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Infeliz aniversario

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Volodímir Zelenski y Vladímir Putin / X.

El 24 de febrero se cumplieron cuatro años de la invasión de Ucrania por el ejército de la Federación Rusa (Rusia) sin que existan visos de un alto el fuego que ponga fin al horror de una guerra que se ha cobrado un número altísimo de víctimas. En el interminable lapso transcurrido desde aquel fatídico día se han sucedido batallas enconadas para ganar unos pocos kilómetros de tierra que se estima se han cobrado la vida de decenas y decenas de miles de soldados rusos (entre 275.000 y 325.000) y soldados ucranianos (entre 100.000 y 140.000) en el frente, según el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), y han dejado heridos a cientos de miles de combatientes rusos, entre 875.000 y 925.000, y entre 360.000 y 400.000 ucranianos, con un total de bajas estimado de 1,2 millones en el lado ruso y 500.000 en el ucraniano. 

La población civil ha padecido también los horrores de la guerra en las zonas en disputa y en las ciudades golpeadas por misiles y drones en la retaguardia. Según Naciones Unidas, las cifras de civiles muertos, 2.514, y heridos, 12.142, en 2025 son las más elevadas desde 2022. El pasado 12 de noviembre, Naciones Unidas cifraba en 14.534 el número de civiles muertos y en 53.006 el número total de víctimas hasta diciembre de 2025. La Agencia de Refugiados de Naciones Unidas (UNHCR) estima en 5,9 millones el número de ucranianos refugiados y en 3,7 millones el de desplazados dentro de Ucrania. Millones de familias han visto sus vidas truncadas por el éxodo y la situación no es mucho mejor para quienes han permanecido y sobreviven desplazados o en condiciones muy penosas.

Para completar este retablo de los horrores de la guerra, resulta obligado referirse a la devastación del tejido urbano y las infraestructuras que tardarán muchos años en recuperarse.  Una reciente publicación de Naciones Unidas estima en 500.000 millones de euros la inversión a realizar durante una década, una carga que recaerá en buena medida sobre la UE, de forma inmediata en caso de que el proceso de adhesión de Ucrania se complete, como pide Zelensky, en 2027, o bien a partir de 2030 como sugirieron la presidenta de la Comisión y el presidente del Consejo de la UE en su reciente visita a Kiev, precisamente en el cuarto aniversario del inicio de la invasión. Abróchense los cinturones que vienen curvas.

Proseguir con la guerra subrogada

A la vista de la terrible situación que viven los ucranianos caben dos posiciones. Algunos líderes pretenden continuar la guerra convencidos de que las enormes bajas sufridas por el ejército ruso, el impacto de las sanciones económicas y la congelación de los activos rusos en Estados Unidos y la UE obligarán al Kremlin a negociar a la baja. La llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos ha debilitado este frente proguerra que ahora lideran casi en exclusiva los europeos, con el premier Starmer y el presidente Macron como principales estrellas. La tesis que defienden es que la invasión de Ucrania constituye una seria amenaza para la seguridad del resto de países europeos, y hay que seguir alimentando la guerra para frenar las aspiraciones imperialistas de Rusia. Como puede observarse en el gráfico elaborado por el Kiel Institute, los países europeos han pasado a ser con su ayuda militar y económica casi el único soporte con que cuenta Zelensky para proseguir la guerra desde 2025.

El punto más débil de esta tesis resulta tan obvio que causa cierto pudor hasta mencionarlo: si Rusia ha sido incapaz en cuatro años de controlar siquiera una parte sustancial de Ucrania en un frente de algo más de 1000 km, ¿cómo podría abrir un frente de varios miles de km y enfrentarse a los ejércitos combinados del resto de países europeos y a las fuerzas de la OTAN? No está mal recordar que, hasta la fecha, han sido los países europeos, Francia y Alemania, quienes han invadido Rusia, no al contrario. Mientras Macron y Starmer departen y confrontan estrategias militares, instalados en cómodos sillones y degustan los siempre bien atendidos manteles del Eliseo, los ucranianos se desangran y sufren inmensos padecimientos cada día que esta cruel guerra se prolonga.

