Esta pendiente de veredicto un caso muy mediático en USA: el caso de Lindsay Clancy, enfermera de partos de Duxbury (Massachusetts), mató a sus tres hijos —Cora (5 años), Dawson (3) y Callan (8 meses)— el 24 de enero de 2023, mientras su entonces marido, Patrick, había salido a recoger comida y medicinas. Después intentó suicidarse saltando por una ventana del segundo piso; quedó paralizada de cintura para abajo. El bebé Callan murió días después.
No niega haber causado las muertes. Se declaró no culpable de tres cargos de asesinato en primer grado. El juicio finalizazó el pasado dia 26 de agosto y giró en torno a si era penalmente responsable.
La defensa
Argumenta que padecía psicosis posparto (y trastorno bipolar), agravada por más de una docena de medicamentos recetados por varios médicos. Dicen que oía una voz que le ordenaba matar a los niños y luego a sí misma, que había buscado ayuda (línea de crisis, urgencias, ingreso psiquiátrico poco antes) y que no podía distinguir el bien del mal ni controlar su conducta. Peritos como el psiquiatra forense Phillip Resnick (implicado también en el caso Andrea Yates) apoyaron esa tesis.
La acusación
Sostiene que planificó el acto: envió al marido a recados, calculó los tiempos y actuó de forma deliberada. Reconocen que tenía problemas de salud mental graves, pero niegan que estuviera en plena psicosis o que eso anule su responsabilidad. Si la condenan por asesinato en primer grado, se enfrenta a cadena perpetua sin libertad condicional. Si el jurado la declara no responsable penalmente, iría a un hospital psiquiátrico estatal. El juez también permitió al jurado considerar homicidio involunta
Por qué genera polémica
El caso se ha convertido en un proxy de debates más amplios: salud mental materna, responsabilidad penal, género y qué se considera “compasión” frente a “impunidad”. Aquí van las dos lecturas, tal como circulan.
Posición 1: Clancy como víctima de una enfermedad y de un sistema que falló
Esta lectura no suele negar que ella mató a los niños. Dice que eso no cierra la pregunta moral ni jurídica.
Argumentos típicos:
- Buscó ayuda de forma reiterada: varios médicos, muchas medicaciones, línea de crisis, urgencias, ingreso psiquiátrico. El relato es el de una mujer que pedía auxilio y recibió un parche de fármacos mal coordinados.
- La psicosis posparto existe, es rara y puede incluir alucinaciones de mandato y ruptura con la realidad. Quienes la defienden la comparan con Andrea Yates: no “tristeza de madre”, sino un brote que anula el control y la capacidad de distinguir lo correcto.
- El sistema sanitario —fragmentado, con varios prescriptores y poca continuidad— no detectó o no trató bien un bipolar / una psicosis. Las demandas civiles contra médicos refuerzan esa idea: si el daño era evitable, el foco no es solo ella.
- Muchas madres se reconocen en el agotamiento, el insomnio y los pensamientos intrusivos. De ahí las concentraciones de mujeres de rosa, el “Same, Lindsay” en TikTok y la consigna de que ignorar la salud mental materna vuelve a dejar a las mujeres solas hasta que ocurre una tragedia.
- Jurídicamente: si no podía conformar su conducta a la ley, no es “asesinato premeditado” sino un acto de alguien gravemente enferma. La consecuencia justa sería internamiento psiquiátrico, no cadena perpetua.
En esta visión, tratarla solo como monstruo es negar la enfermedad, estigmatizar a las madres que piden ayuda y repetir el patrón de no creerlas.
Posición 2: trato privilegiado y doble rasero cultural
Esta lectura acepta que tenía problemas mentales graves. Niega que eso la convierta en víctima principal ni que explique un trato público más blando.
Argumentos típicos:
- Tres niños muertos. La fiscalía sostiene planificación: sacó al marido de casa, calculó tiempos y actuó en esa ventana. Para esta corriente, organizar el escenario no encaja con “mente ausente”.
- Distinguen depresión posparto (muy frecuente) de psicosis (muy rara). Critican que el debate público mezcle ambas y que “me identifico con ella” se use como argumento moral. La mayoría de madres con depresión no mata a sus hijos; identificar ambos fenómenos, dicen, trivializa el crimen y la propia enfermedad.
- Ven un sesgo de género: si un padre hubiera hecho lo mismo, el relato dominante no sería “el sistema lo falló” ni habrían camisetas de apoyo a las puertas del juzgado. Acusan a medios, feminismo institucional y redes de aplicar un marco automático: mujer + maternidad + salud mental = víctima estructural.
- Comentaristas como Matt Walsh o Megyn Kelly lo formulan de forma dura: la compasión se agota cuando hay tres hijos muertos; la justicia exige responsabilidad plena. Otros, menos extremos, dicen que la enfermedad explica parte del contexto pero no borra la responsabilidad ni convierte el juicio en un referéndum sobre “creer a las mujeres”.
- Les irrita el espectáculo en redes: teorías sin pruebas contra el padre, “forensic fandom”, y la idea de que simpatizar con ella es una causa progresista. Lo leen como decadencia cultural: el horror de los niños queda en segundo plano frente a la narrativa identitaria de la madre.
Esta visión no significa necesariamente que la defensa jurídica sea inventada, sino que la cultura premia el marco de opresión/sistema/género y suaviza la responsabilidad cuando la autora encaja en ese molde.
Dónde choca de verdad el debate
- si la psicosis posparto, en este caso concreto, cumple el estándar legal de Massachusetts (no apreciar la ilicitud o no poder controlar la conducta);
- si la identificación empática de muchas mujeres es solidaridad sanitaria o una forma de diluir el filicidio;
- si el sistema médico falló de forma causal o eso se usa para desplazar la culpa;
- si un padre en la misma situación recibiría el mismo relato público.
Las dos posiciones pueden coincidir en un punto factual —estaba gravemente enferma y los niños murieron— y divergir por completo en qué debe prevalecer: el diagnóstico o el acto. El jurado, ahora deliberando, tiene que resolver solo la primera pregunta; la batalla cultural seguirá aunque haya veredicto.



