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El populismo autoritario global (I)

Notario, ex vocal del Consejo General del Poder Judicial y ex diputado del Parlament de Cataluña, Alfons López Tena firma el ensayo ‘No es nuestro primer rodeo: el populismo autoritario global’, que El Liberal ofrecerá a sus lectores en sucesivas entregas.

1.- Impera o perece 

Los países que se perciben como otrora poderosos y ahora en declive ofrecen una visión profunda y fascinante de los rincones más oscuros de la psique de las naciones en decadencia: cómo aquéllos que se consideran la espina dorsal de la nación, sus legítimos dueños, viven abrumados por el miedo de caer bajo el hechizo de Nirad Chaudhuri –La falta de poder tiende a corromper y la absoluta falta de poder corrompe absolutamente– y nutren una amarga nostalgia por los en buena parte imaginarios buenos tiempos en que por sí mismos gobernaron el mundo, los mares, como mínimo a sus vecinos, o al menos a sí mismos: un resentimiento patente en el 53% de los ingleses que votaron por abandonar la Unión Europea. 

Inglaterra es una de las muchas naciones cuyos autoproclamados legítimos dueños se representan como tambaleantes, poseídos por intenso anhelo de orgullo nacional. Se trata de una deriva global, pero casos extremos como el de Cataluña son a menudo los mejores para analizar una tendencia general, porque las fuerzas subyacentes que potencian una ola emergente afloran antes a la superficie en los países periféricos, sin los obstáculos que ponen unas instituciones más fuertes y unas tradiciones de libertad y cordura, que retrasan su ira destructiva hasta que deviene un tsunami que arrasa también a los países centrales, tan pronto como la mayoría tanto de la clase dominante como de la clase media baja sienten «una terrible sensación de decepción. El orgullo del país moderno ha sido mucho mayor que sus logros”, como escribió Fouad Ajami sobre Egipto.

En toda nación, siempre hay una cepa de resentimiento por haber perdido un pasado a veces real, pero en gran medida imaginado.

Alfons López Tena

En toda nación, siempre hay una cepa de resentimiento por haber perdido un pasado a veces real, pero en gran medida imaginado, más poderoso, y una nostalgia furiosa por un futuro que nunca llegó: la «historia de deseos deseados» de Kojève, en un juego donde hay ganadores y perdedores: o amos o esclavos.  

Uno de los casos más pronunciados de pérdida de poder en Europa es el de Cataluña, antaño una poderosa nación que gobernaba un Imperio Mediterráneo y que perdió la independencia hace cinco siglos, fue incorporada a España tres veces y a Francia dos, perdió su guerra de independencia en el siglo XVII, fue dividida entre España y Francia, se convirtió en una dependencia de esos vecinos más poderosos, y desde entonces centra su esfuerzo en evitar la asimilación y la desaparición

Es también un país abrumado por las cargas que Vesna Pešić señala sobre Serbia: “En países subdesarrollados como el nuestro, las cosas están mucho peor, porque aquí se puede mentir al infinito con impunidad. Esto se debe a que los ciudadanos son más pobres, menos educados, más propensos al autoritarismo, más impotentes y más desconfiados de la democracia; mientras a nuestras instituciones se las maltrata y debilita, los medios de comunicación son débiles y la economía frágil». Cataluña es también mi nación, y he sido testigo de sus aspiraciones y excesos, de sus políticas y maquinaciones, de sus encantos y delirios. Como alto funcionario, activista, político, y escritor, he luchado contra su deriva hacia un populismo autoritario, ahora omnipresente, desde sus primeras manifestaciones. En vano. 

Cataluña es también mi nación (…). Como alto funcionario, activista, político y escritor, he luchado contra su deriva hacia un populismo autoritario.

Alfons López Tena

En Inglaterra, Cataluña, Serbia, Hungría, Pakistán, los Estados Unidos, Tailandia, Italia, Turquía, Polonia, Israel, Brasil, India, por nombrar algunos, la globalización ha interrumpido la manera tradicional de administrar las cosas que aseguraba que la gente correcta – la «buena gente«, ellos- siempre gobernaría mediante el dominio del patrocinio y una extensa red de clientes alimentados por los fondos y recursos públicos. La competencia internacional, basada en los valores de la meritocracia, erosiona de manera constante e implacable la premisa fundamental de que sólo las personas adecuadas pueden prosperar porque son las que gozan de la protección de los gobernantes.

La meritocracia envalentona a todas las personas a valerse y prosperar por sí mismas, por lo que cada vez más gente que no es la adecuada prevalece sobre los que lo son, que se convierten en residuos de la globalización e, inveteradamente en el poder, caen en la cuenta tanto de la erosión de su significancia como de la gradual desaparición de todo lo que aprecian, y luchan para restaurar su dominio, cueste lo que cueste – incluso aplastando los derechos y libertades de esa «gente de cualquier parte» cuya destrucción total es necesaria para que la arraigada «gente de algún sitio» piense que no están siendo perseguidos: el thymos de Platón enloquece. 

Es la historia que se va repitiendo interminablemente, con más de un inquietante eco milenario del odio de la gente del campo contra la ciudad corrupta y atea; de campesinos y pastores profundamente arraigados contra los mercaderes fugaces. Una demonización de las ciudades, de donde brotan las enfermedades morales y físicas que amenazan al pueblo puro e inmaculado, que debe rebelarse para eliminar esos nidos de podredumbre, de Babilonia a Sarajevo 

Una demonización de las ciudades, de donde brotan las enfermedades morales y físicas que amenazan al pueblo puro e inmaculado, que debe rebelarse.

Alfons López Tena

Se produce una reacción violenta y el nacionalismo mayoritario contraataca, como lo define Mukul Kesavan: «la afirmación de que el destino político de una nación debe ser determinado por su mayoría religiosa o étnica… Los miembros de la fe y la cultura de la mayoría son vistos como verdaderos ciudadanos de la nación. El resto son ciudadanos de cortesía, invitados de la mayoría, que se espera que se comporten bien y con deferencia. Ser tolerado a discreción de la mayoría no es un sustituto de la ciudadanía plena en las democracias modernas. Es un estado de limbo, una condición crónicamente inestable. Una política que niega la plena ciudadanía a sus minorías tarde o temprano las privará de derechos políticos o las expulsará por el hecho de que, a pesar de ser residentes, no son en absoluto ciudadanos y de hecho pertenecen a otra parte».

Esos ciudadanos defectuosos, a quienes la meritocracia global ha envalentonado, dejan de comportarse bien y con deferencia a partir del momento en que prosperan por sí mismos sin ayuda de las sempiternas redes clientelares; dejan de someterse y precisan que se les recuerde cuál es su sitio. «La política del mayoritarianismo es el resultado de una imagen pacientemente construida por una mayoría que se cree agraviada y asediada, que ha sufrido durante mucho tiempo y se niega a sufrir más en silencio … La nación estaba siendo subvertida por minorías depredadoras”, cuya amenaza al statu quo es considerada por la mayoría mimada como una amenaza a sí mismos, que disfrutan de un nivel trófico más alto en la cadena alimentaria humana. 

Segunda entrega: El populismo autoritario global (II): Todo por los nuestros

Tercera entrega: El populismo autoritario global (III): Mafia política

Cuarta entrega: El populismo autoritario global (IV): Comunitarismo anti-meritocrático

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