“No a Sánchez” y no a quienes avalan sus patrañas

Un análisis crítico sobre las alianzas del sanchismo, el papel de la izquierda marginal y el uso electoralista del "No a la guerra" en el contexto de Irán y Ucrania

Pedro Sánchez, en una imagen de archivo.
Pedro Sánchez, en una imagen de archivo.

Escucho al candidato del PSOE de Sánchez a presidir la Junta de Castilla y León (CyL), Carlos Martínez Mínguez, alcalde de Soria, repetir junto al gran impostor de la política española, Sánchez Castejón, “No a la guerra”, y resuena en mi cabeza el título de mi columna de la semana pasada en este diario: ¿a cuántos engañarán este par de pájaros en esta ocasión? Porque se puede ser de izquierdas, de centro o de derechas, y hasta candidato del PSOE a la Junta, pero lo que una persona decente no puede bajo ninguna circunstancia es aparecer sonriente y abrazase junto a quién encumbró a Ábalos y luego lo protegió durante varios año, hasta febrero de 2024 al menos, para comprar su silencio, a quien nombró y mantuvo como su mano derecha a Cerdán (otro de los truhanes del Peugeot) hasta mayo de 2025, y, sobre todo, a quien traicionó a sí mismo y a su partido concediendo indultos a los líderes golpistas de ERC y Junts, y pactando el respaldo de EH Bildu en el Congreso a cambio de concesiones penitenciarias a los asesinos de ETA. 

¡Amos ya!

El currículo que ha acumulado en sus nueve años al frente de la secretaría general del PSOE y sus cerca de ocho años en la Moncloa presenta tal cúmulo de engaños a los ciudadanos y ataques al orden constitucional que, personalmente, no podría votar a ningún candidato a ocupar cualquier cargo en España que no vete la presencia de Sánchez, el gran tramposo y corrompedor de la política española, en su campaña. Y no podría hacerlo, aunque coincida con ellos en oponerme a la guerra en Irán, y rechace al igual que ellos la invasión y ocupación por Israel de Gaza, e incluso si compartiera, cosa que no ocurre en este caso, su “Sí a la guerra” en Ucrania. Y no lo haría porque considero que su oposición, tanto a la guerra de Irán y la invasión y ocupación de Gaza como su respaldo a la guerra en Ucrania, así como las apelaciones a respetar la legalidad internacional que les hemos escuchado estos días, responden a intereses espurios y exhalan un nauseabundo aroma oportunista. 

Hace unos días, escuché a Feijóo un comentario que ha pasado bastante desapercibido en los medios de comunicación y que, en mi opinión, retrata perfectamente al personaje y a esa corte de asentidoras y aplaudidores, intelectualmente menesterosos, con los que se ha rodeado como todo buen autócrata. Preguntaba el líder de la oposición por qué el presidente Sánchez avaló la ilegal anexión del Sáhara Occidental por parte de Marruecos en marzo de 2022, en lugar de denunciarla, una decisión personal adoptada con nocturnidad y alevosía, sin consultarla siquiera con sus fervorosas cortesanas. Y daba en el clavo Feijóo porque esa decisión rompía con la posición mantenida por todos los gobiernos democráticos desde 1978 sobre el futuro de la antigua colonia española, y, lo que resulta mucho más grave y políticamente pertinente, fue adoptada sin haberla debatido y aprobado en el Congreso, quizá por la simple razón de que contravenía la legalidad internacional, a saber, las innumerables resoluciones de Naciones Unidas en favor de celebrar un referéndum para determinar su futuro. O quizá por algunas otras razones de estado incluso más turbias. ¡Viva la autocracia!

Oportunistas de ‘izquierda’

Supongo que la señora vicepresidenta segunda no tendrá inconveniente en concederme que el presidente estuvo también en aquella ocasión con la legalidad internacional y en el lado correcto de la historia, no le queda otra, porque según ha confesado con patente admiración en varias ocasiones, Pedro I El Sabio siempre lo está. Por su apabullante historial laboral, colijo que a la susodicha la cartera de ministra de Trabajo le queda un poco grande y me consuelo pensando que sus conocimientos de Historia no creo que sobrepasen a los de los chavales de la ESO. En todo caso, considero oportuno mencionar esta circunstancia porque la acusación de oportunismo descarado afecta no sólo a los militantes del PSOE de Sánchez y a sus votantes, cómplices indirectos de las tramas del PSOE de Sánchez, sino a todas esas coaliciones y partidos de ‘izquierda’ marginal y marginada que se agarran como lapas a los sillones en las instituciones, levantan sus voces indignadas de vez en cuando para hacerse notar y que no se diga, y luego se pasan por sus despachos a cobrar sus buenas nóminas y a otra cosa mariposa.

