desliza hacia su extinción como “centro” cultural mundial, si es que alguna vez lo fue. No existe ya ni una identidad europea, se afirma, ni una personalidad política que pueda calificarse como común, a pesar de la existencia de la Unión Europea, cuya importancia está fuera de duda, pues, con todos sus defectos, es la única entidad supranacional que funciona razonablemente.
Se dice que Europa está en declive y se desliza hacia su extinción como «centro» cultural mundial
La atención que despierta la visita papal trae a escena, inevitablemente, la importancia del cristianismo en nuestro mundo y, especialmente, en lo que se acepta como cultura o identidad europea, que ha ido evolucionando desde que en 312 Constantino I entró en Roma portando en su casco el crismón (monograma de Cristo) hasta nuestro tiempo.
Paradójicamente, como es bien sabido, Europa ha sufrido históricamente mucho a causa de esa pretendida identidad cultural, que no se manifestaba pacíficamente, sino que era fuente de conflictos y persecuciones sangrientas provocadas, entre otras razones, por diferencias de orientación, incluso de las creencias dentro del mismo cristianismo.
Hace casi cuatro siglos que se firmó la Paz de Westfalia que puso fin a largas guerras que habían ensangrentado Europa durante muchos años. Aquellos Tratados no tenían como objetivo colocar a la Religión y a la Iglesia en su justo lugar, pero era indudable que las guerras que los precedieron tenían un componente religioso, pues no se puede olvidar que el deseo de los Habsburgo, españoles y austríacos, por imponer el catolicismo en todos sus dominios, estaba en el origen de los conflictos.
A eso se añadían los intereses estratégicos y políticos de Inglaterra, Suecia y Dinamarca, en los que se mezclaban la cuestión religiosa (especialmente en la Suecia del luterano, y belicoso Gustavo II Adolfo) y el deseo de impedir la extensión de los Imperios hispano y austríaco, propósito para el que contaron con la ayuda indirecta de un Estado católico como Francia desde los tiempos del astuto primer ministro de Luis XIII, Armand-Jean du Plessis, Cardenal Richelieu.
En Westfalia se enfrentaban una concepción de Europa en la que era obligado reconocer principios universales y supranacionales
En el fondo, en Westfalia se enfrentaban una concepción de Europa en la que era obligado reconocer principios universales y supranacionales, sin concesiones a la diferencia respecto de la ortodoxia romana, frente a otra en la que lo esencial era que cada individuo y, sobre todo, cada nación disfrutara de la igualdad y del respeto a la diversidad, tanto en opinión política como en opción religiosa. Precisamente por eso es común señalar a aquellos Tratados como un momento fundamental en la historia de la moderna concepción de Europa, a pesar de los muchos años que aún habrían de durar las monarquías absolutas.
Con la paz de Westfalia no se zanjaron las disputas religiosas, pero se decidió respetar la opción que cada Estado hiciera, y, lo que es más importante, se decidió dejar a la religión fuera de los motivos formales de disputa. Cuestión diferente es que la presión sobre los súbditos de cada Estado que no quisieran seguir la religión del Rey o Príncipe (en nombre del principio cuius regio, eius religio) disminuyera. Eso tal vez sucedió en el mundo germánico, y de ahí la tradición de respetuosa convivencia que desde entonces ha habido entre el catolicismo y otras doctrinas cristianas, aunque no fue así en España, pues la Inquisición seguiría funcionando hasta inicios del siglo XIX.
Nunca más la religión volvería a ser la excusa para una guerra. Pero eso no obsta para que el cristianismo, en sus distintas manifestaciones (catolicismo, ortodoxia, anglicanismo, luteranismo, calvinismo y otras) sea la religión mayoritaria en Europa, o, más concretamente, la religión que profesan la mayor parte de los europeos.
La pregunta que se impone aflora por sí sola: ¿se percibe eso en la realidad social y política? La respuesta no es sencilla, sobre todo si se confunde la cultura cristiana con la confesionalidad, que es cosa bien diferente. La cultura emanada del mejor cristianismo la pueden tener cristianos practicantes y no practicantes, así como agnósticos y ateos, y todos pueden compartir valores que están en la base del Estado de Derecho, generados, entre otros factores, por el cristianismo.
La cultura emanada del mejor cristianismo la pueden tener cristianos practicantes y no practicantes
Claro está que las normas jurídicas, no solo por respeto a todos pues a todos han de servir, han de ser entendidas e interpretadas conforme a criterios laicos, pero eso no dice nada en contra de la percepción de la influencia histórica del cristianismo. No se trata solo de un hecho cultural, sino que, como se ha destacado acertadamente, las conquistas jurídicas, que alumbraron el Estado de Derecho y la noción misma de los derechos humanos, son fruto de la reunión de tres componentes: la filosofía griega (Sócrates, Platón y Aristóteles), el derecho romano y el cristianismo.
Gracias a los filósofos de la antigua Grecia, la lógica y la racionalidad se sobrepusieron a la violencia o a las puras tradiciones. Los juristas romanos sistematizaron las reglas de la convivencia, creando monumentos como el derecho de la persona, el de las obligaciones o el derecho de cosas, que estaban destinados a insertarse en el cuerpo social europeo, sin perjuicio de las peculiaridades que en cada lugar adoptara. Y ha llegado hasta nosotros.
El pensamiento cristiano trajo ideas que tardarían en abrirse paso, como sucedería con las de San Agustín – por cierto, agustino es León XIV- o Santo Tomás, pero que habrían de ser asumidas por la cultura jurídica europea, tanto por creyentes como por no creyentes, como fueron las de igualdad entre los seres humanos y la dignidad de cada uno de ellos.
El espectáculo de Trump insultando o amenazando a León XIV, y la serena respuesta del Papa, no muestran solamente un enfrentamiento entre un hombre educado y valiente y una mula, sino también el choque entre una cultura fruto del depósito histórico de muchos y profundos pensamientos y el desprecio por cualquier ideología que no sea la prepotencia del ignorante.






