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Juan Carlos I se va

Un operario retira el retrato del rey emérito Juan Carlos I de la Sala de Gobierno del Legislativo foral del Parlamento de Navarra/ Europa Press

El anuncio de la salida de España del rey Juan Carlos, aunque no ha sido ninguna sorpresa, ha despertado muchas alegrías republicanas. La consigna general es que se trata de una huida. El tono general lo marcó desde el primer momento el presidente Quim Torra con un tweet que sólo dice: «Como Alfonso XIII…»

En otro tweet Carles Puigdemont, como si ya se hubiese producido una revolución, anunció represalias y recordó a los suyos cuál es el tema de su vida: «Hoy es un día para recuperar montañas de hemeroteca, horas de tertulias y kilómetros de redes sociales desde finales de octubre de 2017. Y para guardar los silencios y las hipocresías de algunos serviles. República sí. Pero catalana, que ya se sabe que los Borbones siempre acaban volviendo.»

Nada teme más el independentismo que la posibilidad de cambios en el Estado español, porque anula la imagen de régimen dictatorial e inamovible que pretender dar de él. Por eso la Assemblea Nacional Catalana se apresuró a dictar un tweet como éste: «La fuga del rey de España es una prueba más de un estado fundado sobre la mentira y la corrupción. Vayámonos antes de que nos intenten vender una nueva reforma para no cambiar nada.» 

Salvar la institución

El editorial de La Vanguardia considera que se trata de una solución tajante y terapéutica: «La supuesta corrupción del rey emérito, preciso es recordarlo, no ha sido demostrada ni tan siquiera juzgada. Pero estaba minando la fuerza ética de la institución monárquica, pilar de nuestra arquitectura democrática.» 

Resalta también que «el propio rey emérito, a pesar de alejarse de España, se pone a disposición de la Fiscalía» y afirma que si de las investigaciones «se deduce la necesidad de imputar a don Juan Carlos, deberá hacerse con el mismo rigor y asepsia con que se ha hecho con otros casos de corrupción política o económica».

Concluye este editorial reiterando que «el pacto de la transición, que hizo posible enmendar la dictadura, superar la fratricida división de las dos Españas y abrazar la pluralidad cultural y territorial del país, no habría sido posible sin la magnífica actuación política de Juan Carlos I, cuya personalidad histórica quedará definida con grandes luces y tristes sombras finales».

Cuidado con cantos de sirena republicanos

Se va a intentar confundir la persona con la institución, y la institución con un régimen, antidemocrático por supuesto. Ferran Cases, en Nació Digital, anuncia que los juancarlistas han desaparecido.

«Ha huido. Formalmente nos dirán que Juan Carlos I no se escapa de la Justicia porque todavía no le han reclamado y afirma que, si lo llaman a declarar o por cualquier otra gestión, vendrá y colaborará. El sistema penal español no tiene la misma confianza en toda la gente que se va del país (…) El rey emérito huye —en este caso como su abuelo Alfonso XIII— de un sistema que tiene algo más que aluminosis y de unas calles y unos medios que, en pocos años, han perdido el miedo a cuestionarlo abiertamente.»

Y, como Puigdemont, advierte a la clientela que no se acerque demasiado al republicanismo español: «La crisis monárquica coincide con una maniobra nada disimulada de Sánchez para alejarse de la izquierda y de los independentistas y acercarse a Ciutadanos, una formación que, como el PSOE, apuntala tanto como puede el régimen del 78. Iglesias deberá decidir si pasa de los tuits a la acción y el independentismo deberá asegurarse de que, llegado el caso, los cantos de sirena republicanos no lo apartarán del objetivo, por más que castigar a una monarquía corrupta y que ha liderado la respuesta autoritaria al proceso genere simpatía.»

Una huida de chorizo

Para conjurar paralelismos poco convenientes, el director del Punt-Avui, Xevi Xirgu, afirma: «No es ningún acto de dignidad, como lo fue en los casos de los políticos catalanes que se fueron para poder defenderse mejor, por demócratas y para poder continuar poniendo al Estado contra las cuerdas.»

«Si la tuviera, la dignidad, no huiría. Se presentaría ante la justicia y explicaría, con pelos y señales, todo lo que ha hecho durante años, y nos revelaría y pondría al descubierto todas las complicidades que ha tenido (…) El rey del “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir” (patético) resulta que era un reincidente, un fresco y un cínico que ahora, investigado en dos países diferentes, huye sin dar explicaciones.»

En el mismo diario, Joan Vall Clara añade picante al plato: No se exilia, se va de farra.

«Se exilian los políticos. Los chorizos huyen. Juan Carlos I huye de la presión mediática (…) ¿Cómo es que ellos mismos han olvidado la presunción de inocencia? ¿Qué saben que no sabemos? (…) Se va porque, si la cosa se complica mucho, ya no tendrá que huir, ya estará fuera (…) Vuelven a demostrar que España sólo tiene una solución, que es la abdicación borbónica definitiva.»

Toni Soler: Un Rey que creyó ser intocable

José Antich: Cataluña, tumba de la monarquía

Vicent Partal: El pudridero español

Salvador Sostres: En manos de mentirosos y lunáticos

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