La lotería casi nunca toca, deben decirse a sí mismos en privado, y a ver cuándo nos vemos en otra fiesta como ésta: presencia en los medios, ‘choferes’ a cualquier hora del día, viajes y dietas, gastos de representación y otras regalías. Quizá se acuerden ustedes de aquellos intrépidos izquierdistas que partieron rumbo a Israel en la flotilla de la paz para protestar por la invasión de Gaza, con Ada Colau como cabeza visible de la izquierda española.  Me pregunto por qué estos intrépidos brigadistas internacionales no han organizado ya otra flotilla para denunciar las nuevas agresiones de Israel, ahora contra Irán y el Líbano, ni han levantado la voz en exceso contra la presencia de buques de guerra de la Armada española en el escenario bélico, salvo Podemos que de perdidos al río. Desde luego, Sumar y la coalición naciente de izquierdas acusan al PP y a Vox de plegarse a Washington, pero ellos se han tragado la decisión de Sánchez y se han cuidado muy mucho de exigirle la vuelta de los dos buques a su base en Cartagena. Ladran, sin llegar morder la mano del amo que los alimenta. 

El repelente sabelotodo (Albares, ministro de Asuntos Exteriores) y la generala sin estrellas (Robles, portavoz oficioso de la Casa Blanca, según declaró el propio Albares) encargados de gestionar este espinoso asunto, nos han explicado que la moderna fragata Cristóbal Colón y el buque cisterna Cantabria enviados por el gobierno de España a Chipre han ido allí en misión de paz, para defender a un país miembro de la UE. Pero lo cierto, es que el único objetivo atacado en Chipre desde el 28 de febrero fue un hangar de una de las dos bases militares que mantiene el Reino Unido en la isla. Como todo el mundo sabe, el Reino Unido ya no forma parte de la UE y en la base Royal Air Force (RAF) atacada se aloja a un escuadrón de aviones espía U-2 de Estados Unidos. Como reconoce la BBC, “la base de la RAF en Akrotiri ha apoyado durante mucho tiempo las operaciones en Oriente Medio y, más recientemente, según se informa, ha sido utilizada para vuelos de vigilancia sobre Gaza. (Subrayado mío.) Casi con toda seguridad, los aviones espía estadounidenses en Chipre habrán suministrado también información militar a las fuerzas israelíes (Operación León Rugiente) y estadounidenses (Operación Furia Épica) para realizar sus operaciones contra Irán y Líbano desde el 28 de febrero.

Un eslogan de tres palabras

Sánchez ha encontrado en su “No a la guerra” un eslogan poderoso para distraer la atención de sus incontables engaños y corruptelas de toda índole que se han sucedido sin solución de continuidad desde aquel aciago 1 de junio de 2018 en que alcanzó la presidencia del Gobierno con 85 diputados y que como nuevo rico celebró de inmediato con un viajecito en Falcón para asistir en familia a un concierto de rock en la Comunidad Valenciana. Cuando al odiador, levantador de muros y excavador de fosas por excelencia, lo he visto aparecer en la pantalla esta semana para soltar una homilía sobre lo difícil que resulta odiar y predicar el amor, me ocurre lo mismo que me sucede cuando escucho a Trump considerarse acreedor del premio Nobel de la paz: siento vergüenza y nauseas ante tanta bajeza moral. Menudos dos adalides del amor fraterno y de la paz universal. La lástima es que no sean astronautas para enviarlos juntos a la Luna sin billete de vuelta.

Para Sánchez, la situación política del mundo se resume en cuatro palabras “No a la guerra”. Para satisfacer mi inclinación a economizar recursos, he reducido la situación política de España a tres: “No a Sánchez”. “No, no, y no y cien veces no”, parafraseando a Don Ciccio cuando confiesa al príncipe de Salinas en El Gatopardo, durante un descanso en una jornada de caza, que él votó “No” en el plebiscito popular y su voto negativo no quedó contabilizado. Y como a diferencia del expresidente González no tengo ataduras institucionales ni sentimentales con el PSOE, mi “No” no será un voto en blanco, sino un “Sí” a algún otro partido con un solo propósito: desalojar a Sánchez del Gobierno lo antes posible para poner fin a un periodo donde la corrupción política e institucional ha alcanzado cotas inimaginables antes de la llegada de Sánchez a la Moncloa. 

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