A veces, políticamente hablando, me siento un poco solo. No porque dude de mis ideas, sino porque vivimos un tiempo dominado por los bloques, las trincheras y las etiquetas. Parece que, para ser catalanista, haya que ser obligatoriamente independentista; que, para defender la unidad de España, debamos renunciar a nuestra catalanidad; o que, para ser liberal y de centroderecha, tengamos que aceptar sin matices todo lo que deciden los grandes partidos.
Yo no me siento representado por ninguno de esos extremos.
Soy catalanista porque quiero a Cataluña, su lengua, su cultura y su manera de ser. No soy independentista porque creo que Cataluña puede defender mejor sus intereses desde el diálogo, la negociación y una participación activa en el conjunto de España.
Soy liberal porque creo en la libertad individual, en la iniciativa privada, en los autónomos y en las pequeñas y medianas empresas. También creo en una administración eficiente, que ayude al ciudadano en lugar de complicarle la vida.
Y me sitúo en el centroderecha porque defiendo el orden, la responsabilidad, la seguridad, el esfuerzo y el respeto a las instituciones. Esto no me impide tener una profunda sensibilidad social y humanista. Una sociedad avanzada debe proteger a quien lo necesita, pero también respetar y apoyar a quienes trabajan, arriesgan, crean empleo y generan riqueza.
Este año ha fallecido Josep Maria Trias de Bes, una figura representativa de aquel catalanismo moderado que quería influir en la política española sin renunciar a Cataluña. Militó en diferentes formaciones políticas, desde la UCD hasta CiU y posteriormente el Partido Popular, pero mantuvo una idea de fondo: Cataluña no debía aislarse ni vivir instalada en el conflicto. Debía participar, negociar y contribuir a la gobernabilidad de España.
No pretendo compararme con su trayectoria. Sí me identifico, en cambio, con aquella forma de entender la política.
Trias de Bes perteneció a una generación de catalanes que quiso construir desde el diálogo y nunca desde el enfrentamiento. Políticos que entendían que defender Cataluña no consistía en gritar más fuerte, sino en conseguir resultados. Que pactar no era rendirse y que discrepar no convertía al otro en un enemigo.
Hoy esa manera de hacer política parece haber quedado arrinconada. El debate público está dominado por quienes necesitan dividir a la sociedad entre buenos y malos, patriotas y traidores, catalanes auténticos y malos catalanes. Los moderados tenemos menos altavoces porque la serenidad hace menos ruido que la confrontación.
Pero que un espacio político tenga menos voz no significa que haya desaparecido.
Hay muchos catalanes que quieren a Cataluña sin querer separarse de España. Personas que desean una administración que funcione, unos impuestos razonables, seguridad en las calles, servicios públicos de calidad y políticos más preocupados por gestionar que por alimentar conflictos.
Ese es también mi espacio.
Cuanto más leo y mejor conozco la trayectoria de personas como Josep Maria Trias de Bes, más seguro estoy de mi posición. No pienso abandonarla porque hoy resulte más fácil apuntarse a uno de los extremos. La política no debería consistir en buscar el lugar más cómodo, sino en defender aquello en lo que uno cree, aunque a veces toque hacerlo en minoría.
Por Trias de Bes y por tantos otros catalanes que construyeron desde el diálogo, seguiremos defendiendo un catalanismo moderado, liberal, humanista y de centroderecha. Un catalanismo que tienda puentes, participe en la gobernabilidad de España y trabaje para resolver los problemas reales de los ciudadanos.
Puede que algunas veces nos sintamos solos. Pero no estamos equivocados ni hemos desaparecido. Seguimos aquí, hablando claro y defendiendo nuestra identidad sin convertirla en un muro contra nadie.



