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De la indigencia a la esperanza: Un final feliz para Andy. Sin perdices, pero con mucho amor

Porque la vida supera, en muchas ocasiones, al mejor de los cuentos, a la más extraordinaria de las ficciones. Porque en esta inmensidad llamada mundo no somos más que micro puntos danzando a nuestra suerte y porque esta suerte, lamentablemente, no existe para todos.

Esa es la realidad que impera, por más que nos encomendemos al romanticismo de los cuentos con que papá o mamá nos dormían de pequeños. Así es, solo hace falta vivir unos pocos años para comprender que estamos sometidos a la voluntad de otros. Nuestro camino depende, en primer lugar, de las decisiones de nuestros padres. En segundo lugar, al de un gobierno o al de una oposición que se dará golpes en el pecho en un hemiciclo para meterse cada voto en el bolsillo pero que, a la hora de la verdad, no se inmutará si vives entre cartones.

«Solo hace falta vivir unos pocos años para comprender que estamos sometidos a la voluntad de otros.

Y eso es lo que le pasó a Andreas Boy, ese indigente que no encajó en el sistema. Así empezaba a contar su historia El Liberal después de que un grupo de chicas llegasen pidiendo ayuda para él. En esta ocasión, sin hemiciclos ni votos, sin interés alguno ni recompensa, la decisión de estas jóvenes fue clave para salvar una vida.

Primera parte: Una nueva vida para Andy

1826 kilómetros hay desde la ciudad alemana de Hamburgo hasta Vilanova y la Geltrú. Esa es la distancia que recorrió, exactamente, Andreas Boy haciendo autoestop. Huía del del frío clima germano, del frío de una vida marcada por la exclusión social, de una vida prohibida en las aceras alemanas.

Tiene 40 años y cuando Beatriz lo encontró durmiendo en la calle sobre un cartón no recordaba la última vez que se había bañado. Sin embargo, ese calor que lo condujo hasta la ciudad catalana no resultó más que un espejismo para él, para este hombre de 40 años que lleva cuatro pernoctando a la intemperie en las calles de Vilanova.

La joven, conmovida por la estampa de ese ser humano reducido a la mínima expresión de la palabra, le obsequió con una pequeña compra. ¿Necesitas algo más?, le preguntó, y ahí vino la sorpresa. Este hombre “indigente” o “sin techo” como se suele nombrar a aquellos que no disponen de unos mínimos para alimentarse o resguardarse, le dijo: “Lo único que necesito es entrar en algún centro de desintoxicación para abandonar mi adicción al alcohol”.

En esta historia sí hubo perdices… pero de otra forma

Digamos que aquello de «fueron felices y comieron perdices» no encaja en el relato. Más bien, el papel de esta entrañable ave se redujo a «la administración mareó la perdiz». Tal cual.

Primero fue Beatriz y a ella se sumaron Aina, Ana, Andreea y Raquel. Después, muchas otras personas mostraron un gran interés por sacar a Andy de su dramática situación. Además de vivir en la calle y con graves problemas de adicción al alcohol, Andy estaba gravemente enfermo, diagnosticado de Encefalopatía de Wernicke y un tumor cerebral. Sin embargo, por más que lucharon por encontrar un lugar para él, no fue posible. La administración nunca le dio la oportunidad de entrar en un centro adecuado para su situación.

«El ser humano es maravilloso»

No es la primera vez que recurro a este conocido slogan y me alegro de ello. Y es que, no abundan, pero existen esas personas capaces de ver en lo invisible. Por supuesto, me refiero a todas y cada una de las personas que forman parte de esta historia. Sin embargo, todo empezó con Beatriz, que se paró frente a Andreas y le ofreció su ayuda, que buscó refuerzo sin descanso para dar una salida a alguien invisible para el resto. Después, fue una labor de equipo en la que ella y Aina, sobre todo, se dejaron la piel.

Gracias a su empatía, Andy tuvo una familia lejos de su Alemania natal que le proporcionó un techo, comida, cuidados, documentación… que no se rindió ante nada ni ante nadie.

«He podido ayudarlo a él, pero me entristece saber que no puedo hacer lo mismo con todo el mundo», lamenta Beatriz. Evidente. Pero si algo ha demostrado Beatriz es su entereza y su vocación. Durante meses se encargó de Andy de sol a sol y, finalmente, no cabe duda de que le ha salvado la vida. Pues verán lo que puede llegar a ser capaz de hacer. El año que viene se graduará en integración social y, por fin, podrá intentar vivir de eso que tanto le gusta a ella hacer: salvar.

«He podido ayudarlo a él, pero me entristece saber que no puedo hacer lo mismo con todo el mundo»

Beatriz

Hogar… dulce hogar: Andy decide volver a Alemania

Vale, quizás con lo de ‘dulce’ he exagerado un poco pero ¿por qué no?. Andreas Boy no encontró una solución definitiva en España. Sin embargo, encontró algo mucho más importante de lo que jamás hubiese podido soñar: a sí mismo. Encontró el camino hacia la autoestima, hacia el deseo de curarse. Y eso es mucho, créanme.

Queda mucho por hacer, pero la vida le dio una segunda oportunidad y Andreas no la quiso dejar escapar. Alguien le enseñó el camino y le demostró que su recuperación es importante para muchos, que no está solo. Es el momento de que coja el testigo de su propia vida y demuestre que también su decisión conseguirá salvarlo.

Rumbo a Alemania, así empieza el principio del final de alguien que volvió a nacer frente a ese centro comercial de Vilanova y la Geltrú. De alguien que deja atrás a muchas personas (de las que hablamos en las dos primeras partes) que seguirán pensando en él y ayudándolo en la distancia. Que seguirán queriéndolo y echándolo de menos con mucho gusto, sabiendo que por fin está en su lugar: junto a su madre y en manos de profesionales que le guiarán hasta su objetivo. Ser feliz. Qué menos.

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