Este domingo, la gran final

La final del Mundial entre España y Argentina llega envuelta en la polémica tras una semifinal marcada por el juego duro de la Albiceleste y las críticas al arbitraje

El seleccionador nacional, Luis de la Fuente.
El seleccionador nacional, Luis de la Fuente.

Voy a dejar aparcados por una semana las diversas tramas organizadas por el N.º 1 para atacar a jueces y fiscales, los desfiles de decenas y decenas de imputados y testigos por las pasarelas tribunalicias, el juicio con jurado a la inmaculada esposa y su devota asistente monclovita, o los negocios privados del socialista ejemplar que predicaba austeridad y honradez y guardaba las joyitas de la abuela a buen recaudo en caja fuerte. Tiempo habrá de ocuparnos de esos casos en los meses venideros porque cada día que pasa nos enteramos de algún nuevo presunto delito atribuible a algún director general, director general operativo o la escuadra monclovita.

Cuando salga este artículo faltarán pocas horas para que España se enfrente a la Argentina de  Messi en la final del campeonato mundial de fútbol 2026 y pese a los titulares que he leído en algunos medios exaltando el duelo (“La final más bonita del mundo” , “Una final hispana”, etc.), lo visto en el partido entre Inglaterra y Argentina me ha dejado tan mal gusto de boca que tengo que confesar mi desazón porque, lo que para algunos fue un despliegue de ‘hombría’ maleva, a los aficionados al fútbol nos impidió disfrutar del juego y como suele ocurrir en estos casos el más ducho en manejar el cuchillo acabó llevándose el gato al agua. Gracias, todo sea dicho, a la desafortunada actuación del estadounidense de quien no sé si creyó estar dirigiendo un partido de la NFL o si tenía como los argentinos con las Maldivas alguna causa pendiente con Inglaterra, justo cuando se celebran los 250 años de la Declaración de Independencia. 

Un equipo violento

En fin, que Ismail Elfath sacara la primera tarjeta amarilla a Anderson, defensa inglés, por cometer una falta sobre Messi en el minuto 38 de la primera parte, después de haber asistido al despliegue de entradas violentas, cabezazos y agarrones por parte de los integrantes del oscuro (nada de albiceleste) combinado argentino, da una idea cabal del desatinado arbitraje que propició la victoria de Argentina y anuló completamente la práctica del fútbol. Uno de esos comentaristas que justifican las faltas tácticas para parar los contraataques se permitió decir que “esto también es fútbol” para justificar las violentas entradas del equipo argentino. Desde el primer silbato, ver a un jugador vestido de blanco recibir el balón era la antesala de verlo rodar por el césped, arrollado, golpeado y trastabillado. Argentina sólo jugaba a impedir jugar a la selección inglesa desconcertada, como su entrenador, por la pasividad del colegiado. En fin, que la mano de Maradona conserve a Ismail la vista.

Los jugadores de Argentina atesoran más calidad que los de Uruguay o Paraguay, tanto individualmente como en conjunto, pero practican un fútbol igualmente marrullero y con grandes dosis de violencia para amedrentar a los contrarios. Los tres equipos han dejado buenas muestras de sus malas artes en este Mundial, aunque sólo uno de ellos ha contado con la complicidad arbitral, reiterada partido a partido, y ha podido avanzar a trancas y barrancas hasta plantarse en la final, gracias todo sea dicho a que no tuvo que enfrentarse a selecciones potentes hasta alcanzar la semifinal. Argentina cometió 15 faltas en el partido contra Inglaterra y sus jugadores recibieron tres tarjetas amarillas, pero debieron ser muchas más las faltas pitadas y algún jugador mereció ser expulsado. Claro que Messi ya en su primer partido hizo una entrada que mereció la expulsión y a buen seguro de que de haber sido él la víctima, el argelino Mandi habría ido a los vestuarios. Acabó marcando tres goles y dando la victoria a Argentina.