Poner fin a una guerra inútil

Para cualquier observador preocupado por el bienestar de los ucranianos, no por el de Putin ni el de Zelensky, la prolongación de esta guerra constituye un auténtico despropósito por la simple razón de que ninguno de los dos bandos va a alcanzar la victoria total ni va a salir derrotado, a diferencia de lo ocurrido a los aliados y a las fuerzas del eje en 1945. Y si nadie va a ganar esta guerra, la obligación moral es ponerse manos a la obra para intentar acabarla lo antes posible y evitar que se produzcan más víctimas, más destrucción y sufrimientos inútiles. Así se lo planteé a Borrell, entonces Alto Representante de la UE, en el coloquio de una conferencia que impartió en noviembre de 2022 en la Fundación Carlos de Amberes. Y me parece pertinente recordar también que ya a finales de abril de 2022 se había ultimado un plan de paz listo para la firma, pero que la Administración Biden decidió rechazar para prolongar la guerra y desgastar a Rusia, sin que la UE levantara su voz para impedirlo.

El borrador del plan de paz negociado en Turquía contemplaba la creación de un grupo de estados, que incluía inicialmente a Gran Bretaña, China, Rusia, Estados Unidos, Francia, Turquía, Alemania, Canadá, Italia, Polonia e Israel, encargados de vigilar la implementación del acuerdo. El gobierno de Ucrania obtenía garantías de seguridad internacionales a cambio de comprometerse a “no formar parte de alianzas militares, no desplegar bases militares extrajeras en su territorio ni realizar ejercicios militares con fuerzas internacionales”. Las garantías de seguridad a Ucrania excluían expresamente la península de Crimea, anexionada a Rusia en marzo de 2014 y contemplaban una redefinición de los bordes territoriales de las regiones de Donetsk and Luhansk en disputa. ¡Cuántas decenas de miles de víctimas, bajas y sufrimiento de ambos bandos podrían haberse evitado de haberse firmado este acuerdo dos o tres meses después del inicio de la invasión!

El texto del borrador para poner fin al conflicto ponía de manifiesto que la imparable expansión de la OTAN hacia el Este, iniciada en 1998 y que contemplaba explícitamente la adhesión de Georgia y Ucrania desde la cumbre de la Alianza celebrada en Bucarest en 2008 (véase, punto 23 de la declaración), constituía la principal preocupación del Kremlin. La prolongación de la guerra no ha mejorado las perspectivas de alcanzar un acuerdo de paz más favorable para Ucrania tras cuatro años de guerra y pensar que prolongarla algunos meses más reforzará su posición en la mesa de negociación constituye una ilusión carente de fundamento. Así que la cuestión sustancial en estos momentos no es quién inició la guerra, Rusia, mucho menos si conviene prolongarla hasta que Ucrania recupere todos los territorios ocupados, algo sumamente improbable, sino sentarse para acordar las garantías de seguridad que la comunidad internacional puede ofrecer tanto a Ucrania como a Rusia. A los dos países.


Poner fin a esta guerra beneficiaría principalmente a ucranianos y rusos, que son quienes la están padeciendo en primera persona, aunque resultaría también muy beneficiosa para el resto de países europeos que verían reducida la factura de la guerra y podrían tender puentes con Rusia y restablecer la mutuamente fructífera cooperación comercial y financiera iniciada tras la caída de la Unión Soviética, un horizonte esperanzador al final de la Guerra Fría que se vio bruscamente torpedeado por la decisión de incorporar a Ucrania a la OTAN en la cumbre de Bucarest en 2008, se emponzoñó tras la desestabilización del gobierno de Yanukovich por la Administración Obama y la subsiguiente anexión de Crimea por parte de Rusia en marzo de 2014, y recibió simbólicamente el golpe de gracia cuando la Administración Biden hizo saltar por las aguas del Báltico los gasoductos North Stream I y II en septiembre de 2022.

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