Juan-José López Burniol ha comunicado estos días el final de su larga colaboración con La Vanguardia. Según explica él mismo, la dirección del periódico le comunicó que había decidido «suspendre la nostra relació». No conocemos —y debemos respetarlo— el contenido de la comunicación privada en la que se le expusieron las razones.
Pero conocemos el último artículo que Burniol había remitido para su publicación. Se titula La revancha. Y después de leerlo creo que merece una reflexión que va mucho más allá de López Burniol, de La Vanguardia e incluso del contenido concreto del texto.
Porque estamos hablando de libertad.
He leído La revancha y comparto buena parte de la preocupación que expresa su autor. Me preocupa una España crecientemente polarizada, dividida en bloques que demasiadas veces ya no se consideran adversarios políticos, sino enemigos. Me preocupa la degradación institucional. Me preocupa que la Constitución de 1978, que permitió construir uno de los periodos de mayor libertad, prosperidad y convivencia de nuestra historia contemporánea, sea tratada por algunos como un obstáculo que hay que superar y no como el gran pacto que debemos saber reformar y preservar.
Y me preocupa, especialmente, que hayamos empezado a confundir discrepancia con deslegitimación.
López Burniol puede equivocarse. Como puedo equivocarme yo. Como puede equivocarse cualquier articulista, político, empresario, profesor o ciudadano. Algunas de sus afirmaciones podrán considerarse excesivas, otras discutibles y otras serán compartidas por muchísimos españoles.
Pero precisamente de eso trata una sociedad libre.
La libertad de expresión no consiste en garantizar el derecho a decir aquello que resulta cómodo, previsible o coincidente con la línea dominante. Eso no necesita protección. La auténtica prueba de una sociedad plural llega cuando alguien expresa ideas que incomodan.
Un periódico privado tiene, naturalmente, todo el derecho a decidir quién escribe en sus páginas. Faltaría más. Pero los lectores también tenemos derecho a preguntarnos qué está sucediendo en nuestro debate público cuando voces intelectualmente acreditadas, con décadas de trayectoria, van encontrando cada vez más dificultades para apartarse de determinados consensos.
No quisiera una prensa donde todos pensaran como yo. Sería insoportable.
Quiero una prensa donde pueda leer a quien piensa como yo y, especialmente, a quien piensa exactamente lo contrario. Porque una democracia sin contradicción termina convirtiéndose en una enorme cámara de eco.
Y aquí aparece el verdadero problema español.
Hemos construido trincheras.
Si criticas determinadas políticas del Gobierno, inmediatamente eres colocado en un bloque. Si cuestionas determinados planteamientos independentistas, eres sospechoso de anticatalanismo. Si defiendes Catalunya dentro de España, unos te consideran poco catalán y otros demasiado catalanista.
Me niego a aceptar semejante simplificación.
Soy catalanista, liberal y profundamente europeísta. Y precisamente por ello puedo defender Catalunya y defender España sin encontrar contradicción alguna entre ambas cosas.
España necesita Catalunya y Catalunya necesita una España democrática, moderna, descentralizada y respetuosa con su pluralidad.
Lo que no necesitamos ninguno de los dos es volver a levantar muros.
La Transición tuvo defectos, naturalmente. Pero quienes la protagonizaron comprendieron algo elemental que nosotros parecemos estar olvidando: ningún proyecto colectivo puede construirse intentando derrotar definitivamente a la mitad de la sociedad.
España no necesita revancha.
Necesita reconciliación.
Necesita instituciones respetadas, separación de poderes, seguridad jurídica, libertad de prensa y ciudadanos capaces de discrepar sin convertirse automáticamente en enemigos.
Y necesita intelectuales que incomoden.
Por eso, independientemente de las razones que hayan llevado a La Vanguardia a poner fin a su relación con López Burniol, quiero expresar públicamente mi respeto por alguien que continúa diciendo lo que piensa.
Podré coincidir con él unas veces y discrepar otras.
Pero prefiero mil veces una sociedad llena de López Burniol que una sociedad llena de silencios.
Porque cuando una democracia empieza a tener miedo de las opiniones incómodas, el problema nunca son solamente las opiniones.
El problema empieza a ser la democracia.
Pere Gotanegra
Empresari i Regidor de Lliures
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