Mbappé, Mao y el precio de la libertad

Kylian Mbappé

Una broma de Kylian Mbappé sobre un montaje fotográfico que lo comparaba con Mao Zedong ha provocado una crisis diplomática, deportiva y comercial de proporciones sorprendentes. El futbolista francés se limitó a referirse al fundador de la República Popular China como un dictador. La respuesta ha sido fulminante: suspensión de retransmisiones de LaLiga, ruptura de contratos publicitarios y una campaña de indignación que ha terminado obligando al jugador a pedir disculpas.

La cuestión verdaderamente relevante no es si la broma era afortunada, sino por qué una referencia humorística a un dirigente fallecido hace medio siglo puede desencadenar semejante reacción.

Imaginemos que Mbappé hubiera realizado una broma equivalente sobre Donald Trump, Joe Biden o cualquier otro presidente estadounidense. Probablemente habría provocado críticas, aplausos o discusiones en las redes sociales. Pero difícilmente la televisión pública estadounidense habría suspendido las retransmisiones de la Liga española por considerar intolerable una ofensa a un antiguo presidente.

La capacidad de soportar la crítica, la sátira e incluso la burla es uno de los rasgos esenciales de una democracia. Los dirigentes políticos no son figuras sagradas y su trayectoria debe poder ser examinada sin restricciones impuestas por el poder.

Mao Zedong es una figura histórica cuya responsabilidad en episodios como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural ha sido objeto de extensas investigaciones. Calificarlo de dictador no constituye una extravagancia histórica, aunque en China su figura siga ocupando un lugar central en la legitimidad del Partido Comunista.

Pero quizá lo más significativo de este episodio no sea la reacción china, relativamente coherente con las restricciones políticas de su sistesistema, sino la actitud de quienes, desde nuestras democracias, han corrido a censurar al futbolista.

Especialmente decepcionante resulta la reacción de Javier Tebas. El presidente de LaLiga no se ha limitado a lamentar el conflicto comercial, sino que ha pedido disculpas por las palabras del jugador y anunciado medidas de sensibilización para evitar nuevos incidentes.

Es comprensible que el responsable de una competición con importantes intereses económicos en China trate de preservar sus contratos. Lo discutible es que esa preocupación comercial termine convirtiéndose en una presión sobre la libertad de expresión de los futbolistas.

¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar nuestros principios democráticos para no incomodar a nuestros socios comerciales?

El episodio invita también a reflexionar sobre una paradoja de nuestro tiempo. Mientras algunos sectores presentan a Estados Unidos como una dictadura y reivindican las supuestas virtudes democráticas del modelo chino, incidentes como este permiten observar diferencias institucionales muy concretas.

Estados Unidos puede atravesar crisis políticas, sufrir tensiones institucionales y tener dirigentes que cuestionen las reglas democráticas. Pero conserva elecciones competitivas, pluralismo político, medios independientes y mecanismos judiciales para proteger la libertad de expresión.

China, por el contrario, mantiene el monopolio político del Partido Comunista, restringe la oposición organizada y somete a importantes controles la información y la crítica política.

No se trata de negar los problemas de la democracia estadounidense ni los éxitos económicos de China. Se trata de evitar que la admiración por su desarrollo económico, la afinidad ideológica o la conveniencia comercial lleven a confundir dos sistemas políticos profundamente distintos.

Mbappé ya ha pedido disculpas. Es su derecho y probablemente ha querido poner fin a una polémica que amenazaba sus intereses profesionales. Pero sería lamentable que la conclusión del episodio fuese que los deportistas deben abstenerse de cualquier comentario político susceptible de incomodar a un gobierno extranjero.

Porque la libertad de expresión no consiste en poder decir únicamente aquello que agrada al poder. Consiste, precisamente, en poder decir también aquello que le molesta.

Y una sociedad que empieza a disculparse por ejercer esa libertad debería preguntarse qué está dispuesta a perder para conservar sus negocios.

Francesc Moreno
Francesc Moreno
Abogado y editor. Ha sido profesor de derecho financiero en la UAB y derecho mercantil en la UB. Fundador de cronicaglobal.com y SCC .

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