El planeta universitario suele arrastrar una vida muy anodina, incluso tediosa, como lo acredita el hecho de que los trabajos más entretenidos con ese objeto han tenido que ser obras de ficción, las famosas novelas de campus. Pero lo sucedido últimamente en Cambridge y en la Complutense ha sacado a esas instituciones del tedio y las ha convertido casi en trendic topics. Con las dosis de polarización -la disonancia cognitiva que acompaña a los miembros de las tribus, llámense religiones, partidos o como en cada caso encarte- que resultan inevitables en estos tiempos. Empecemos por recordar los hechos, de la manera más objetiva posible.
La noticia del suicidio a los poco más de 40 años de Jason Arday, profesor en aquella institución, nos ha hecho que conozcamos en qué había consistido su paso por la tierra. Hijo de inmigrantes de Ghana y por tanto pobre y negro, él mismo contó que era autista y no pudo hablar hasta cumplir 11 ni escribir hasta los 18. Como las desgracias nunca vienen solas, sufrió de adolescente un atropello y luego un cáncer de testículos. Si se trataba de acumular desgracias, el buen hombre se mostraba infalible.
Pero lo cierto es que (plagio mediante) a los 30, en Liverpool, pudo obtener un Doctorado. A partir de ahí, el ambiente woke vino en su auxilio: y es que parecía un candidato de diseño, porque, salvo ser Igtbi, lo tenía todo: un ejemplar firmado. Baste recordar el retrato de la categoría que nos ha ofrecido (con sarcasmo, eso sí) Titania McGrath, es decir, Andrew Doyle. En 2021, apenas siete años más tarde, fue fichado por Cambridge -sí, la que cuenta con tantos premios Nóbel y figura altísima en los rankings de Shanghai- para enseñar sociología, que blasonó de contar entre sus filas como “el profesor negro más joven”. Es lo que sucede cuando el conocimiento (y la posibilidad de su transmisión, pero esto viene sólo luego) pasa a ser algo de menor importancia, porque su objeto, la verdad, no existe: es lo que ha denunciado muchas veces Gregorio Luri. En suma, resulta perfectamente posible que se materialice aquello del refrán: que el maestro de Siruela (con ese: es un pueblo de la provincia de Badajoz, a no confundir por cierto con la editorial del mismo nombre), que ni tan siquiera sabía leer, puso una escuela, por contraintuitivo y casi escandaloso que se antoje. Y una escuela a la que, además, no le faltaban alumnos, porque el potentado de Singapur sabe bien donde tiene que enviar a su niño. Sin esa demanda, no habría sido posible que el wokismo se impusiera como (único) criterio de selección de personas, en el mundo académico o en cualquier otro.
Pero bien se sabe que los aguafiestas forman parte de la vida y aquí se pusieron en marcha en 2025, con pruebas cada vez más incontestables: resulta el tal Jason Ardey era un verdadero caradura, que -eso sí- había sabido captar el estado actual de la atmósfera académica para colarse y trepar.
De sociología ignoraba tanto como de cualquiera otra área de conocimiento o rama del saber: lo que antes se llamaba la asignatura. El docente, acosado por las circunstancias, se vio en la tesitura de dimitir y poco después apareció muerto en su casa. Como era de esperar, el debate ha sido muy ideológico y las posiciones de cada quien han respondido con exactitud a lo esperado. Lo mismo cabe decir de las descalificaciones proferidas hacia los del otro bando (porque, por supuesto, los antiwoke también son una milicia: tercera ley de Newton, es decir, acción/reacción). Conocemos el percal y a estas alturas nadie se llama a engaño, porque para empezar, se insiste, nadie se sale del guión. Sin las filas prietas, no tendríamos ni tribu ni nada.
En Cambridge el dinero no es problema, lo que nos coloca en una situación del todo diferente, o incluso opuesta, a la de nuestro affaire, el de Begoña. Notorio es que las Universidades públicas de nuestro país viven en la indigencia, porque, digan lo que digan las leyes, que no paran de prometer -por palabrería que no quede-, el dinero de Hacienda está para otras muchas cosas, así esté al frente de la caja un Cristóbal o una María Jesús. Y eso explica que, esas instituciones, como las prostitutas de la calle Ballesta, se vean en la necesidad salir a la calle a buscar el sustento. El 15 de diciembre de 2015 -una fecha para recordar- el Consejo de Gobierno de la primera institución educativa española aprobó un llamado “Reglamento de creación de Cátedras extraordinarias y otras formas de colaboración entre la Universidad Complutense de Madrid y las empresas” (speaking in silver, un grito de hambre), cuyo Preámbulo -punto 4.3- hay que celebrar por su sinceridad o incluso su crudeza. Casi se diría escrito por Pío Baroja (en concreto, el de El árbol de la ciencia). A saber:
“Las nuevas circunstancias sociales y económicas en las que se desenvuelven las universidades están determinando la necesidad de la modificación de las fuentes tradicionales de ingresos de las Universidades Públicas españolas”.
