Sobre el eterno juego de subir y bajar: ahora, Florentino

Una reflexión sobre cómo las figuras protegidas por el poder y el relato público acaban enfrentándose tarde o temprano al desgaste de su propia imagen

Florentino Pérez interviene en un acto oficial del Real Madrid junto a un panel con los títulos conquistados por el club.
Florentino Pérez durante un acto institucional del Real Madrid.

Vaya un cirio se ha montado con las declaraciones del Presidente del Real Madrid del pasado día 12. Resulta que se queja de estar siendo objeto de una persecución mediática, poco menos que un juicio paralelo, siendo así que, con toda evidencia, estamos ante una persona que goza desde tiempo inmemorial, y mediante unas u otras artes, de un auténtico blindaje en los medios de comunicación. Una línea Maginot, mejor que la original.

No erraba Luz Sánchez-Mellado cuando en El País del jueves 14, comparaba al personaje con el Rey Juan Carlos (“Florentino emérito”): otro que también se ha beneficiado durante años de una verdadera bula. Sus andanzas eran conocidas pero se comentaban en voz baja: una suerte de omertá, sólo que practicada por todos los componentes de lo que Jurgen Habermas llama la esfera pública, partidos políticos incluidos.

Y no hay dos sin tres. El tercero sería Jordi Pujol: todo el mundo estaba al cabo de la calle de los trapicheos suyos y de su familia, pero oficialmente se corrió durante décadas un tupido velo. Silencio estruendoso.

Ese tipo de cosas pasan, en efecto: gente con indulgencia plenaria y que, precisamente porque sabe que goza de ella (en eso consiste el poder), no se detienen ante nada. Y siempre rodeados de una corte -la tradición tribal de la sociedad española, quizá derivada de la herencia berebere- que, aun conociendo de primera mano las fechorías, y a veces incluso sufriéndolas en carne propia, no sólo no rechistan, sino que aplauden. Y es que nunca faltan justificaciones de las que echar mano, que suelen consistir en entender que el personaje encarna una causa superior -está investido de ella, como se decía en la querella a la que se puso término en Worms en 1122-, bien sea la presencia mundial del Real Madrid, la democracia española tan trabajosamente conquistada o la integridad de la Cataluña eterna frente a los enemigos seculares.

Los cambios en la opinión pública se producen poco a poco porque los molinos de las mentalidades ruedan con ritmos lentos

Pero, como explicó Gianbattista Vico, la historia tiene no sólo corsi sino también ricorsi, sin que haga falta que tales cosas se manifiesten en giros copernicanos que sobrevienen de sorpresa y de la noche a la mañana. Los cambios en la opinión pública se producen poco a poco, porque los molinos de las mentalidades ruedan con ritmos lentos. Pero llega un día en que las cosas -eso sí- detonan y la gente, hasta entonces complaciente, dice eso de que hasta aquí hemos llegado, como pasó en el París de 14 de julio de 1789 o en Túnez a finales de 2010, cuando un pequeño incidente hizo que estallara la Primavera árabe. Es lo que ha terminado sucediendo con los tres personajes que protagonizan este pequeño relato: un día cometen un error -lo propio de quien sufre lo que el general Kindelán, prohombre de la aviación, llamaba el mal de altura– y la coraza, que quizá empezaba a ofrecer síntomas de fatiga, se viene abajo: las bicocas no pueden durar eternamente.

Llegado ese momento, ocurre que el hasta entonces ungido del carisma o de la capacidad de intimidar (lo que hacía que la gente se autocensurase) no sólo no comprende lo que está pasando -que game is over, al menos desde el punto de vista del relato, poque también es cierto que el derrumbe no suele conllevar consecuencias judiciales: a Sus Señorías no les gustan los ensañamientos, lo que se dice hacer leña del árbol caído, y menos aún los que vienen ya a destiempo- sino que pasa a expresarse como una víctima y a responder acusando: “hay una conjura contra mí”. Y lo peor de todo es que estamos ante expresiones sinceras: él se cree lo que está diciendo. Prueba definitiva de que existen lo que los físicos llaman realidades paralelas o universos alternativos. Siguen quedando acólitos -menos, pero aún los suficientes- que se ocupan de que no se caiga del guindo. Todo salvo rendirse a la evidencia.

Visto desde fuera, y aun sin ser un experto en psicología social (y mucho menos en psiquiatría: no sé si se llama neurosis, delirio o paranoia), el espectáculo resulta interesantísimo. Tiene mucho morbo, aunque sólo sea por lo que se aprende sobre la condición humana y las debilidades de los que aparecen -y de hecho eran- como más fuertes que el común.

Sobre los cortesanos y su proverbial volubilidad (otra cosa pero pituitaria tienen), baste recordar a Juan Bragas de Pipaón, de la segunda serie de los Episodios Nacionales: nihil novum sub sole. Pasan de la rendida adulación a rasgarse las vestiduras.

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz
Catedrático de derecho administrativo y abogado.

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