Las palabras del presidente de Ceuta merecen ser escuchadas más allá de la política partidista. Cuando quien gobierna una ciudad fronteriza habla de presión migratoria, seguridad y necesidad de respaldo del Estado y de Europa, no está describiendo un problema local. Está hablando de una cuestión de Estado.
Ceuta no puede vivir pendiente de cada movimiento al otro lado de la frontera.
España necesita una buena relación con Marruecos. Lo he defendido y lo seguiré defendiendo. Marruecos es un vecino imprescindible, un socio económico relevante y un actor fundamental para la estabilidad del Mediterráneo occidental. Pero precisamente porque la relación es importante, debe asentarse sobre la reciprocidad y sobre unas reglas claras.
La cooperación fronteriza no puede convertirse en dependencia fronteriza.
Un Estado debe ser capaz de garantizar su soberanía y la seguridad de sus ciudadanos con independencia de los cambios de clima diplomático. Y la Unión Europea debe asumir de una vez que Ceuta y Melilla no son una periferia incómoda de España: son frontera exterior europea.
Lo que sucede allí nos afecta a todos.
Cuando se producen concentraciones de miles de personas dispuestas a intentar entrar irregularmente, reducir el debate a una cuestión humanitaria es insuficiente. La dimensión humana existe y debemos afrontarla con dignidad. Pero también existen las mafias, la instrumentalización de la desesperación y el riesgo de que una frontera se convierta en elemento de presión política.
Negarlo no ayuda a nadie.
Tampoco ayuda convertir la inmigración en un enfrentamiento ideológico permanente.
Europa necesita inmigración legal. Necesita trabajadores, talento y personas dispuestas a integrarse y construir aquí su futuro. Quienes llegan legalmente, trabajan, cumplen las normas y contribuyen a nuestra sociedad merecen respeto.
Precisamente por ellos debemos combatir la inmigración irregular y las redes que trafican con seres humanos.
No hay contradicción entre humanidad y firmeza.
Se puede rescatar a quien está en peligro y, al mismo tiempo, defender una frontera. Se puede acoger a quien tiene derecho a protección y exigir el cumplimiento de las leyes. Se puede defender la inmigración ordenada y afirmar que ningún país puede absorber flujos ilimitados sin consecuencias sociales.
Eso es gobernar.
Y 2obernar también significa anticiparse.
Ceuta necesita medios, infraestructuras, coordinación policial y respaldo político. Pero necesita, sobre todo, la certeza de que España y Europa tienen una estrategia estable para la frontera sur.
No podemos actuar únicamente cuando llega la crisis.
La política exterior seria se construye antes de que aparezcan los problemas. Se basa en acuerdos, inteligencia, capacidad de respuesta y relaciones diplomáticas sólidas. Y también en dejar claro, con serenidad, que la cooperación entre vecinos no implica renunciar a defender los propios intereses.
Marruecos defenderá los suyos. Es lógico.
España debe defender los suyos con la misma naturalidad.
Desde Cataluña, donde conocemos perfectamente la importancia de la convivencia y también las dificultades reales de integración cuando los servicios públicos están tensionados, deberíamos alejarnos de los extremos.
Ni discursos contra el inmigrante ni ingenuidad ante la inmigración irregular.
Orden, integración y sentido común.
El presidente de Ceuta habla desde una realidad que vive cada día. Conviene escucharle.
Porque detrás de Ceuta no está solamente Ceuta.
Está España.
Y detrás de la frontera española está también Europa.
Ha llegado el momento de que ambas actúen como ta



