Una noche con las hormigas

Juan Jesús Vivas llevó a «El Hormiguero» la voz de Ceuta frente a un Gobierno empeñado en discutir las advertencias en lugar de asumir responsabilidades

Juan Jesús Vivas y Pablo Motos.
Juan Jesús Vivas y Pablo Motos en El Hormiguero.

Ayer 14 de septiembre de 2026 y vi  como un león hablaba en televisión  con unas Hormigas  contándoles como una frontera puede desaparecer sin que nadie derribe sus murallas. Estuve atento.

Primero ocurrió en la primavera de 2021 en donde el mar comenzó a llenarse de cuerpos y los hombres de un pequeño pueblo del Estrecho se convirtieron en rescatadores. 

Desde un monte no muy lejano una hiena miraba descubriendo que una frontera podía utilizarse como mensaje. No hacía falta escribir cartas pues bastaba con abrir una puerta.

En la lejana tierra central, el perro guardián  se incomodó y viajó apresuradamente hasta el Estrecho. Habló de fronteras, de soberanía, de firmeza y de seguridad.

Pasaron los años. Las fotografías de 2021 fueron desapareciendo de las portadas. Los discursos cambiaron. Los ministros cambiaron. Las urgencias cambiaron. Pero la frontera permaneció exactamente donde estaba; y la hiena tambien: esperando, observando, aprendiendo. 

Mientras tanto el león, responsable político de aquel pequeño pueblo, seguía tejiendo unidad y pertenencia, a pesar de todo. 

Pero un día volvieron a escucharse rumores. Las señales crecieron. Llegaron advertencias. Circularon mensajes. Aparecieron convocatorias. Y el león comenzó otra vez a mirar hacia la frontera.

Entonces ocurrió lo que debía haber sido imposible después de la primavera de 2021.

El león miró. El pueblo miró. Los soldados miraron. Los guardias miraron. Las cámaras miraron. Solamente el perro guardián tuvo dificultades para mirar. Su escribano le dijo “No existió advertencia suficiente”. Otro añadió: “No puede hablarse propiamente de imprevisión”. Un tercero explicó: “Las informaciones disponibles no permitían anticipar la magnitud”. Y otro, particularmente habilidoso, consiguió transformar una sucesión de avisos en una sucesión de malentendidos. 

El león rememoró la historia, esa que siempre se repite en forma de eficaz  rueda de prensa donde el trilero esconde el guisante en el cubilete adecuado.

Y recordó aquella vieja y rebelde granja de George Orwell, en donde los animales descubrían por la mañana que los mandamientos y las palabras escritas durante la noche ya no significaban exactamente lo mismo.

El león comprobó que el perro guardián  había perfeccionado el procedimiento. Ya no hacía falta borrar la pared donde se escribían las palabras. Bastaba con discutir qué significaban las palabras. 

El perro guardián había instruido que, si alguien enseñaba una fotografía, se respondería que faltaba contexto. Si alguien mostraba una cifra, se explicaría que debía interpretarse. Si aparecía un documento, se discutía el procedimiento mediante el cual había llegado tal documento. 

Y mientras tanto la hiena sonreía desde su colina comprendiendo una verdad elemental: si aquel a quien consideras tu adversario discute permanentemente consigo mismo, apenas necesitas combatirlo.

Entonces comprendí por qué el león se había ido con las hormigas, porque  que eran las que mejor parecían entenderlo. Y ante ellas rugió: Rugió porque existe una diferencia moral entre equivocarse y negar la equivocación. Entre no saber y no querer saber. Entre desconocer una advertencia y discutir eternamente quién debía haberla leído. Entre asumir una responsabilidad y esconderla debajo de una montaña de palabras.

Comenzó así una batalla mucho más extraña que cualquier batalla fronteriza. No se luchaba con espadas. Se luchaba con versiones. De un lado estaban los hechos. Del otro, las interpretaciones. Y, en medio, los ciudadanos intentando comprender cómo podía existir tanta distancia entre aquello que veían y aquello que algunos aseguraban que debían ver.

El pequeño pueblo del Estrecho comenzó a cansarse. Releyó entonces las reglas fundamentales que en su día había votado y llamó al Árbitro -al que algunos ancianos del pueblo llamaban también Majestad-. Su Majestad  no gobernaba  mediante conjuros ni estaba por encima de las leyes, sino que representaba la continuidad del pueblo, la permanencia de sus instituciones y la serena autoridad de la ecuanimidad. Allí donde gobernar no significa poseer. Allí donde servir no significa apropiarse. Allí donde ninguna institución puede permanecer digna si necesita convertir la mentira en método.

Su Majestad sabía que las democracias no se destruyen solamente cuando alguien viola sus leyes; tambien enferman cuando nadie responde por sus errores. Cuando todos son responsables, pero ninguno tiene responsabilidad. Cuando cada fracaso encuentra una explicación y ninguna explicación encuentra un responsable.

Su misión era la de recordar que la verdad existe. Que dos y dos continúan siendo cuatro, aunque un consejo de ministros vote lo contrario. Que una fotografía no deja de mostrar lo ocurrido porque resulte políticamente incómoda. Que una advertencia no desaparece porque alguien discuta el nombre administrativo que debía recibir. Y que la realidad no cambia porque el poder encuentre una palabra más conveniente para denominarla.

Su misión tambien era la de recordar que ningún gobierno, ningún partido y ningún dirigente posee el monopolio de la patria, pues ésta tambien reside en ese pequeño pueblo épico y valeroso que lleva siglos viviendo allí donde Europa termina y África comienza.

El león  agradeció haber pasado esa noche  con las hormigas porque su rugido había sido escuchado, porque los hechos habían sido expuestos y porque la mentira, aun cuando trate de conquistar el presente, jamás adquirirá derechos sobre el pasado.

Cuando apagué la tv marché a la cama con la certeza de que la Historia, cuando finalmente dicte sentencia, premiará la dignidad, honrará a los honrados y pondrá la corrupción y la mentira en el lugar que merecen.

Nicolas de Salas
Nicolas de Salas
Vicepresidente Lliga Democràtica

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