Todo consiste en “la obtención de recursos externos, fundamentalmente privados”. Y es que “la captación de recursos mediante el fomento del patrocinio y el mecenazgo constituye una herramienta fundamental para las Universidades”.
¿Qué condiciones se exigen para ser Director de una de esas “Cátedras” (así se llaman, sí)? ¿Ser Catedrático de carrera o como poco encontrarse acreditado por la ANECA? ¿Doctor, al menos? ¿Haberse visto acreditado algún sexenio de investigación? No. Puede tratarse de un analfabeto, porque el “prestigio profesional, técnico y científico reconocido en el ámbito temático del objeto de la colaboración” no pasa de ser un mérito.
Volviendo de nuevo a hablar en román paladino: la persona que se busca es un recaudador, al modo de lo que en los partidos políticos -vamos a no dar nombres: se trata de un capítulo de la historia penal de los últimos cuarenta años, con personajes que, a fuer de novelescos, han terminado convirtiéndose en legendarios- es un Tesorero, aunque, eso sí, con el nombre de Catedrático, para ennoblecer la tarea. Pero retornando al docente de la localidad pacense de Siruela: se coloca al frente de una escuela a quien no tiene que haber acreditado que sabe lo que antes se llamaban las cuatro letras. Por ahí se abre un portillo por el que pueden campar a sus anchas las empresas que financiaron a Begoña, con un amor a la ciencia -aquí, la transformación social competitiva: ya el nombre se las trae- que resulta del todo compatible con el muy humano empeño en eso que ellas llaman (el palabro resulta muy locuaz) el retorno del dinero así empleado.
En eso ha consistido la historia. Luego -se veía venir, porque ese tipo de chapuzas siempre se topan con la justicia divina, que, aun lenta, se muestra inexorable: el Dios del que estamos hablando es el del Antiguo Testamento, no el del Nuevo, dicho sea retomando la conocida dualidad de Marción- ha venido, sí, el Juzgado de Instrucción, con el tal Peinado al frente (que, por cierto, ha imputado a todo bicho viviente menos a los financiadores: ¡qué país, Miquelarena!) y la polémica que arrastra desde hace dos años. Acerca de lo cual también ha habido ocasión de leer a plumillas -y escuchar en la radio a tertulianos- los discursos más alucinantes, sea a favor de la una (presentando a Begoña como Hipatia de Alejandria: hay cortesanos casi tan famélicos como las propias Universidades y cuya capacidad de arrastre se muestra inagotable: un verdadero filón) o del otro, como un implacable servidor de la justicia que no se detiene ante nada ni ante nadie: “caiga quien caiga”, como suele decirse. Pero, a los efectos que ahora interesan, ese rifirrafe palabrero, por encendido que se haya mostrado, interesa poco. Lo que importa es que la docencia se desvincula del conocimiento. Aquí la enfermedad no es el wokismo, sino la miseria, pero por uno u otro camino (y aunque en Madrid no se haya llegado a las fatales consecuencias de Cambridge ni tan siquiera en el ejército de los cortesanos, que constituye el eslabón más débil de la cadena) se termina llegando al mismo sitio: nuestro viejo y ya casi entrañable maestro de Siruela.
Le preguntaban a un mexicano por las analogías y diferencias entre la cerveza de barril y la de botella y respondió con gran convicción: “Es igual, no más que diferente”.
Sí, lo de Cambridge y lo de Begoña no son excepciones patológicas, sino síntomas de un rasgo definitorio de los actuales sistemas educativos (y mucho antes de que la IA produzca los efectos que, para bien o para mal, vaya a terminar produciendo): que, por una causa o por otra, el del maestro del pueblo de Badajoz, pese a su ignorancia ilimitada, ha devenido o al menos puede devenir en una autoridad en lo intelectual. La causa, se insiste, es muy distinta en un sitio y en otro -no es lo mismo un rico que un pobre-, pero, al final, todos nos acabamos pareciendo. No hace falta ser gemelos univitelinos para presentar un evidente aire de familia. Y no precisamente con buena pinta.
Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Politécnica de Madrid



