Marruecos tiene una estrategia ¿y España?

He escuchado con atención las palabras del rey de Marruecos hablando de estabilidad, fortaleza institucional, desarrollo y visión estratégica. Y reconozco que me han llevado a una reflexión quizás incómoda.

Marruecos sabe lo que quiere.

Tiene una estrategia de Estado, defiende sus intereses nacionales y trabaja con una visión que va mucho más allá de una legislatura. Podemos estar de acuerdo o no con determinadas decisiones del reino alauí, pero sería un error no reconocer que actúa pensando en el largo plazo.

La pregunta incómoda es otra:

¿Puede España decir lo mismo?

Porque cuando hablamos de Marruecos, Ceuta, Melilla, inmigración o seguridad fronteriza, demasiadas veces tengo la sensación de que España reacciona mientras Marruecos planifica.

Y un país no puede gestionar su política exterior a golpe de acontecimientos.

Ceuta y Melilla son España. No hace falta gritarlo ni envolverlo en banderas. Es una realidad política, jurídica e histórica que un Estado democrático debe defender con absoluta normalidad.

Precisamente por eso España necesita mantener una excelente relación con Marruecos.

Somos vecinos. Tenemos intereses económicos comunes, necesitamos cooperación en materia de seguridad y migración y compartimos un espacio estratégico extraordinariamente sensible entre Europa y África.

Pero una buena relación entre países adultos debe construirse sobre tres principios: respeto, reciprocidad y confianza.

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Y mucho menos podemos aceptar que la seguridad de nuestras fronteras termine dependiendo de las circunstancias políticas o de la voluntad de un tercer país.

Lo ocurrido recientemente en Ceuta debería servirnos de advertencia.

Cuando miles de personas intentan aproximarse o acceder a una frontera europea en un espacio reducido de tiempo, ya no estamos únicamente ante un problema migratorio. Estamos ante una cuestión de seguridad, política exterior y capacidad del Estado.

Por supuesto que existen mafias que trafican con seres humanos. Por supuesto que existen pobreza, desesperación y personas que buscan legítimamente una vida mejor.

Pero un Estado serio tiene la obligación de mirar el problema completo.

Europa debe ser solidaria, pero también debe controlar sus fronteras.

La inmigración legal, ordenada y vinculada al trabajo y a la integración puede aportar talento, riqueza y futuro a nuestras sociedades. Europa necesita inmigración.

Pero inmigración no significa ausencia de reglas.

Cuando los flujos migratorios superan la capacidad de absorción de una sociedad aparecen problemas de vivienda, educación, sanidad, seguridad e integración. Negarlo por corrección política es tan irresponsable como culpar a todos los inmigrantes de nuestros problemas.

Ni una cosa ni la otra.

Hay que recuperar algo que parece haber desaparecido demasiadas veces del debate político: el sentido común.

Y aquí llegamos al fondo de la cuestión.

Marruecos tiene una estrategia nacional.

España necesita recuperar la suya.

Nuestra política respecto al norte de África no puede depender del Gobierno de turno, de una mayoría parlamentaria circunstancial o de las necesidades políticas de una legislatura.

Necesitamos una política de Estado compartida por los grandes partidos y mantenida en el tiempo.

Y necesitamos también a Europa.

Porque Ceuta y Melilla no son solamente la frontera sur de España. Son una de las fronteras exteriores de la Unión Europea.

Bruselas debe entender que proteger Ceuta y Melilla es también proteger Europa.

Esto no significa construir una Europa cerrada.

Significa construir una Europa ordenada.

Una Europa capaz de decidir quién entra, cómo entra y bajo qué condiciones. Una Europa que proteja al refugiado, que reciba al inmigrante que viene a trabajar y que persiga sin complejos a las mafias que comercian con la desesperación humana.

Desde Cataluña deberíamos entender perfectamente este debate.

Somos una sociedad abierta, plural y acostumbrada a recibir personas de todo el mundo. Y debemos seguir siéndolo.

Pero precisamente para preservar ese modelo necesitamos integración, reglas y capacidad de gestión.

Porque cuando el Estado pierde el control, quienes primero pagan las consecuencias no son las élites.

Son las clases medias y trabajadoras.

Son quienes necesitan una vivienda asequible, una escuela pública, un médico, unos servicios sociales o seguridad en su barrio.

Y también son los inmigrantes que llegaron legalmente, trabajan, pagan impuestos y han construido aquí su proyecto de vida.

Por eso defender unas fronteras ordenadas no es ir contra la inmigración.

Es defender la convivencia.

Quizás deberíamos dejar de preguntarnos constantemente qué pretende Marruecos y empezar a preguntarnos qué pretende España.

No reprocho a Marruecos que piense estratégicamente-

Lo que me preocupa es que nosotros hayamos dejado de hacerlo.

España necesita recuperar una política exterior basada en sus intereses, compatible con una relación excelente con Marruecos y con una defensa inequívoca de Ceuta y Melilla.

Sin estridencias.

Sin complejos.

Y sin ingenuidad.

Porque en geopolítica la amistad es importante, pero los intereses nacionales existen.

Marruecos lo sabe perfectamente.

España debería recordarlo.

Pere Gotanegra Julià
Pere Gotanegra Julià
Pere Gotanegra Julià (Roses, 1957) és empresari i regidor de Lliures x Roses – APL. Dirigeix Depuradora Servimar i Pescadors de Roses, i és cofundador del Grup Estimar. Es defineix com “empresari per devoció, polític per compromís i humanista per gratitud”.

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