El incidente de Elche: de actuación policial desafortunada a instrumento de movilización independentista

Banderas 'esteladas' durante una Diada.

El independentismo no ha pasado página del 17O. Simplemente espera agazapado la oportunidad de rehacerse. Y cree que puede hacerlo utilizando al Barça. La reacción victimista, furibunda y desproporcionada de todo el mundo independentista cuestiona el relato gubernamental de la reconciliación. La no realización del homenaje a los 8 jugadores blaugrana campeones del mundo, como ya pedían sectores del independentismo antes del incidente de Elche, otra prueba de que se antepone la política a los sentimientos de los propios jugadores.

El pasado domingo en los aledaños del estadio Martínez Valero, antes del Elche-Barça, la Policía Nacional intervino contra un aficionado que portaba una estelada. Hay que recordar que si se tratara , por ejemplo, de un partido de Champions , la estelada se consideraría un símbolo político por no representar a ninguna federación y , por tanto, ilegal en un estadio según la normativa FiFA ( como la española franquista ). Las imágenes muestran forcejeos, la retirada de la bandera, resistencia, reducción al suelo y uso de porras. Hubo al menos una detención. El FC Barcelona condenó un “uso desproporcionado de la fuerza”. Junts, ERC y la CUP hablaron de abuso, exigieron explicaciones a Marlaska e incluso calificaron a los agentes de “animales”. Se abrió una investigación interna. El ministro admitió que pudo haber desproporción. El Sindicato Unificado de Policía, por su parte, defendió la actuación, afirmó que el joven agredió y escupió, y rechazó la politización del fútbol.

Hasta aquí los hechos conocidos, todavía bajo investigación. Una intervención policial en un contexto de tensión previa a un partido de alto voltaje, con banderas independentistas y aficiones enfrentadas, no es un hecho excepcional en el fútbol español. Puede haber sido desafortunada, excesiva en algún momento o justificada por resistencia. Eso es lo que debe aclarar la investigación, no los titulares ni los comunicados de partido.

Lo que sí resulta claro es el uso político inmediato. El independentismo ha convertido este episodio —menor en escala, localizado y todavía sin sentencia— en un caso de “catalanofobia estructural”, “violencia policial española” y ataque a la libertad de expresión. y es que la movilización de cara al 11 de septiembre era inexistente y el incidente viene de perlas. Se moviliza a la afición del Barça, se exige dimisiones o comparecencias y se presenta la estelada como símbolo perseguido por el Estado. Es la estrategia clásica de convertir un incidente policial en narrativa de opresión, utilizando el fútbol como altavoz emocional de masas. El paralelismo con Estados Unidos, no es forzado: allí el deporte se ha transformado en escenario permanente de gestos políticos, protestas ritualizadas y polarización identitaria. Aquí se importa el método: el estadio como extensión del conflicto nacional, la bandera como detonante y la policía como villano necesario. Lo que ocurre es que comparar el caso Floyd con lo ocurrido en Elche es una barbaridad.

La asimetría es evidente cuando se compara con casos inversos. En Bilbao y otras localidades vascas, en el entorno de la final del Mundial o en concentraciones por la selección vasca, se han producido agresiones a aficionados que portaban camisetas de la selección española: patadas, porras, gas pimienta, insultos. Los autores suelen ser radicales abertzales. El relato predominante en ciertos medios y formaciones no es el de “violencia independentista” o “odio a lo español”, sino el de “provocación”. Llevar la bandera o la camiseta roja se presenta como acto deliberado de irritación que explica, o al menos atenúa, la respuesta. La víctima pasa a ser casi responsable de haber exhibido el símbolo “incorrecto” en territorio “propio”.

Esta doble vara no es accidental. Cuando el símbolo es la estelada y la fuerza es estatal, el incidente se magnifica hasta convertirse en causa de movilización. Cuando el símbolo es la bandera española o la camiseta de la Roja y la violencia procede de grupos independentistas o abertzales, se minimiza bajo el paraguas de la provocación. El fútbol, que debería ser terreno de competición deportiva, se transforma en campo de batalla simbólico donde cada actuación policial se lee según la identidad del aficionado afectado.

El riesgo es evidente. Politizar cada incidente de seguridad en los estadios alimenta la polarización, erosiona la autoridad policial legítima y convierte a los aficionados en peones de agendas partidistas. Una actuación desafortunada debe investigarse y, si procede, sancionarse. Convertirla en mito fundacional de un nuevo ciclo de movilización independentista es otra cosa: es instrumentalizar el fútbol al estilo estadounidense, donde el partido ya no termina con el pitido final, sino que se prolonga en la guerra cultural. Mientras tanto, en el reverso de la moneda, las agresiones a quienes exhiben símbolos españoles siguen encontrando la comodidad del argumento de la provocación. Esa asimetría no es casual. Es el hilo conductor de una estrategia que sabe muy bien cómo utilizar el deporte para sus fines.

Francesc Moreno
Francesc Moreno
Abogado y editor. Ha sido profesor de derecho financiero en la UAB y derecho mercantil en la UB. Fundador de cronicaglobal.com y SCC .

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