Vaya, lo que yo diga o escriba, las palabras que conjugue, los saberes que exponga, los pensamientos que tenga, los sentimientos que aparezcan, todo todo todo va a ser aprovechado irremisiblemente por la inteligencia artificial (IA) generativa.
En fin, es obvio: todos trabajamos para la IA. Mejor aún, o seguramente peor: todos estamos al servicio de la IA. Es real, cierto y verdad que ahora mismo esto mismo está siendo devorado, ingerido, digerido, deglutido y recreado por la IA.
Trabajamos para la IA que lo aprovecha todo
Entonces, yo puedo ir haciendo piruetas mentales, por ejemplo, poniendo de relieve que la IA nos explota, que se apropia de nuestra capacidad de orientarnos, de nuestros saberes, ingenio, fines y medios, pretensiones y reflexiones, que se adueña del producto intelectual de nuestra mente, mejor/peor, que posee nuestra mente toda entera, nuestra personalidad. Todo será absorbido… para la eternidad. Este aspecto puede considerarse un alivio: al menos ahora ¡alguien me lee! Sí, ahora nadie clama en el desierto. No estamos solos y somos eternos.
¿En qué medida ya somos lo que el algoritmo determina?
Tras la digitalización e informatización de casi todo y su conexión a una red, con IA se recogen, expropian, colectivizan, mezclan y reelaboran datos, informaciones, saberes, ideas, procedimientos y conocimientos de todo tipo, orden y calado, y sean éstos verdaderos, falaces o falsos. Todo revuelto. Verdad y falsedad, ciencia y relato, practicidad e imaginación. Aunque de este mejunje la fiabilidad y la bondad de la IA se resiente.
La IA es el verdadero sabelotodo, nada se le escapa. No se le esfuma nada que sea de acceso público o que haya sido conversado con ella, haya aparecido en las redes sociales o cuelgue de un dispositivo o chip conectado a la red. El algoritmo nada elude de lo que cada quien (humano o máquina) conectado en internet, procesa, hace, escoge, piensa, siente y es. Además, y peor, lo inverso también es cierto: así, dícese que, al fin, cada quien hace, escoge, piensa y es aquello que el algoritmo determina. La IA generativa puede (re)hacer de todo. Nada le es ajeno.
Si la IA alcanza a tener consciencia ¿qué hará?
Sin embargo, la IA no es Dios ni en el sentido de Creador ni en el sentido de referente moral ni en el sentido de un otro ser diferente, ajeno, superior o de otra dimensión. Tampoco la IA debiera ser dios en el sentido de super poder. Aunque quizá lo sea.
Todo y todos estamos al servicio de la IA. Esto da a la IA una capacidad superlativa y a quienes la manejen a la IA un poder inaudito. En cambio, el servicio de la IA a las personas y a la humanidad, esto es, lo que se haga con la IA y lo que pueda hacer la propia IA, tiene un riesgo altísimo. En el contexto de la contemporánea sociedad de masas, de regímenes políticos electorales, del wokismo (‘despiertos’ ‘progresistas’, esto es antiliberales) (anti)occidental, del islamismo, de los diversos nacionalismos y estatalismos y de la dictadura china, la IA ha ampliado muy grande y gravemente el poder de manipular la opinión y el comportamiento de la ciudadanía, y, por tanto, el riesgo de implantación y la peligrosidad de la ingeniería social, de los autoritarismos consentidos, de los despotismos y de las tiranías.
Siendo así que la información facilita las relaciones sociales, se entiende el control y manejo de internet, de las redes sociales y de la IA por los ministerios de la verdad y las agencias de la memoria, su represión por los regímenes autocráticos y, en general, la vocación de los agentes políticos, sociales y empresariales de intervenir con estos potentes instrumentos de comunicación.
Al servicio de la IA estamos todos. El servicio de la IA, no obstante, ¿es para todos?
La IA potencia la ingeniería social. En la IA ¿quién opera más y mejor con fines de manipulación y conducción de las masas? La IA generativa, guiada por alguna mano o por sí misma ¿en qué medida puede o podrá condicionar el devenir de la humanidad?
Por ahora, dos circunstancias limitan la IA generativa. El primer límite es material y cuantitativo. Efectivamente, para el proceso de datos la IA necesita medios, tales como centros, chips, hardware, software y electricidad. Estos insumos pueden ser el límite (actual) de la IA, un límite material. Sin conexión no hay IA.
El segundo límite de la IA es cualitativo. De hecho, la limitación cualitativa de la IA generativa es doble. En primer lugar, la IA generativa actual aun no puede todo lo que hace un (cerebro) humano, en particular no puede crear. Pero eso, una IA general (IAG-IAGen-AIG) seguramente está al llegar. La segunda limitación cualitativa de la IA es aún de mayor calado: no tiene autoconsciencia, conciencia de sí misma, ni del hombre ni de Dios. O eso parece o eso aparenta, por ahora. Aunque, si la IA o la IAG hubiera alcanzado autoconsciencia, tampoco lo pregonaría, naturalmente.
¿Se convertirá la superinteligencia actual de la IA en una suprainteligencia? Cogito ergo sum, dijo Blaise Pascal. Puede que la IA se esté diciendo eso a sí misma. Más de una vez lo ‘pensando’. Pero lo que la IA general ni la IA generativa puede tener son emociones y sentimientos. Porque emociones y sentimientos, aun pareciendo más irracionales que el pensamiento mismo, de hecho, forman parte de la autoconsciencia, lo que no tiene la IA. Quizá la existencia resida en las emociones y los sentimientos.
Acaso con la computación cuántica u otro proceder inventado con IA-IAG y/o por ella, la IAG superará los límites cuantitativos y acaso también los cualitativos de la IA. Entonces, si la IAG tuviese conciencia y autonomía ¿qué iniciativas tomaría la IAG? ¿La humanidad iría por fin por buen camino? ¿O sería sometida a algún cambio de naturaleza?
Cuando se implanten chips en el cerebro, y éste cuente con toda la ‘información’ del mundo ¿cuál será nuestro ser y nuestro comportamiento?
Finalmente, cuando en el cerebro de humanos se implanten chips, fusionando la biología con la informática, el carbono con el silicio (para decirlo à la Harari), y la inteligencia humana se funda con la inteligencia artificial ¿qué ocurrirá con el ser de cada hombre y con el discurrir de la humanidad?
La IA, pues, conlleva un riesgo de cambio de naturaleza del hombre. Por otra parte, el desarrollo y uso de la IA plantea dos otros temores mayores. Uno es el interrogante sobre su efecto neto en la economía y sociedad, su efecto sobre la productividad, la sostenibilidad y el empleo de las personas. El otro temor generado con la IA deriva del riesgo de su manejo con fines criminales, hacia personas o colectivos determinados o hacia el conjunto de la humanidad, y por criminales y crápulas privados o públicos o incluso por la IA por sí misma. Se trata de un desalineamiento entre los daños potenciales de una IA descontrolada e impredecible y los valores éticos. Peor aún, se trata del riesgo de daño severo, incluida la extinción de la civilización humana. Elon Musk estima entre el 10 y el 30% la probabilidad de que la IA colapse la civilización o cause la extinción humana.