Las controvertidas decisiones del VAR

Ni las desencuentros y aristas en las relaciones histórica de España con Argentina e Inglaterra ni la comunidad lingüística compartida con la primera me ciegan a la hora de valorar lo ocurrido en esta semifinal. Inglaterra intentó jugar un partido de fútbol, los argentinos se dedicaron la mayor parte del tiempo a acosar y patear a los contrarios. Hay un video de 1 minuto y 28 segundos muy esclarecedor donde se recogen algunas de las entradas al hombre (que no al balón) protagonizadas por los jugadores del equipo argentino. Un artículo publicado en el diario The National, editado en inglés desde Abu Dabi, advertía antes del partido que cuando Inglaterra jugara la semifinal con Argentina tendría que prestar tanta atención a los contrincantes como al árbitro porque la designación por la FIFA del árbitro estadounidense Ismail Elfath, el “árbitro favorito de Lionel Messi”, daba mucho que pensar. 

El artículo citado señalaba también que los datos recopilados por Brennan Klein del Northeastern University’s NetSI Sport Group mostraban que las decisiones del VAR favorables a Argentina resultaban abrumadoras ya antes de la semifinal, tanto que algunos habían bautizado el instrumento creado para chequear las decisiones arbitrales dudosas con el sobrenombre de ‘VARgentina’. Bellingham, el centrocampista inglés del Real Madrid, fue objeto de especial atención con entradas terroríficas por delante, por detrás y a la media vuelta. No fue el único en sufrir el embate de los vengadores de la afrenta sufrida a manos de los ingleses en la guerra de las Malvinas. A la vista de su comportamiento, colijo que la consigna de Scaloni a los muchachos de los que tan orgulloso dijo sentirse por haberlo dado todo debió ser “párenlos por las buenas o por las malas, Infantino y Trump nos amparan”. Uno de los discípulos más aplicados en la tarea de frenar a los adversarios fue Giuliano Simeone, haciendo bueno el clásico dicho de tal padre tal astilla, y si no vayan y pregúntenle a Julen Guerrero.

Messi y los pendencieros

A pesar de todo, Inglaterra pudo haberse llevado el partido, pero renunció a jugar durante más de 30 minutos. Incomprensiblemente se arrugó, cedió la bola a Argentina y se encerró tanto en su área que ni siquiera llegaron a molestar a Enzo Fernández cuando tiró desde fuera del área o a Messi cuando puso sin oposición un centro en la cabeza de Lautaro Martínez quien, pese a la superpoblada defensa inglesa, se encontraba completamente libre de marca. Supongo que la selección española habrá tomado buena nota: no va a enfrentarse a un equipo que juega al fútbol sino a Messi y a 9 pendencieros consumados capaces de mentarte la concha de tu madre a la primera de cambio, diestros en agarrarte por la camiseta y meterte la cabeza por el sobaco y caer al suelo dando alaridos, expertos en entrar con los tacos por delante para ver si pillan tobillos o gemelos.

A la vista de lo ocurrido en la semifinal con Inglaterra cualquier cosa cabe esperar de la escuadra argentina para llevarse el partido. En concreto, temo lo que puedan hacerle a Lamine y espero que el árbitro eslovaco que dirigirá el encuentro y el VAR cumplan sus cometidos sin favoritismos. No, no me gusta el juego sucio y tramposo que hace el equipo de Argentina y más allá de mi deseo de que gane España la copa del mundo 2026 creo que sería una auténtica desgracia para el fútbol mundial que este plantel argentino añadiera a su camiseta otra estrella lograda con malas artes. No sería la primera. Para que ustedes no se hagan una idea equivocada sobre mi aversión a la selección de Argentina, confieso sentir gran admiración por Mujica Láinez, Borges, Bioy Casares y Barenboim. Mi aversión nada tiene que ver con la nacionalidad y mucho con el juego bronco y canalla y las ayudas arbitrales que les han llevado a disputar la final en este campeonato. 

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